Educación basada en evidencias e inteligencia artificial
Como ha sucedido con otras revoluciones tecnológicas, la disrupción introducida por la IA terminará por consolidar cambios culturales de distinta naturaleza. Y, entre ellos, es muy probable que genere una mirada diferente sobre el valor de los datos y de las evidencias en el mundo educativo
La referencia a una Educación basada en evidencias (EBE) surge de la mano del reputado académico británico David H. Hargreaves en 1996 y está inspirada en una terminología similar que se introdujo para la Medicina cinco años antes. Particularmente en el caso de la Medicina, esa denominación tiene sus antecedentes en el siglo XIX, en Paris, donde se acuña el término de Medicina basada en hechos. Ello no significa que el pensamiento científico no hubiera penetrado mucho antes de 1991 en la práctica médica, sino que es a partir de entonces cuando se hace un esfuerzo de conceptualización como un modo de avanzar en una inspi 8 ( ración de la Medicina y de sus prácticas profesionales crecientemente científicas. Se entiende por Medicina basada en evidencias (MBE) «el uso consciente, explícito y juicioso de la mejor evidencia actual en la toma de decisiones sobre la atención a pacientes individuales. Significa integrar la experiencia clínica individual con la mejor evidencia clínica externa disponible en la investigación sistemática» (Sackett et al., 1996).
En el caso de la Educación, se ha generado un movimiento internacional, de intensidad creciente, que se basa, asimismo, en la acertada pretensión de caminar, con la prudencia necesaria, por el camino de la ciencia, con el propósito no solo de lograr resultados deseables, sino también de prevenir resultados indeseables. Quizás, por las reticencias a aceptar plenamente dicho movimiento, se emplea a menudo el término de Educación informada por evidencias, para advertir que «las fuentes de evidencia van más allá de los estudios experimentales e incluyen a menudo metodologías cualitativas y mixtas; en el caso de las políticas, (…) orientaciones, en lugar de estipulaciones, sobre el uso de la evidencia en la toma de decisiones educativas» (Pellegrini & Vivanet, 2020).
Siendo ese también el caso de la Medicina, en ella no se plantean, sin embargo, problemas terminológicos a la hora de aceptar que la práctica médica puede basarse en evidencias, y no solo ser informada por ellas, toda vez que esas fuentes más cualitativas, asociadas a la experiencia clínica individual, están integradas ya en el propio concepto de MBE. Esta suerte de gradación en el uso de los términos alcanza su máximo en el caso de las Ciencias de la naturaleza en donde nadie osa referirse, por ejemplo, a una Física basada en evidencias, lo que constituiría un pleonasmo ridículo; y probablemente refleje una autoconsciencia de las limitaciones de las propias disciplinas en su camino de progreso científico.
Es claro que, en lo concerniente a las prácticas educativas, el papel del contexto ha de tomarse en consideración como elemento modulador; y que la especificidad de cada alumno, en tanto que persona, es una advertencia que ha de estar presente en la mente de los profesionales de la enseñanza, antes de obtener conclusiones generalizables sobre las claves del acierto. Del mismo modo, los análisis sobre las políticas educativas exitosas están limitadas por la dificultad de establecer relaciones causales deterministas y no simplemente probabilísticas. Pero, a pesar de esas limitaciones epistemológicas –que gracias a los avances en los métodos de investigación son cada vez son más subsanables–la apuesta por asociar las políticas y las prácticas educativas al pensamiento científico es mucho mejor que lo contrario. Ello es tanto más cierto cuanto que la influencia de la ideología sobre la Educación y el riesgo de servidumbre intelectual con respecto a un paradigma de corte wokista constituyen, en la era de la posverdad, una amenaza para la eficacia de ese instrumento básico, que es la Educación, de progreso personal, económico y social.
Llegados a este punto, cabe plantearse qué papel puede desempeñar la IA en este contexto. Muy recientemente, diferentes organismos internacionales con competencias en educación han avanzado a la hora de pensar en la IA como herramienta para mejorar la gobernanza de los sistemas educativos y sus políticas. Nosotros mismos, mediante trabajos académicos en vías de publicación, hemos puesto a prueba ese extremo y hemos concluido afirmativamente sobre la potencial utilidad de la IA para ayudar a las Administraciones educativas en sus procesos de mejora. Y no solo para gestionar mejor el conocimiento empírico de que disponen, sino también para producir conocimiento nuevo mediante la transformación de comentarios cualitativos en propuestas de acción con fundamento. La codificación de una información accesible y hasta ahora no utilizada, puede ser estandarizada, y su transformación en datos tratados mediante la IA analítica generará modelos predictivos, identificación de tendencias, alertas tempranas y propuestas de medidas preventivas o reactivas, a nivel de los centros educativos, de las aulas y de los propios alumnos individualmente considerados.
Como ha sucedido con otras revoluciones tecnológicas, la disrupción introducida por la IA terminará por consolidar cambios culturales de distinta naturaleza. Y, entre ellos, es muy probable que genere una mirada diferente sobre el valor de los datos y de las evidencias en el mundo educativo; algo que los que mantenemos contacto con nuestros alumnos de postgrado ya estamos comenzando a advertir. En el plano de la acción política, y en un sistema tan descentralizado como el español, las experiencias destacadas de algunas comunidades autónomas pioneras en este tema, como es Galicia, de resultar positivas, producirán un efecto de emulación o de contagio, que se propagará progresivamente por los territorios hasta alcanzar todo el país.
Por otra parte, y de acuerdo con las teorías de la complejidad, en los sistemas complejos adaptativos, como lo es el sistema educativo, las exigencias del contexto promueven transformaciones en el interior del sistema que, mediante procesos autoorganizativos operando abajo-arriba, terminan por dar lugar a cambios en el nivel macro a través de bucles causales entre niveles. En este contexto, los centros educativos pueden operar como micrositios, «vórtices de creatividad», o polos de innovación que, en el caso de resultar efectivos, serán asumidos y difundidos, de abajo a arriba, en los niveles organizativos superiores, alterando sus patrones regulares de funcionamiento y vertiéndolo luego sobre los inferiores en un proceso arriba-abajo. Es previsible, pues, una suerte de coevolución entre niveles organizativos que terminará por afectar al conjunto del sistema, consolidando así su transformación.
Este panorama analítico complejo nos aporta una mirada optimista sobre el desarrollo del movimiento de la Educación basada en evidencias, desde el cual la intervención de la IA –al servicio del humano y controlada por él– contribuirá a generar una aproximación positiva e ilustrada sobre el papel decisivo del pensamiento científico en el avance de la Educación y en la mejora de sus resultados.
- Francisco López Rupérez es director de la Cátedra de Políticas Educativas de la UCJC y expresidente del Consejo Escolar del Estado