Viaje 'al fondo' de la noche
Se niega Céline a hacer discursos a los gusanos, consciente quizá de que ningún anélido, un invertebrado al cabo, puede sentar cátedra. Pero qué flores del mal recolecta, cuántos ojos vacíos colmados de visiones nocturnas. Comparte con Baudelaire la misma musa enferma
«¿Acaso los pueblos civilizados fusilan a sus poetas?». El abogado defensor del colaboracionista pro-nazi Robert Brasillach trató de salvarle la vida apelando a su talento literario, que también formaba parte de la gloria de Francia. La grandeur admite lecturas contradictorias, pues bondad no es sinónimo de genio; sólo la hipocresía anuda con hilo invisible y artero a una con otro. Inmoralidad y talento varían según se expresen a zurda o a diestra –El proceso a Brasillach, su trayectoria toda, en realidad es lo que estaba en juego–, plantean los límites entre la libertad creativa y el delito de odio. ¿Acaso es posible apartar al Cristo de Cellini de la mano sucia de su escultor réprobo? ¿Puede ser algo más que rastrera una naturaleza ofidia?
Condenado a muerte y ejecutado, Brasillach fue un excelente escritor muy capaz, según su última biógrafa, de «idealizar hasta las insidias y traiciones políticas más odiosas». Pero no alcanzó ni la cima artística ni descendió a las simas humanas de un súcubo llamado Louis Ferdinand Auguste Destouches (1894-1961). Céline, nombre artístico tomado del apelativo cariñoso que le dio su abuela, también cargó con el estigma del colaboracionista. En la Francia de la ocupación se había propuesto vivir a cuerpo de sátrapa. Por eso, tuvo que huir a Alemania al filo de la liberación y luego a Dinamarca, donde fue encarcelado a petición de las autoridades gaullistas. Sólo pudo regresar a su país tras la amnistía de 1951. Confite de la Gestapo y groupie de Hitler, había firmado en los años previos tres panfletos biliosamente antisemitas: Bagatelas por una masacre (1937), La escuela de cadáveres (1938) y Hermosas sábanas (1941). En el centenario de su nacimiento, a tres décadas ya de su muerte, los franceses aceptaron mirarse en un desagradable espejo. Decidieron reeditar sus obras, muy a la altura de las de Proust, en especial Su viaje al fin de la noche, por cuyo original el Estado llegaría a pagar 12 millones de francos. Los vale.
Con este otro escritor galo sigue ocurriendo algo así como con los puntos limpios de nuestros tan ecológicos pueblos, que son un oxímoron. Destino de todas las excrecencias de la vida actual, no hay lugar más sucio. Carne de presidio, el nazismo le mantuvo impoluto el certificado de penales. Céline no albergaba en sí un corazón de piedra. Lo portaba de madera, material del que se afilan las estacas y los cadalsos se levantan. Condecorado en el conflicto del 14, su breve paso por el frente de Ypres le marcó de por vida. En aquellos campos de Flandes se utilizó la iperita que al cabo bohemio dejó ciclán. Para Louis Ferdinand, la guerra significó la grieta por donde desagua, a cangilones, la más purulenta intimidad del alma humana. La que le convirtió en el lisiado moral protagonista ya de su primera novela, El viaje al fin de la noche. Ferdinand Bardamu resulta sosias de un Céline que, desembarazándose de su nombre original, significativamente se «destoca» (destouches). Pero que nadie se llame a engaño: la guerra solo envilece a quien ya viene engolfado de casa.
Siempre he preferido las primeras horas de la madrugada. Esa sensación de limpieza, de comenzar la vida de nuevo y estar todo por hacer. Cuando el hálito divino es esa escarcha que, compasiva, desinfecta. Parece entonces que el mundo empieza otra vez. Dios te permite escuchar a su lado, por unos instantes, el silencio. Y no cuesta sentirse lienzo donde su trazo estampa un paisaje insólito. Nada más lejos del periplo de Céline, quien no presiente la liberación del salmo: «Por la noche durará el llanto y a la mañana vendrá la alegría». El suyo, más que hacia el final, que a menudo presagia otro principio, resulta un precipitarse hacia el fondo zaíno y mate de una noche viscosa como la brea. Se abisma sin más en el envés de una bota mugrienta y oscura.
Sin embargo, con qué facilidad se pasa por alto la sordidez de la trama y la náusea retrospectiva que provoca el futuro delator y antisemita del firmante. Ejecuta Céline una sinfonía perfecta al compás jadeante de un argot que eleva a lengua culta. Escribe sobre ruindades como debiera hablarse. Le leemos como si fuéramos nosotros los que le pensamos. Lleva la oralidad al papel sin transformarla en palabra muerta. Cada aposición explicativa es una nota a pie que, despreocupada y ligera, se ha colado en el texto.
Ante el Cristo de mármol, poco importa que haya sido de Cellini la mano creadora. En El viaje, luminosas letras, unas tras otras, jubilosamente se encadenan, a despecho del espanto y fetidez de lo que evocan. De su furia inmotivada y resentida hace el autor un minueto. El canalla se corta a medida ternos de sórdidas palabras mientras al género humano le hace un traje; abullonado de bilis y desprecio. Céline teje prendas que deslumbran a partir de un patrón indescifrable. Las recorta con tijeras herrumbrosas. Sublima en delicados parterres los miasmas que antes ha escupido a una alberca de aguas estancadas.
En la novela todo asemeja depravación y cascotes. Maquinismo, opresión colonial, deshumanización y el bestialismo de la lucha. Y no se erige Céline en alférez de oprimidos, pese a los vítores que le llegaban entonces desde la banda siniestra. Al mundo en ruinas al que describe no le conserva ni el cobijo breve de una huesuda espadaña. En la abyección se adentra uno de cuerpo entero, como en la guerra. «Una vez dentro, hasta el cuello».
No se dirige a la posteridad, no se pone estupendo. Se niega Céline a hacer discursos a los gusanos, consciente quizá de que ningún anélido, un invertebrado al cabo, puede sentar cátedra. Pero qué flores del mal recolecta, cuántos ojos vacíos colmados de visiones nocturnas. Comparte con Baudelaire la misma musa enferma. Al igual que el verso de aquel, su prosa irradia una equívoca atracción magnética. Nos lleva a admirarnos sobre su terreno de las que podrían ser nuestras propias miserias. Y se queda tan pimpante. Aquí reside el demoniaco milagro de esputar margaritas.
- Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo