Se venden zapatos de bebé sin usar
«Conforme las seis palabras vayan pasando las hojas del libro interminable de Hemingway, en el que cada año en España escribimos más de 100.000 páginas, aparecerá la angustia inesperada»
Seis palabras; éste es el cuento más corto del mundo… y el más triste. Presuntamente escrito por Ernest Hemingway. Se encuentra en un bar con unos amigos escritores. Apuestan 10 dólares cada uno. «¿Quién es capaz de escribir la mejor historia con seis palabras?». Hemingway escribe sobre una servilleta de papel: «For sale: baby shoes never worn» («Se venden zapatos de bebé sin usar»). Fin de la apuesta.
Deposita cada uno sus 10 dólares. Brillan los ojos. Ruedan algunas lágrimas. De la servilleta de papel salen preguntas sin fin, interrogantes sin respuesta. ¿Qué espantosa desgracia ha podido ocurrir? ¿Ha muerto el bebé? ¿Vive? ¿Llegó a nacer? ¿Quién vende sus zapatos?
¿Por qué? ¿Quién los compra? ¿Por qué están sin usar? ¿Quiénes son sus padres?
En una simple servilleta con seis palabras se suceden bebés invisibles, pies descalzos que visibilizan el escalofrío provocado por la sonrisa ausente de un niño. Ríos de tinta, historias e imágenes sin juicio alguno. En seis palabras, libros, enciclopedias, hablando de humanidad y barbarie; de nacimiento, de vida y de muerte, entre la mirada tierna que se fija, interrogándonos a través de los zapatos vacíos.
Hasta este microrrelato atribuido a Hemingway «Se venden zapatos de bebé sin usar», se reconocía «El dinosaurio» de Augusto Monterroso como el relato más corto, pero la servilleta sin usar de Hemingway nos trajo no solo el cuento más corto, sino también el más triste del mundo. Monterroso había escrito: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí». Su microcuento tiene, según él mismo asevera, «interpretaciones tan infinitas como el universo mismo». El microrrelato de Hemingway, sin embargo, contiene tantos universos como infinidad de interpretaciones.
Fernando Sanchez Dragó nos narra sus sueños y despertares. Su experiencia vital al tomar conciencia después de vender varios pares de zapatos de bebé sin usar. Vendió un par de zapatos con la mujer que compartía entonces su vida, en una España que comenzaba a «occidentalizarse» permitiendo la venta clandestina. El médico que les ayudó en esa «venta» les dijo: «Sois muy jóvenes, vendréis otra vez, volveréis a vender otro par de zapatos».
Y acertó, no tardaron en volver, pero con su tercer par de zapatos no supieron qué hacer. Les pilló en Taiwán donde estaba prohibido este tipo de venta. No pensaron en ello al fabricarlos fuera de España. En esa tierra extranjera se topó de bruces con la realidad desnuda, una realidad que había sido silenciada monstruosamente en España: los zapatos de bebé, que se desechaban a miles como basura, tenían un nombre escrito desde toda la eternidad. Inesperadamente se encontró mirando su tercer par de zapatos de bebé sin usar y soñando con unos pequeñísimos pies que los habitarían en tan solo nueve meses.
Y al final del sueño, estaba ella: Ayanta. Tardó poco en sentir los pequeños dedos que jugaban en el aire, buscando dedos gigantes. Y la chispa de los dedos entrelazados, provocando en su corazón el vértigo del maravilloso regalo de la vida, fruto de una venta fallida. Y despertó para siempre, renegando de vender zapatos de bebé, llamando terroristas a quienes lo hacen, sean zurdos o diestros, maldiciendo para siempre a quienes amparan y escriben leyes contra los más inocentes, los niños no nacidos.
Asistimos a nuestra pérdida, a nuestra propia metamorfosis convirtiéndonos en gusanos como le ocurrió a Gregorio Sansa en la magistral novela de Kafka. Pero conforme las seis palabras vayan pasando las hojas del libro interminable de Hemingway, en el que cada año en España escribimos más de 100.000 páginas, aparecerá la angustia inesperada de la servilleta que tarde o temprano terminará presentando al vendedor como vendido y al vencedor como vencido.
Y entre la zozobra del vencimiento de esa venta fallida acabarán apareciendo los nombres de todos y cada uno de los bebés esos zapatos sin usar, dibujando en cada página la sonrisa de Dios y la mirada del niño.
* Ángel Samper Secorún es ex Consejero de Agricultura, Ganadería y Alimentación del Gobierno de Aragón.