Capataces con marketing
«Es como si se juzgara la manera de andar por la calle de la gente y se llevara a niveles profesionales»
El mundo cofrade siempre ha sido fértil en opiniones. Quizá porque la pasión con la que se vive cada detalle invita a hablar, a discutir y a defender lo propio como si en ello nos fuera la vida. Hasta ahí, nada nuevo. Lo preocupante empieza cuando esa conversación natural deriva en un ejército de opinólogos que parecen saber de todo y, peor aún, pretenden sentar cátedra sobre lo que está bien y lo que está mal en un ámbito donde precisamente lo valioso ha sido siempre la diversidad.
Se está protocolarizando la tradición. Y suena a contradicción, porque si algo define a las hermandades es que cada una posee su propio modo de hacer las cosas, su forma particular de entender el martillo, el andar, el rezo o el silencio. Esa pluralidad es la riqueza del mundo cofrade. Sin embargo, cada vez se escuchan más voces que dictan normas no escritas, que pretenden uniformar estilos y convertir lo que fue siempre costumbre viva en una especie de manual técnico.
Lo curioso es que algunos de estos opinólogos no se quedan en el análisis general, sino que se atreven a valorar personas. Deciden quién vale y quién no vale, quién es buen capataz y quién no debería serlo. Y lo hacen desde la distancia, desde una mesa de tertulia o desde la comodidad de una pantalla. Imagino que alguno incluso termina creyéndose su propio papel de juez, como si la autoridad se otorgara por número de seguidores o por cantidad de intervenciones públicas.
Da la sensación de que, para ser capataz hoy en día, además de saber mandar una cuadrilla y entender el pulso de una cofradía, hay que tener marketing. Y marketing significa redes sociales cuidadas, cuentas amigas que amplifiquen el mensaje y vídeos que muestren, con música solemne de fondo, esa gran labor que se realiza al frente del martillo. Todo muy pulcro, muy vistoso y muy compartible.
Pero luego están los otros. Los que, por lo que sea, no tienen ese escaparate. Los que no han pasado por tertulias ni acumulan veinte entrevistas en YouTube. Los que simplemente cumplen con la labor encomendada: sacar una cofradía a la calle, hacerlo con el sello propio de su hermandad y recogerla en su templo. Cuidan a su cuadrilla de costaleros, protegen el patrimonio y responden ante su junta y sus hermanos. No tienen marketing, pero funcionan a las mil maravillas. O igual de mal que otros, que también puede suceder. Porque en esto, como en todo, hay aciertos y errores.
Lo verdaderamente inquietante es esa necesidad creciente de medirlo todo, de clasificarlo todo, de establecer patrones universales para algo que nunca los tuvo. Es como si se juzgara la manera de andar por la calle de la gente y se llevara a niveles profesionales. «El modo correcto de andar es hacerlo con la barbilla levemente girada a la izquierda, si usas gafas de sol has de vestir en vaqueros y la zancada óptima debe medir 0,47 metros». Es una soberana gilipollez esa última frase, pero al caso viene a ser lo mismo.
Quizá convendría recordar que la tradición no es una vitrina, sino un latido. Que las hermandades no son franquicias ni sus capataces marcas personales. Y que el verdadero prestigio, el que dura, no lo otorga un vídeo bien editado ni una red social bien gestionada, sino el respeto de una cuadrilla, la confianza de una hermandad y la emoción de un pueblo que reconoce, en cada chicotá, el sello propio de su casa.