crónicas incorrectasÁlvaro Delgado

Prohibir el fútbol

El autor, vinculado al mundo del fútbol desde la infancia, denuncia el sesgo ideológico y la «obsesión prohibitiva» de dos concejales ibicencos que proponen eliminar los campos escolares: «Quiten sus politizadas manos de la existencia de nuestros chavales»

Dos políticos ibicencos, Angie Roselló, concejal de Unidas Podemos, y Antonio Lorenzo, portavoz del PSOE, presentaron hace días una moción en el Ayuntamiento de Sant Antoni para eliminar los campos de fútbol de los centros docentes prohibiendo su práctica en los colegios. Ambos alegaron «la falta de espacio, que supone una discriminación para las niñas, que quedan relegadas a los márgenes del patio», mientras Lorenzo, profesor de educación física, añadía que «el fútbol es una práctica deportiva tóxica, que genera problemas de convivencia graves, porque los niños imitan lo que ven, cosa que no ocurre con el baloncesto», y la delicada profesora de inglés Roselló remataba: «las peleas de los niños solo pasan en el fútbol, no he visto otro deporte donde haya más hooligans y más hostias (sic), en el baloncesto no lo he visto».

La cuestión, que podría no haber pasado de anécdota local, ha tenido honda repercusión entre la opinión pública y en los medios de comunicación nacionales, que han mostrado su sorpresa por la obsesión prohibitiva y los escondidos complejos que tales afirmaciones parecen reflejar.

Antes de que continúen ustedes leyendo, y por pura honestidad intelectual, debo facilitarles cierta información: comencé a jugar al fútbol a los cinco años y sigo haciéndolo a los sesenta y dos; he ganado cuatro campeonatos europeos amateur de selecciones internacionales de mi profesión; fui accionista, miembro del consejo de administración y portavoz de un club de fútbol de primera división; y soy actualmente comentarista en una tertulia radiofónica futbolística de ámbito balear. Por ello, pueden comprobar que no están ante un opinador neutral.

Pero tengo que añadir que el fútbol me ha proporcionado, desde muy joven, unos hábitos de vida saludables, los mejores amigos que he tenido jamás (que aún conservo hoy en día, algunos trabajando en la élite del fútbol mundial), infinidad de maravillosas relaciones personales y profesionales, y una disciplina vital que combina sacrificio, respeto, carácter y comprensión de lo que significa el verdadero trabajo en equipo. Virtudes todas ellas muy escasas en el degradado sistema político y educativo actual que representan, con escaso acierto, los dos antes citados bocachanclas.

Basta de prohibir lo que les incomoda. Quiten sus politizadas manos de la existencia de nuestros chavales. Y déjenles aprender que vivir no consiste siempre en comer carne sin huesos

Las desafortunadas declaraciones de Lorenzo y Roselló, como suele suceder con muchos políticos actuales, se centran más en las anécdotas que en la categoría. Es cierto que el fútbol, como también sucede en la vida y en la política, nos muestra en ocasiones actitudes deplorables. También que ha sido, durante décadas, un coto exclusivamente masculino. E incluso que un campo de fútbol (no así los de fútbol sala) ocupa un espacio considerable.

Pero justo en el momento presente vivimos un auge impresionante del fútbol femenino, siendo la selección española la actual campeona del mundo y nuestras principales jugadoras (Alexia Putellas, Aitana Bonmatí o la mallorquina Mariona Caldentey) un referente para las chicas y las más premiadas en el fútbol internacional. Justo en este momento vivimos partidos de baloncesto, en especial de la NBA, que acaban a bofetada limpia. Justo en este momento existen otros espacios (aparcamientos, salas de actos u otras instalaciones docentes) que ocupan más terreno que un campo de fútbol sala. Y justo en este momento sufrimos líderes políticos (qué casualidad, del PSOE y Podemos) que llaman a levantar muros o al reemplazo de la población local para sustituirla por una inmigración descontrolada.

Lorenzo y Roselló dejen de mirar por ustedes, sus complejos, sus manías y sus obsesiones. Basta de prohibir lo que les incomoda. Quiten sus politizadas manos de la existencia de nuestros chavales. Y déjenles aprender -que les enseñen parece improbable- que vivir no consiste siempre en comer carne sin huesos.

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