Nuestro Corpus
«Conviene reivindicar esta fiesta sin complejos. Porque en ella Córdoba se mira al espejo y se reconoce»
Hay quien piensa que Córdoba alcanza su máxima belleza en mayo. Y es verdad que cuesta competir con los patios en flor. Pero llega el Corpus Christi y la ciudad presenta candidatura para discutir ese título. Porque pocas estampas resultan tan sobrecogedoras como ver salir la Custodia de Arfe de la Mezquita-Catedral y comenzar su caminar por las calles de una ciudad que, por unas horas, parece detener el tiempo.
Hay cosas que los cordobeses vemos tantas veces que corremos el riesgo de acostumbrarnos a ellas. Y eso sería un error imperdonable. Porque la Custodia de Arfe no es un paso más ni una pieza cualquiera del patrimonio religioso. Es una auténtica obra maestra de la orfebrería española, un monumento de plata que parece desafiar las leyes de la gravedad y que, cuando atraviesa la puerta de salida bajo el repique de las campanas, convierte la tarde del Corpus en algo difícil de explicar para quien no lo haya vivido.
Es entonces cuando Córdoba presume de lo que mejor sabe hacer: mezclar arte, historia y emoción con una naturalidad asombrosa.
No hay ciudad en el mundo que pueda ofrecer un escenario como el de la Mezquita-Catedral. Y cuando de su interior emerge la Custodia, brillante bajo el sol de junio, uno entiende que el Corpus no es simplemente una procesión. Es una exhibición de identidad. Una forma de decir que hay tradiciones que siguen teniendo sentido porque forman parte del alma colectiva de una ciudad.
Mientras algunos se empeñan en medirlo todo en términos de utilidad o rentabilidad, el Corpus recuerda que existen cosas valiosas simplemente porque son bellas. Porque emocionan. Porque conectan generaciones. Porque hacen que un abuelo señale con orgullo la Custodia a su nieto exactamente igual que hicieron con él décadas atrás.
Y es que el Corpus tiene algo muy cordobés: la capacidad de impresionar sin necesidad de exagerar. No necesita grandes artificios. Le basta con la plata centelleando, el sonido de las campanas, el perfume de las flores y el marco incomparable de unas calles que parecen creadas para acompañar el paso solemne de la Custodia.
Por eso conviene reivindicar esta fiesta sin complejos. Porque en ella Córdoba se mira al espejo y se reconoce. Se reconoce en su historia, en su patrimonio y en esa elegancia serena que siempre ha distinguido a esta ciudad de las prisas y las estridencias.
Hay procesiones más multitudinarias. Hay fiestas más ruidosas. Pero pocas pueden presumir de la belleza que encierra el instante en que la Custodia de Arfe abandona la Mezquita-Catedral y comienza a recorrer una ciudad rendida a sus pies.
Y quizá ahí resida el verdadero milagro del Corpus cordobés: que cada año consigue que volvamos a mirar con ojos nuevos una de las mayores joyas de nuestro patrimonio. Como si Córdoba, durante una mañana, sacara a pasear no solo una custodia de plata, sino el orgullo de toda una ciudad