Por amor al arte
Quizá sea momento de cambiar el enfoque; de mirar menos el detalle insignificante y más el conjunto
Hay algo que se repite cada año cuando se acerca la Semana Santa: el ruido. El de las críticas, el de las miradas con lupa, el de los juicios rápidos. Que si los horarios, que si una hermandad va mejor que otra, que si aquella procesión lució más o menos, que si tal decisión fue acertada o no. Todo se analiza, todo se comenta y, a veces, todo se cuestiona.
Lo que no se dice tanto —o no se repite con la misma intensidad— es lo esencial: ni la Agrupación de Cofradías ni las hermandades se quedan con un solo euro. Nada. Todo cuanto se recauda vuelve a la sociedad en forma de obra social, de ayuda silenciosa, constante y muchas veces invisible. Porque detrás de cada túnica, cada cirio y cada paso hay también un compromiso con los más necesitados.
Se critica mucho, quizá demasiado, pero se reconoce poco el verdadero alcance de lo que se organiza cada año. Porque lo que se levanta durante estos días no es solo una celebración religiosa o cultural: es uno de los mayores atractivos turísticos de la ciudad, si no el mayor. Un acontecimiento que atrae visitantes, dinamiza la economía y proyecta una imagen única que difícilmente podría replicarse con campañas institucionales o inversiones millonarias.
Este año, además, la magnitud del esfuerzo vuelve a ser evidente. Salvo esas pequeñas cuestiones nimias que siempre acompañan a cualquier gran celebración, se organizan prácticamente diez días completos de procesiones y actos en la calle, contando las vísperas y la propia Semana Santa. Diez días de ciudad viva, de patrimonio compartido, de convivencia y de tradición. Diez días que enriquecen a todos, creyentes y no creyentes, vecinos y visitantes.
Y es que, no conviene olvidarlo, lo que se expone en nuestras calles es arte en mayúsculas. Arte del siglo XVII, del barroco, obras vinculadas a artistas de reconocimiento mundial, piezas únicas que normalmente reposan en templos y que, durante estos días, se convierten en museo abierto bajo el cielo. Un museo vivo que camina, que emociona y que educa. Eso también es cultura, y de la más alta categoría.
Además, la Semana Santa sostiene a un tejido laboral amplísimo. Artesanos, bordadores, imagineros, floristas, músicos, carpinteros, doradores, costaleros profesionales, técnicos, transportistas… una cadena humana que encuentra en estos días no solo una expresión artística, sino también un medio de vida. Un sector entero que trabaja durante meses —muchas veces durante todo el año— para que todo esté a punto cuando llegue el momento.
Por eso sorprende que, frente a tanto esfuerzo colectivo, se instale con facilidad la demagogia. Que se reduzca todo a cifras mal interpretadas o a polémicas superficiales. Que se olvide que aquí nadie se enriquece, que no hay ánimo de lucro, que lo que se genera vuelve a la sociedad en forma de ayuda, de caridad y de compromiso.
Quizá sea momento de cambiar el enfoque. De mirar menos el detalle insignificante y más el conjunto. De valorar el trabajo callado de miles de personas que dedican su tiempo, su dinero y su talento sin esperar nada a cambio. De reconocer que lo que sucede en nuestras calles durante estos días no es casualidad ni improvisación, sino el fruto de una dedicación que solo puede entenderse desde la entrega.
Porque, al final, todo se hace por lo mismo.
Por tradición, por fe, por cultura, por ciudad… y, sobre todo, por amor al arte.
Así que, tal vez, lo que toca ahora es rebajar el tono de la crítica fácil y elevar el de la gratitud sincera. Menos demagogia y más amor al arte.