No me entusiasman la petanca, las carreras de galgos, la halterofilia ni el baile de la sardana. Pero no tengo ningún problema con la gente que los disfruta. No identifico mi mente adulta con extremismos, ni comportamientos sectarios, ni identidades excluyentes, ni recelos lingüísticos. Pero allá cada cual con lo que quiera sentir o pensar para sus adentros. Tengo escasa afinidad con los proyectos colectivos, las afinidades gregarias, los rugidos de la masa o la demonización de la disidencia. Pero soporto con estoicismo ateniense a quien quiera atarse de por vida a esas fidelidades multitudinarias. Solo reclamo para mí un parecido respeto al que yo dispensa a los feligreses de tantos credos que me resultan completamente ajenos.
Por simples convicciones personales -uno no puede creer en todo- no celebro festividades como el Año Nuevo chino, el Aberri Eguna, Halloween o el Orgullo Gay. Pero tampoco me dedico a dar por saco a quienes las celebran. Y lo mismo reclamo yo con mis celebraciones de la Navidad, la Semana Santa, el día de mi onomástica, el bautizo de mis familiares o su primera Comunión. Un simple respeto a las creencias ajenas, y no la imposición de que desaparezcan formulada por personas a las que simplemente no les gustan.
Los obsesivos postulados de la izquierda, el nacionalismo y el mundo woke suelen exigir la «cancelación» de toda disidencia
Algo parecido sucede con el boxeo, la lucha libre, la tauromaquia o la actividad cinegética. Si a usted no le agradan estas prácticas tan viejas como la humanidad misma le aconsejo que no las ejercite, ni las siga, ni haga comentarios despectivos sobre púgiles, luchadores, toreros o cazadores en las redes sociales. Tenga un comportamiento pasivo de tan simple ejecución como el funcionamiento del mecanismo de un botijo. Pase olímpicamente de lo que le disguste. Como yo no me dedico a criticar a quienes disfrutan con pasión del Sumo japonés, los combates de Muay Thai, el hígado encebollado o el ayuno del Ramadán. Haga usted lo mismo. Viva y deje vivir.
Todo lo anterior, que parece muy sencillo de poner en práctica, no lo resulta tanto para el mundo de la izquierda, el nacionalismo y la cultura woke. Los obsesivos postulados de esa gentecilla tan poco ejemplar suelen exigir la «cancelación» de toda disidencia, de las actividades que no les placen, de quien no piensa como ellos, de las aficiones o creencias que suponen de «fascistas». Y a ello se afanan con cansina intensidad en medios, foros y redes sociales.
El dirigente de Més per Mallorca Lluís Apesteguía ha criticado en X que el Govern balear nos felicite el Domingo de Pascua. Un tipo que cuenta el año en el que vive desde la fecha del nacimiento de Jesucristo, y cuyo partido fue mayoritariamente fundado en sacristías y salas de profesores de colegios religiosos, se apunta ahora -tal vez para no contrariar a su idolatrada inmigración musulmana- a la moda de criticar nuestras tradiciones cristianas. Lo que no entiende el pobre infeliz es que si hiciera algo parecido en el Irán de sus amores acabaría colgado de una grúa.