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TRIBUNAMAR VELASCO

El riesgo no es que las máquinas piensen, sino que nosotros dejemos de hacerlo

El Papa León XIV, en su reciente discurso al mundo universitario en Camerún, ha decidido no esquivar la cuestión de la esencia y misión de la Universidad

Act. 20 abr. 2026 - 18:30

Una de esas cuestiones que, como docentes, siempre nos interpelan, es la de la esencia y misión de la Universidad. El Papa León XIV, en su reciente discurso al mundo universitario en Camerún, ha decidido no esquivarla. Y ha añadido, además, un elemento que ninguno de sus predecesores había abordado con tanta inquietud: el vértigo ante los riesgos culturales de la inteligencia artificial. En continuidad con Francisco -especialmente en Antiqua et Nova-, León XIV ha mostrado desde el inicio de su pontificado un vivo interés por el desarrollo de la IA, a la que califica como una «nueva revolución» capaz de simular el razonamiento humano, pero incapaz de replicar el discernimiento moral.

En Camerún, ante cientos de alumnos y personal académico, el Papa ha profundizado en su crítica con una contundencia poco habitual. A la vez que invita a «no tener miedo a las cosas nuevas», ha alentado a formar a «pioneros de un nuevo humanismo» en el contexto de la revolución digital: «Se trata de un servicio a la verdad y a toda la humanidad». Y advierte: «Sin este esfuerzo educativo, el acomodo pasivo a las lógicas dominantes se confundirá con competencia, y la pérdida de libertad con progreso». Una declaración de intenciones que, leída en continuidad con los grandes mensajes universitarios recientes, permite trazar una evolución significativa.

Ya en Ex corde Ecclesiae y en sus diversos mensajes a la comunidad universitaria, Juan Pablo II insistía en la idea de la Universidad como lugar natural de búsqueda de la verdad. Una Universidad -decía- pierde el norte cuando, como institución, separa conocimiento y vida, verdad y persona. O, dicho de otro modo, cuando forma cabezas muy eficaces pero vidas muy desorientadas.

En el crucial discurso de Ratisbona, Benedicto XVI puso el dedo en una llaga más profunda: la razón moderna, por reduccionista, corre el riesgo de quedarse pequeña. Su tesis -la fe cristiana no contradice el logos, sino que lo ensancha- apuntaba a una crisis epistemológica: cuando solo vale lo que se puede medir, la verdad se convierte en una palabra incómoda. Era la definición de una universidad que sobrevive entre títulos, papers y rankings, pero no termina de saberse para qué.

En el discurso en El Escorial, ante cerca de mil docentes congregados en la basílica durante la JMJ de 2011, la cuestión aterrizaba: un profesor no es solo alguien que sabe mucho de lo suyo, sino alguien que, desde el amor, introduce a sus alumnos en la búsqueda de la verdad.

Con Francisco, el foco se desplaza hacia el contexto social: tecnocracia, cultura del descarte, compromiso. En Lovaina lo formuló con claridad: el conocimiento «debe hacerse cargo de la realidad y transformarla». Y más tarde, en Roma añadía: «Sin una pasión por la verdad, la educación se convierte en adiestramiento». El panorama era exigente, pero seguíamos en territorio conocido.

Es ahora, bajo el pontificado de León XIV, cuando llega el inquietante giro de guión: la cuestión ya no reside en nuestra capacidad para acceder a la verdad, ni afecta al contenido del conocimiento, sino la soberanía misma del pensamiento: ¿somos realmente nosotros quienes ejercemos el acto de pensar?

La IA aparece como un aliado poderoso, pero también como una doble tentación: la de sustituir el propio criterio por respuestas cómodas, y la de olvidar la realidad tangible por el espejismo de lo virtual: «Cuando la simulación se vuelve norma, la capacidad humana de discernimiento se atrofia y nuestros vínculos sociales se encierran en circuitos autorreferenciales que nos dejan de mostrar la realidad», alerta el Papa. El riesgo, en definitiva, no es que las máquinas piensen, sino que nosotros dejemos de hacerlo.

Contra esta nueva y sutil deriva, León XIV reclama no solo competencias técnicas, sino «una formación humanística capaz de revelar las lógicas económicas, los prejuicios y las formas de poder que moldean la percepción de la realidad», a la vez que aboga por el encuentro real, no virtual, entre las personas. Aquí es donde entra la misión -casi de resistencia- de la Universidad: formar «mentes capaces de discernir» y anunciar la verdad que libera. «No está en juego un simple riesgo de error, sino una transformación de la relación misma con la verdad», advierte el Pontífice.

El riesgo, por tanto, no es meramente técnico, sino profundamente antropológico: si la universidad se limita a formar usuarios competentes en sistemas inteligentes, pero no alumnos capaces de pensar por sí mismos, habrá renunciado a su misión más profunda, porque la universidad no es solo el lugar de transmisión del saber y búsqueda de la verdad, sino uno de los últimos espacios donde aún puede salvaguardarse la humana, sagrada e insustituible experiencia misma de pensar.

Mar Velasco es profesora del Instituto de Humanidades CEU Ángel Ayala de Madrid

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