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TribunaÁlvaro Delgado

La caída de la casa 'progre'

La inquietud de la progresía nacional, demostrada en las continuadas muestras de repulsa hacia Donald Trump de incontables personajes públicos y medios de comunicación, no hace más que confirmar el estado de histeria individual y colectiva en el que viven muchos militantes de la izquierda

El genial Edgar Allan Poe describió en La caída de la casa Usher, con intenso barroquismo y múltiples recursos estilísticos, el declive vital de un excéntrico artista recluido en un viejo caserón con la única compañía de una hermana igualmente delicada de salud. Esa conocida narración representa una alegoría de la decadencia, la enfermedad y la muerte que concluye con un desenlace impactante, constituyendo un precedente magistral de otras obras literarias y cinematográficas del género de terror.

En este interesante comienzo del año 2026 estamos asistiendo a otra decadencia existencial, también terrorífica para algunos, que parece imparable y concatenada: la de varios pilares internacionales que sustentaban el mundo 'progre'. A la espera de analizar las consecuencias que derivarán para el nuevo orden mundial, la captura de Nicolás Maduro, las revueltas populares contra el integrista régimen iraní de Jamenei y la inminente toma de posesión de José Antonio Kast en Chile –tras su arrolladora victoria frente a la comunista Jeanette Jara–, todo ello unido a los cambios políticos ya producidos en Italia, Argentina, El Salvador, Bolivia, Perú y Ecuador, a la imposibilidad manifiesta de Putin de vencer claramente a Ucrania, y a los gestos de preocupación mostrados por Petro, Sheinbaum o Díaz-Canel son síntomas claros de que una debacle de la izquierda populista se está avecinando en el mundo.

La inquietud de la progresía nacional, demostrada en las continuadas muestras de repulsa hacia Donald Trump de incontables personajes públicos y medios de comunicación, no hace más que confirmar el estado de histeria individual y colectiva en el que viven muchos militantes de la izquierda. Que no se están solamente jugando la supervivencia de una ideología sino su propio sustento político y personal. Pero aquí resulta necesario preguntarse lo siguiente: ¿Es realmente Donald Trump causante de toda esa hecatombe de la izquierda? ¿O fue la propia elección de Trump consecuencia de un fenómeno global de alcance mucho más amplio?

Pese al odio que concita entre la progresía nacional e internacional –y también entre el nutrido moderantismo– el impredecible presidente norteamericano, un análisis de las corrientes políticas predominantes, no solo en América, sino también en la Europa de los últimos años, nos hace pensar que el desbocado líder de la cabeza naranja no es tanto causa como consecuencia de una imparable corriente mundial. Aunque haya sido el evidente catalizador de caídas estrepitosas como la del régimen chavista o la que se puede avecinar de la dictadura de los ayatolás.

Aunque muchos se resistan a reconocerlo, la desmedida ambición de Trump no resulta tan diferente a la de muchos otros líderes mundiales, tanto históricos como actuales. Solo que, al manifestarse habitualmente sin filtro alguno, produce un desconcierto generalizado en una sociedad acostumbrada a la típica hipocresía pública falsamente tranquilizadora. Pero, además, el mundo parece hoy cansado de esa vieja fantasía izquierdista, recurrentemente incapaz de pasar de las musas al teatro. Resulta siempre vendible la idea de la justicia social, pero, aceptados de forma generalizada –especialmente en Europa y el mundo occidental– muchos principios básicos de la socialdemocracia (educación y sanidad universales, sistema público de pensiones, protección social a los más débiles), los demás postulados de la izquierda populista resultan imposibles de conciliar con la miseria y el exilio en que sumen a los países donde se implanta, con el embargo de oro y millones de dólares que Suiza ha ordenado contra Maduro y sus adláteres, o con esa insolidaria financiación singular que Sánchez acaba de acordar con Oriol Junqueras.

Y me temo que un impactante y dramático final, tan característico del genio de Poe, está aún por llegar.

  • Álvaro Delgado es notario
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