Dos PasionesFernando López

El nick

Act. 18 abr. 2026 - 19:13

La Semana Santa es una celebración que pertenece a una religión cuyas decisiones y cambios se toman con la perspectiva de los siglos. Sin embargo, en los últimos tiempos parece poblada por los más modernos y revolucionarios métodos y artilugios sorprendentes. Ya asomaban la patita hace algún tiempo, pero la realidad es que ha explotado y hecho explotar otras tantas cosas durante la última Semana Santa.

Hay niños, niñas, niñes, sujetos que generan corriente y representan a colectivos a través de cuentas falsas. Ya sucede en la política y también en el fútbol, pero no lo vimos venir en el mundillo de las cofradías. Gente que se esconde bajo el anonimato para filtrar audios privados y dar la opinión de lo que piensa una cuadrilla de costaleros o para sacar a relucir los colores y las deficiencias de un hermano mayor al frente de una cofradía.

Lo que antes se hablaba en la intimidad de un bar, en la esquina de la parroquia o en la sobremesa de un ensayo, ahora se lanza al aire digital como si fuera sentencia firme. Y lo peor no es la crítica —porque criticar es sano cuando se hace con respeto y con nombre y apellidos—, lo peor es el escondite. El parapeto miserable de un avatar, de un nombre inventado, de una cuenta creada únicamente para señalar, incendiar y desaparecer después entre la multitud.

El anonimato ha dado alas a quienes jamás tendrían el valor de sostener sus palabras mirando a los ojos. A quienes disparan insinuaciones sin pruebas, difunden medias verdades como si fueran dogmas y convierten cualquier error humano en espectáculo público. Porque sí, en las cofradías hay errores, hay desacuerdos y hay decisiones discutibles. Pero también hay algo que muchos parecen olvidar: el mundo cofrade es, por esencia, altruista.

Aquí nadie cobra por echar horas en un cabildo, por coser una túnica, por montar un altar o por cargar un paso hasta que el cuello dice basta. Aquí se regala el tiempo, que es lo único que no vuelve. Se entregan noches, fines de semana y preocupaciones por algo que no da dinero, ni fama, ni privilegios. Lo hace la camarera que limpia la plata sin que nadie lo vea, el prioste que mide cada centímetro de un palio, el hermano mayor que carga con críticas que muchas veces ni merece.

Por eso resulta especialmente mezquino que quienes menos aportan sean, en muchas ocasiones, los que más ruido hacen desde la trinchera del nick. Porque criticar desde el anonimato no es valentía: es cobardía envuelta en modernidad. Es fácil encender la mecha cuando no hay rostro que reconocer ni nombre que responder.

El problema no es la tecnología ni las redes sociales, que bien usadas pueden ser un instrumento magnífico para difundir devoción, historia y patrimonio. El problema es el uso miserable que algunos hacen de ellas para ajustar cuentas personales, generar bandos artificiales o ganar notoriedad a costa del trabajo ajeno. No buscan mejorar nada, buscan ser escuchados sin responsabilizarse de sus palabras.

Y en medio de tanto ruido conviene recordar qué sostiene de verdad a las cofradías: las buenas personas. Las que trabajan en silencio. Las que corrigen sin humillar. Las que critican de frente y ayudan después. Las que entienden que una hermandad no es un campo de batalla sino una comunidad donde cada gesto suma o resta.

Porque hay un refrán antiguo, sencillo y certero, que debería colgarse en la cabecera de cada perfil anónimo: lo que dice Juan de Pedro dice más de Juan que de Pedro. Quien se dedica a señalar constantemente a los demás termina retratándose a sí mismo. Quien difunde veneno acaba mostrando la medida de su propia amargura.

Ojalá cunda el ejemplo de los que sí merecen ser imitados: los que dan sin pedir, los que construyen sin hacer ruido, los que entienden que la fe —y todo lo que la rodea— se levanta sobre el respeto y la caridad, no sobre la sospecha y el descrédito.

Porque al final, cuando se apagan los cirios y se guardan los pasos, lo único que permanece no es el ruido de los nicks, sino la huella de las buenas personas. Y de esas, gracias a Dios, sigue habiendo muchas más de las que gritan desde el anonimato.

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