Cuando el esfuerzo de los padres sí compraba el futuro de los hijos
Frente al desamparo de una juventud sin horizontes, la memoria de aquella generación que, con un huerto o un comercio, garantizaba techo y oficio a su descendencia
No soy tan necio como para no entender que, en Mallorca y en el resto de España, la situación económica y social es ahora mejor que la de hace veinte o treinta años. De la misma manera, tengo la percepción de que en el camino de ese progreso nos hemos ido dejando cuotas de bienestar y seguridad, que arrastramos problemas muy graves y que en cualquier momento, podemos ser engullidos por un torbellino incontrolable. En una reciente tertulia televisiva en la que participé, hablamos de los temas que más angustian hoy a las personas que no hemos dejado de lado el nefasto vicio de pensar: la crisis habitacional, los efectos de la inmigración incontrolada y el desencanto de una juventud, que, sin horizontes, cae en el pozo negro del populismo hasta el punto de situarse en posiciones anti sistema.
Entonces, frente a las cámaras, planteé la pregunta que nunca me han sabido contestar los sabios economistas o los ilustrados sociólogos. Para ello, tuve que volver atrás en el tiempo y exponer una cuestión que los que ya peinamos canas vivimos en vivo y en directo. Como siempre, y a modo de ejemplo, escenifiqué y puse fecha a una situación. Sa Pobla, años sesenta y setenta del siglo pasado. En aquel entonces, salidos de una economía autárquica y montados en la ola de los planes de desarrollo del ministro López Rodó, los payeses y comerciantes del lugar -y de otros lugares- trabajaban sin descanso en pos de un objetivo concreto: proporcionar oficio y vivienda a cada uno de los hijos. La mayoría, lo conseguían. Una ferretería de cierta solera o un huerto de medianas dimensiones, proporcionaban a los retoños una carrera universitaria y un piso donde instalar su nido de amor. Era muy raro, entre la clase media comercial o agrícola, que un padre o madre de familia no encarase el camino de su madurez con la satisfacción de haber proporcionado a su camada un lugar para vivir y una manera digna de ganarse el sustento.
Tampoco era tan extraño: en los años del tardofranquismo muchos comerciantes, artesanos y agricultores, enfrentaban su madurez provistos de unos ahorros que le permitían mirar con tranquilidad su porvenir y, sobre todo, el de sus hijos. He visto payeses montados en una modesta motocicleta con una cesta colgando del manillar. Ahí, envueltas en papel de periódico y sujetas por una goma, llevaban doscientas o trescientas mil pesetas con las que esperaban poder comprar un solar en Can Picafort o Alcúdia. Algunas empresas hoteleras o inmobiliarias de Mallorca empezaron de ese modo.
Antes era muy raro que un padre o madre de familia no encarase el camino de su madurez con la satisfacción de haber proporcionado a su camada un lugar y una manera digna de ganarse el sustento
¿Por qué eso nos parece ahora economía-ficción? ¿Por qué los jóvenes preparados -universidad y máster- tienen que agarrarse a la tabla de salvación de un sueldo miserable y a unas precarias perspectivas de futuro? ¿Qué nos ha pasado? ¿Quién es ahora responsable de un progreso que castiga a las economías medias y bajas mientras unos pocos privilegiados amasan fortunas a punta pala?
Tengo algunas respuestas a eso, pero no creo que sean muy ortodoxas. Pienso que enterramos -o nos obligaron a enterrar- la cultura del esfuerzo. Ahora lo queremos todo hecho. Nos han hecho creer que el papá-Estado tiene la obligación de solucionar todos nuestros problemas desde la cuna hasta la sepultura.
En realidad, la gente no tiene hoy dinero porque gasta en vez de invertir. Nuestra generación supo aprovechar -no todos- una economía de oportunidades en la que lo más importante era acumular patrimonio para sentar las bases de una situación sólida. Nos enseñaron que todo progreso nace del esfuerzo. El «de todo para todos» ha salvado a muchos de la miseria pero ha repartido pobreza.
Mi padre, que vivió muy bien toda su vida gracias su esfuerzo y dedicación, no hizo nunca un crucero. Sus viajes se circunscribieron a España y, ya en una etapa tardía, a algunas capitales europeas. No tenía necesidad de ir a un restaurante todos los domingos, ni de cambiar de coche cada dos o tres años. Muchos de sus amigos y allegados invirtieron en el sector turístico, o en el ladrillo y sus descendientes son hoy millonarios. Él fue más bien conservador pero supo proporcionar seguridad y estabilidad a su familia.
Nada de eso va a volver, lo tengo por seguro. El mundo ha cambiado y los «abuelos Cebolleta» que vamos quedando solo podemos evocarlo. Vivimos en un mundo más justo, pero también más inseguro. Y nos agobian problemas que nuestros progenitores supieron sortear por sí solos.