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tribunaManuel Casado Velarde

Descubrir el sentido de la vida

León XIV nos invita a mirarnos a la luz del Crucificado Resucitado, que nos llama a la conversión personal y colectiva, convencidos de que «Dios nos ama a todos incondicionalmente» y desea liberarnos de toda esclavitud

El pasado mes de mayo, la revista médica The Lancet publicó los datos mundiales sobre salud mental. Las cifras confirman una crisis sanitaria sin precedentes: casi 1.200 millones de personas en el mundo padecen un trastorno de salud mental diagnosticado, lo que equivale aproximadamente al 14 % de la población global. Según un estudio epidemiológico (Global Burden of Disease Study, 2026), la cifra de afectados se ha duplicado desde 1990 y sitúa a las enfermedades mentales como la principal causa de discapacidad en todo el planeta, por encima del cáncer y de las patologías cardiovasculares.

Lo más alarmante, en mi opinión, es que sitúa el pico de la vulnerabilidad entre los 15 y los 19 años. La incidencia máxima de estas afecciones alcanza su punto más crítico en ese rango de edad, en que se disparan exponencialmente la ansiedad y la depresión. Nada extraño entre una población –aunque no solo ella– hiperestimulada y tecnoadicta, como ha señalado el Papa León XIV en su reciente encíclica Magnifica humanitas (n. 141).

A la vista de esta pandemia, muchos padres, como también algunos gobiernos, empiezan a plantearse medidas de diverso tipo: restricciones en el uso de móviles y otros medios electrónicos, en acceso a redes sociales o a contenidos para adultos, atención psicológica y psiquiátrica, promoción de actividades saludables (deportes, naturaleza, etc.). Todos los medios me parecen útiles para tratar de contener esta pandemia silenciosa, que se ceba de modo especial –aunque no único– en adolescentes y jóvenes. No olvidemos, por otra parte, que España lidera el consumo de psicofármacos. Un 20 % de nuestra sociedad está medicada por problemas de ánimo (M. Rojas Estapé).

Pienso, sin embargo, que los medios que acabo de enumerar son insuficientes para atajar el problema. Me explico: no inciden en la raíz de muchos de los trastornos mentales. Y esto lo saben los especialistas del ramo. Citaré uno solo: el del psiquiatra vienés Viktor Frankl, autor del libro El hombre en busca de sentido (1947), que sigue figurando, todavía hoy, en las listas de superventas. Refiriéndose Frankl a su dilatada experiencia como psiquiatra, escribía que la mayoría de los pacientes que acudían a su consulta lo hacían porque no encontraban sentido a sus vidas.

Y es que la pregunta por el sentido de la propia existencia es la más apremiante de las cuestiones: quién soy yo, qué pinto aquí en el mundo, al que he llegado sin haberlo pedido y que no sé cuándo tendré que dejarlo; cómo puedo afrontar las dificultades que toda vida, más tarde o más temprano, lleva consigo, ya sea por enfermedades, fracasos profesionales, reveses afectivos, frustraciones y un largo etcétera.

Todos tenemos miedo al sinsentido, a una vida chata y sin propósito, insignificante, gris, aburrida. Y el aburrimiento –enfermedad colectiva de Occidente– es síntoma y secuela de esa falta de sentido, del vacío existencial, de una vida que no ha sido capaz de encontrar su razón de ser. Alguien ha dicho que la garantía de que hoy, en las sociedades prósperas, no moriremos de hambre conlleva el riesgo de morir de aburrimiento. Y una vida así es presa fácil de quienes tratan de robar nuestra atención con las mil banalidades del entretenimiento en línea; de hacernos vivir una biografía cuyo guion no lo hemos escrito nosotros, sino los magnates del poder digital.

Hay quienes cifran la autorrealización personal solamente en la profesión, en creaciones de ciencia o de arte, en el éxito social, en la reputación, en la descendencia, en pasar a la posteridad: prótesis de permanencia, al fin y al cabo. Objetivos, valiosos sin duda, pero que, una vez alcanzados, se comprueba que no llenan la sed de plenitud que, de fábrica, alberga el corazón humano. Además de que no dan respuesta al problema, siempre al acecho del dolor, del sufrimiento, de la muerte. También la ciencia enmudece ante los grandes interrogantes de la vida.

Es cierto que el amor humano, el arte, la belleza, la gran literatura de todos los tiempos, proporcionan pistas decisivas para nuestro conocimiento y felicidad. Muchos pensadores han relacionado la experiencia estética, el estremecimiento ante la belleza de una obra de arte o el esplendor de la naturaleza, como un destello de sentido, como una vía para encontrar esa revelación que todos, quizá sin darnos cuenta, andamos buscando. Pero también esas experiencias de amor y de belleza dejan unas nostalgias de plenitud, de sentido cabal de la vida, imposibles de saciar aquí de manera total.

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (San Agustín). En efecto, solo Dios es capaz de llenar las ansias de dicha y de eternidad que tenemos los seres humanos. En su citada encíclica, León XIV nos invita a mirarnos a la luz del Crucificado Resucitado, que nos llama a la conversión personal y colectiva, convencidos de que «Dios nos ama a todos incondicionalmente» y desea liberarnos de toda esclavitud, de esa nueva esclavitud que consiste en ser espectadores resignados ante los procesos tecnológicos que limitan nuestra libertad y responsabilidad. De esta forma, podremos «acompañar a los niños y jóvenes para que utilicen las tecnologías como espacio de relación responsable, ayudándoles a reconocer los riesgos y a elegir lo que hace crecer la libertad interior». A descubrir, en suma, el sentido de la vida.

  • Manuel Casado Velarde es catedrático emérito de la Universidad de Navarra
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