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TribunaFederico Romero

Un filósofo para andar por casa

Quizás el título de una «filosofía de andar por casa» sea una expresión poco afortunada o insuficiente, para referirme a una búsqueda de la Verdad, por medio de la Virtud, que tiene un valioso y profundo sentido práctico para nuestras vidas. Probablemente debía haber hablado de cercanía

Escribo esto, cuando acabo de enterarme que éste mismo mes de mayo, el pasado día 21, ha muerto el profesor escocés Alasdair MacIntyre, un filósofo que ha sido capaz de hacer una filosofía narrativa original. Pasando de una concepción marxista –fue miembro del Partido Comunista Británico– a convertirse al catolicismo al principio de la década de 1980 y que ha sido descrito como un «aristotélico revolucionario». Fue en 1981 cuando escribió su obra más conocida «Tras la Virtud». Lo curioso de esa conversión es que se produjo a raíz de un proyecto docente en el que trataba de desengañar a sus alumnos de la filosofía tomista. Durante mi trayectoria personal, en el que después de muchos años de estar centrado en un ejercicio profesional de contenido jurídico, cuando me jubilé, me he ido encontrando con el regalo sobrevenido de un tiempo, que va siendo dilatado, que me ha permitido dedicarme a mis otras aficiones, como la filosofía. En esta tarea me he topado muchas veces con la dificultad de que, frente al convencimiento de que la línea de pensamiento aristotélico-agustiniano-tomista me llevaban al mejor conocimiento de la Verdad, oía detrás de mí las voces, más o menos reconocibles, de quienes trataban de convencerme de que ese formidable legado había perdido vigencia ante las diversas facetas del modernismo y del relativismo. Sin embargo, siempre encontré el apoyo necesario de autores como Julián Marías, Ratzinger y Josef Pieper –sobre todo en sus estudios sobre las virtudes– que me afirmaban en ese camino de la Verdad.

Quizás el título de una «filosofía de andar por casa» sea una expresión poco afortunada o insuficiente, para referirme a una búsqueda de la Verdad, por medio de la Virtud, que tiene un valioso y profundo sentido práctico para nuestras vidas. Probablemente debía haber hablado de cercanía. Sea cual sea la expresión más adecuada, lo cierto es que encontrarse con un filósofo, que enlaza con la corriente de filosofía que podríamos calificar de clásica (es decir aristotélico-tomista), frente a tantos intentos de quienes, tratando de ser originales, han alejado al hombre corriente de la continuidad secular de un pensamiento luminoso, pragmático y claro –frente a formulaciones crípticas de difícil comprensión– es de agradecer. Hacer un resumen de la filosofía de MacIntyre excede de mis posibilidades y del espacio de que dispongo, pero sí puedo señalar algunos puntos de su magisterio que me han parecido esenciales.

En primer lugar, su reivindicación de la ética de la virtud precisando que, tantos intentos de desacreditarla, desde la Ilustración hasta nuestros días, partiendo de un lenguaje incoherente sobre la moralidad, supone algo así como reensamblar los restos de una catástrofe consistente en la desaparición de las ciencias, para luego tratar de juntar los residuos desordenados de los conocimientos que sobrevivieron a la misma. Si la teleología aristotélica-tomista señalaba como el fin último del hombre la búsqueda del Bien y la Verdad y, en definitiva, del Dios trinitario, que es Amor, decretar la muerte de Dios y confundir la virtud de la fe, que es un salto amparado por la gracia, con la certeza que lógicamente la haría innecesaria, explica los senderos tortuosos de muchas de las filosofías contemporáneas. MacIntyre se ocupa de esta cuestión en su reciente Ética en los conflictos de la modernidad y nos dice: «El bien que constituye nuestro fin último no compite con otros bienes. Valoramos otros bienes tanto en sí mismos como por su contribución a nuestras vidas en su conjunto en tanto que unidad, (…) de modo que, al actuar para conseguir algún bien en concreto, también actuamos para conseguir nuestro fin último, y esto es lo que hace que nuestras vidas tengan, si actuamos correctamente, una orientación hacia ese fin».

La originalidad del filósofo escocés está, entre otras cosas, en subrayar que solo podemos hacernos inteligibles por medio de términos narrativos, que es lo que confiere unidad a nuestras vidas, que va desde nuestra concepción, pasa por nuestras luchas y conflictos y termina con la muerte, que, aun siendo abrupta y al parecer inoportuna, en algunos casos, no lo son si, en ese momento, se estaba abierto a aquellos bienes que daban sentido a su vida. MacIntyre nos advierte de que, si pretendemos estar sustentados por el ejercicio de las virtudes, tendremos que vivir contraculturalmente en tanto que «los estados modernos excluyen a la mayoría de la participación en una deliberación informada y de amplio espectro sobre temas que son de crucial importancia para sus vidas». «Entender la vida en términos narrativos es conferirles una coherencia», insiste. Como se ve, esa coherencia y unidad de vida, es uno de los temas centrales del pensamiento MacIntyre.

Y termino con un ejemplo ilustrativo, tomado de una de las cuatro biografías con las que termina el ensayo que comento. Vasili Grossman, que narró la batalla de Stalingrado, se debatió mucho tiempo en intentar compaginar el cumplimiento de la tarea que el estalinismo había asignado a los escritores de moldear a sus lectores conforme a los dogmas del régimen soviético, con su compromiso con el arte y la independencia de un verdadero escritor. Y aunque pudo parecer que murió insatisfecho, MacIntyre opina que alcanzó en su vida la «eudaimonía», o sea la virtud y la felicidad, gracias a la coherencia definitiva de su vida.

Federico Romero es jurista

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