Occidente es la Iglesia católica
La decadencia de Occidente no es otra cosa que las consecuencias de haber rechazado a la Iglesia y de haber creído posible una sociedad sin Dios
El concepto de Occidente como algo diferente a Oriente fue utilizado por primera vez por el historiador griego Heródoto, en el contexto de las guerras Médicas entre Grecia y Persia. Esa división entre el mundo griego y el persa sería heredada después por la confrontación entre Roma y Cartago y, más adelante, por la división entre Cristiandad e Islam. Por ello hoy en día se suele identificar el concepto de Occidente como la unión de tres pilares: Grecia, Roma y Jerusalén. O más concretamente: Filosofía griega, ley romana y moral cristiana.
Pero lo que queremos reivindicar es que Occidente, tal y como lo conocemos hoy en día, no nació en Grecia. Tampoco en Roma. Y mucho menos en la Europa protestante. Occidente nace y sienta sus bases en la Edad Media cristiana, sí, en esa época de «oscuridad» tan injustamente denostada.
Y está claro que las aportaciones del mundo grecorromano a nuestra civilización son abundantes, pero no es hasta la llegada del cristianismo cuando se nos lega el principio básico y fundacional de nuestra civilización, sin el cual Occidente no sería Occidente: la sacralidad de la vida humana.
Sin ese concepto, en el que cada individuo pasa a tener una dignidad inalienable al ser portador de un alma inmortal, no se podría haber desarrollado nuestra civilización. Desde ese momento da igual que seas rey, político, comerciante o esclavo; todos pasamos a ser iguales en esencia, como hermanos en Cristo, y todos podemos salvarnos y condenarnos. Esa incertidumbre es la que une moralmente al género humano, como náufragos de un mismo barco. Sin esta premisa, que establece la igualdad entre todos los hombres, no se habría podido desarrollar Occidente.
Hay que recordar que, en la Antigüedad Clásica, la pobreza, la enfermedad o la debilidad despertaban desprecio e indiferencia. El infanticidio era una práctica moralmente aceptada y bastante común. El propio Platón defendía que los niños deformes o hijos de personas «inferiores» debían ser abandonados, y Séneca afirmaba que había que ahogar a los niños que nacían débiles o anormales. La piedad era vista como un defecto y la ayuda únicamente existía de forma interesada. Por no hablar de la banalización de la vida humana con las luchas de gladiadores, del suicidio visto como algo noble o la normalización de la explotación sexual.
La Iglesia llegó para cambiar todo eso y mucho más. No solo implantó los cimientos morales de nuestra cultura, sino que también aportó los pilares de la ciencia, del derecho y de la economía, sobre los que se sustenta nuestra civilización y que la han hecho la cultura más próspera de la historia.
Y es que tener la mirada en el cielo y en la vida eterna, mediante la búsqueda de la verdad, el bien y la belleza, no te aleja de tu vida terrestre temporal, sino que la mejora profundamente. Por eso los siglos de fe son también los siglos de los grandes hombres y las grandes civilizaciones.
La creencia en un Dios racional y un universo ordenado permitió el surgimiento de la ciencia moderna, por mucho que nos hayan hecho pensar que ciencia y fe están enfrentados. Es decir, la ciencia moderna no nace a pesar del Cristianismo, sino que nace gracias a la teología cristiana que establece que Dios es un ser racional que dotó al universo de leyes comprensibles y que el ser humano, hecho a imagen y semejanza de Él, tiene capacidad para descubrirlas mediante la razón.
La aportación de la Iglesia a la ciencia es incuestionable y el resultado más tangible fue la creación del sistema universitario, un fenómeno puramente occidental que fomentó un espíritu de investigación y debate riguroso que no existía en otras culturas.
Si nos vamos al ámbito del derecho, vemos que el derecho Canónico de la Iglesia fue el primer sistema legal sistemático de Europa, en el que se basaron los códigos civiles modernos. Y en la denominada Escuela de Salamanca, teólogos como Francisco de Vitoria desarrollaron los principios de los Derechos Humanos y las Relaciones Internacionales.
También en la Escuela de Salamanca se sentaron las bases de la economía moderna, desarrollando la teoría del valor subjetivo, el concepto de inflación o el libre mercado 300 años antes de que naciese Adam Smith.
Y es que el capitalismo, entendido como concepto de ahorro e inversión, no surge en la Europa protestante como nos han hecho creer, surge en los monasterios católicos medievales del siglo IX, ya que estas fueron las primeras instituciones en funcionar como empresas modernas, al especializarse productivamente, reinvirtiendo sistemáticamente sus beneficios para aumentar la productividad. Bajo la regla de San Benito, los monjes practicaban la virtud en el trabajo mucho antes de que Webber desarrollase el término de la «ética protestante»
Además, que hoy en día tengamos acceso a los textos clásicos se lo debemos a estos monasterios, que se encargaron de recuperarlos y preservarlos frente a las invasiones bárbaras.
Se nos suele presentar el Renacimiento como la «vuelta a los clásicos», pero el conocimiento de la cultura clásica en la Edad Media era ya generalizado. Lo vemos en numerosos padres de la Iglesia como San Agustín, Boecio, Isidoro de Sevilla o Santo Tomás de Aquino.
Y si algo implicó el Renacimiento, no fue una vuelta a los clásicos, sino una vuelta a los errores de los clásicos. Es decir, la vuelta de lo material sobre lo espiritual, de lo relativo sobre lo absoluto.
En conclusión, Occidente es lo que es gracias a la Iglesia Católica, ya que, sin ella, nuestra cultura no tendría la estructura legal, el espíritu científico, el dinamismo económico ni la sensibilidad moral que lo definen hoy en día. La decadencia de Occidente no es otra cosa que las consecuencias de haber rechazado a la Iglesia y de haber creído posible una sociedad sin Dios.
Y es que cuando se deja de creer en Dios se empieza a creer en cualquier cosa. Comunismo, Fascismo, Liberalismo… y un largo etcétera de «ismos», a priori antagónicos, pero que nacen de los mismos errores, de una concepción puramente materialista de la vida.
Si hoy nuestra civilización sigue respirando es gracias a que los valores cristianos llegaron a penetrar tanto en la sociedad que hoy se dan por sentados, aunque su origen cristiano suele pasar desapercibido. La igualdad entre los hombres, la dignidad humana, la ética del trabajo o la preocupación por el débil no son productos de la «naturaleza humana», sino herencia de esa Edad Media cristiana.
Pero a Occidente se le nubló la fe y con ello empezó su decadencia cuando un nefasto sacerdote alemán, bajo dos premisas falsas, el Sola Fide (justificación solo por la fe) y el Sola Scriptura (la Biblia como única autoridad), rompió mil años de unidad moral y espiritual en Europa, renunciando a la igualdad entre los hombres que defendía la Iglesia Católica.
Estos planteamientos falaces sentaron las bases de un pensamiento enormemente peligroso, el relativismo moral, que, unido a la idea de predestinación de los pueblos, acabaría derivando en las ideologías racistas y los grandes genocidios de nuestra historia reciente.
Con Lutero se iniciaba un proceso de modernidad, cuya meta no ha sido otra que dejar a Europa sin religión. Y es que ese siempre fue el objetivo de los iniciados. Su lema solve et coagula define bastante bien su finalidad: disolver el mundo antiguo. Es decir, el mundo cristiano. Todo para reconstruir un nuevo mundo donde Dios sea sustituido por el hombre e impere lo que Benedicto XVI denominó «dictadura del relativismo».
La civilización Occidental no se ha construido a pesar de la Iglesia, si no gracias a ella. Y a ella debemos volver si queremos recuperar nuestra grandeza. Solo devolviendo la mirada a Cristo el hombre occidental recuperará su libertad, ya que solo la verdad nos hará libres. Volvamos a dar la lección que dieron nuestros antepasados en aquellos siglos y con ello probaremos la verdad de nuestra Fe.
- Julián Pérez Solana es analista económico