¿Qué nos dieron los romanos?Luis J. Pérez-Bustamante

Entre Torrente y Berlanga

«Corruptos ha habido siempre, pero lo que vemos ahora tiene mucho que ver con la formación y la capacitación de no pocos cargos públicos en la actualidad»

No he visto la última película de Torrente, como tampoco vi las anteriores. Reconozco que no es un cine que me llene, aunque el personaje me parece prototípico de una España y una época. Además, alabo la claridad de ideas de Santiago Segura, que ha tenido la habilidad de pasar de ser un outsider simpático y gordito del cine patrio más alternativo a un creador de pelotazos familiares superventas. Con ello, ha dejado de ser simpático para los «intelectuales del celuloide» y se ha convertido en una especie de anatema por llamar a las cosas por su nombre y no alinearse con los de la chapa en el pecho. Pero bueno, esa es otra cuestión.

Digo esto de Torrente porque esta semana he estado siguiendo el juicio que se celebra en el Tribunal Supremo contra Ábalos, Koldo y Aldama. Reconozco que tengo cierta debilidad por el personaje del exministro. Me apasiona que alguien tan cutre, lamentable y tan amante de las bajas pasiones haya llegado a ser uno de los hombres con más poder de España. Ministro de Fomento y secretario de Organización del PSOE, nada más y nada menos.

Lo de Koldo es magnífico también. De la puerta de un puticlub a la de la Moncloa. Eso sí que es un ascenso y lo demás son tonterías. De Aldama, al que por Córdoba se conoce por su intento de comprar el club de fútbol años atrás, no me sorprende nada. Es el típico personaje trepador y arribista al que lo único que le mueve es el taco, el taco y el taco.

Con estos mimbres, el juicio del Caso Mascarillas está ofreciendo una imagen descarnada de cómo se puede llegar a ser cutre en el ejercicio del poder público. Las declaraciones del hijo, la amante o la amiga virtual ponen sobre la mesa lo fácil que es corromperse en este país. No hay nada como escuchar que las adjudicaciones públicas están en manos de unos pocos amiguetes o cómo el colocaero funciona de arriba hacia abajo para echar de menos la Escopeta Nacional berlanguiana. Son impagables esas declaraciones de los cargos intermedios de las empresas dependientes de ADIF señalando siempre al de arriba como responsable de la inasistencia o la lectura apasionada de las chicas de Ábalos en sus quehaceres profesionales. Saza, López Vázquez y Escobar se choteaban de estas corruptelas del franquismo. Han pasado 50 años.

El fondo de esta cuestión me parece bastante más grave. Corruptos ha habido siempre, pero lo que vemos ahora tiene mucho que ver con la formación y la capacitación de no pocos cargos públicos en la actualidad. Obviamente, no vamos a igualar a Ábalos y a Koldo con el común de la clase política porque eso sería injusto. Pero sí hay que decir que va siendo hora de que alguien repase cómo se llega a los altos poderes del Estado. Cómo, con menos papeles que una liebre, uno puede gestionar presupuestos de miles de millones. Cómo las puertas de entrada de los ministerios pudieron funcionar de esta manera mientras España permanecía confinada, las personas morían por miles y la sensación de agobio era tremenda.

Por supuesto, la responsabilidad política quedará circunscrita a Ábalos, si es que se le condena. No podemos olvidar que él surgió por generación espontánea en los cuarteles de mando mientras nuestro presidente estaba ocupado en hacer lo que dice que debía estar haciendo cuando se suponía que los otros no estaban haciendo lo que hacían. No sé si me explico.

El sainete, algo tan clásico de la literatura española, se ve perfectamente superado en lo que vemos estos días en el Tribunal Supremo. Una vez más, la realidad supera a la ficción. Y mucho me temo que esto no es más que el principio de lo que tiene que venir.

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