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En primera líneaJosé María Arias Pou

La vida que imaginábamos

Aceptar mis errores, circunstancias que no dependían de mí y, sobre todo, aceptar algo que me costó bastante más: que hacer las cosas bien no siempre garantiza sentirse bien, que conseguir objetivos no produce necesariamente la sensación que uno espera

Llegué a casa cansado.

No había ocurrido nada especial. Había trabajado, había hecho varias gestiones y llevaba todo el día sin parar.

ep

El Debate (Asistido por IA)

Me senté un rato y pensé en el fin de semana. En tener unas horas para mí. Leer, escribir algo o simplemente estar a gusto.

Mientras pensaba en eso, me di cuenta de que aquella sensación me resultaba familiar.

No porque estuviera esperando el viernes, sino porque durante años siempre parecía haber algo un poco más adelante que iba a cambiar las cosas, que me iba a hacer sentir mejor.

No sé exactamente qué esperaba encontrar. Lo que sí sé es que pensaba que, cuando llegara allí, habría llegado al lugar donde ya no hacía falta demostrar nada. Que muchas de las cosas que llevaba arrastrando dejarían de pesar tanto.

Siempre había vivido así. Esperando alcanzar algo o llegar a algún sitio.

Fue la manera en que me crié. Uno estudia, empieza a trabajar, se esfuerza por hacer bien las cosas, forma una familia, resuelve los problemas que le van surgiendo y va construyendo una vida.

Me parecía lo más normal del mundo. ¿Cómo no iba a confiar en ese camino?

No me iba mal. Desde fuera se me veía afortunado.

Te proponías algo, trabajabas para conseguirlo y, cuando llegaba, sentías que todo el esfuerzo había merecido la pena.

El problema no era ése.

El problema era que, pasado un tiempo, volvía a aparecer la misma sensación. Como si no fuera exactamente lo que habías estado esperando.

Entonces pensabas: bueno, esta no era. Será la siguiente.

Y volvías a ponerte en marcha. Otra etapa. Otro objetivo. Seguías adelante convencido de que la respuesta estaba un poco más allá.

Hasta entonces yo pensaba que estaba construyendo mi propia vida.

Pero con el tiempo empecé a sospechar que muchas de las decisiones importantes ya venían tomadas de antemano.

No perseguía solo una vida elegida por mí, sino una vida heredada.

Hay muchas cosas de todo aquello que siguen siendo pilares en mi vida: el esfuerzo, la responsabilidad, el compromiso y la importancia de intentar hacer bien las cosas.

Mi experiencia no fue una revelación. Fue mucho más lenta.

Se pareció a esa sensación que aparece cuando algo no termina de encajar del todo, pero tampoco sabes exactamente qué es. Sigues con tu rutina. Pero hay una sensación que cada vez pesa más y resulta difícil de ignorar.

Y cuantas más cosas conseguía, más difícil me resultaba seguir creyendo que la respuesta estaba allí.

Llegó un momento en que seguir avanzando empezó a resultar más difícil que detenerme un momento y mirar lo que estaba pasando.

Empecé a sospechar que aquello iba por otro lado.

Recuerdo una época en la que intenté entenderlo todo. Pensaba que, si conseguía ordenar las piezas, terminaría encontrando alguna respuesta.

Creo que lo que más me ayudó no fue entender. Fue aprender a aceptar las cosas como son.

Aceptar mis errores, circunstancias que no dependían de mí y, sobre todo, aceptar algo que me costó bastante más: que hacer las cosas bien no siempre garantiza sentirse bien, que conseguir objetivos no produce necesariamente la sensación que uno espera y que resolver problemas no significa que desaparezcan las dudas.

Y apareció el alivio.

No porque los problemas desaparecieran. Muchos seguían ahí. El alivio vino de dejar de pelearme con la realidad. De empezar a mirar lo que tenía delante con un poco más de claridad.

A medida que fui aceptando todo aquello, también empezaron a cambiar las cosas que admiraba.

Algunas dejaron de impresionarme tanto.

Empecé a fijarme menos en quienes parecían haber llegado más lejos y más en quienes vivían con coherencia. Personas corrientes, anónimas, con problemas y dudas como todo el mundo, pero cuya forma de vivir transmitía una integridad que antes me había pasado desapercibida.

Muchas de las cosas importantes que he aprendido sobre mí no aparecieron cuando las entendí, sino cuando me atreví a vivirlas.

Lo veo en mi hija. Hay ocasiones en las que duda de sí misma antes incluso de empezar. Y, sin embargo, cuando se pone a ello, descubre algo importante: a veces comprueba que podía y otras que todavía no podía, pero que estaba mucho más cerca de lo que creía.

Y cada vez que la veo pasar por ese proceso, me doy cuenta. Lo que me emociona no son los resultados. Es verla descubrir capacidades que ni siquiera sabía que tenía y empezar a confiar en ellas.

Conmigo ocurrió algo parecido. Pensaba que primero llegaba la claridad y después la acción. Mi experiencia fue justo la contraria.

Las facultades no aparecen pensando. Aparecen actuando.

La vida nos va dejando experiencias. Algunas pasan de largo. Otras, si prestamos atención, terminan convirtiéndose en herramientas.

Lo que ha cambiado es la relación que tengo con las cosas. He dejado de intentar encajar en una idea previa de quién debía ser para prestar más atención a la persona en la que me estoy convirtiendo.

Ahora siento que estoy viviendo mi vida y no la vida de otros.

Y eso no significa que haya dejado de tener metas. Simplemente ya no espero encontrar en ellas una respuesta definitiva.

Las metas tienen valor. Nos orientan y nos ayudan a avanzar.

Pero el verdadero aprendizaje no aparece cuando las alcanzamos.

Aparece cuando empezamos a decidir qué hacemos con lo que vivimos.

Hay experiencias que solo empiezan a tener sentido cuando dejamos de preguntarnos qué esperan los demás y empezamos a asumir la responsabilidad de nuestra propia vida.

Quizá por eso, cuando hoy llego a casa cansado y pienso en el viernes, la sensación ya no es la misma.

No porque haya dejado de mirar al futuro.

Sino porque he dejado de vivir como si todo lo importante estuviera siempre un poco más adelante.

  • José María Arias Pou es licenciado en Derecho y en Odontología
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