¿Qué nos dieron los romanos?Luis J. Pérez-Bustamante

Prohibir el burka

El Ayuntamiento de Lleida va a llevar al pleno del mes de junio una modificación en las ordenanzas de convivencia de la ciudad según la cual se prohibirá el uso del burka y el niqab (que permite mostrar los ojos) en espacios públicos y dependencias municipales. La iniciativa ha levantado polvareda, sobre todo porque parte de un gobierno municipal del PSC que recupera una medida fallida de ese mismo ayuntamiento de 2010. El debate también fue tratado en marzo en el pleno de Córdoba, donde se aprobó una moción que insta al Ayuntamiento a regular el acceso a edificios municipales «en casos de ocultación integral de rostro» en la que se ponen como ejemplo el niqab, el burka u «otras prendas equivalentes». La decisión cordobesa no levantó ruido, pero la catalana ha puesto en jaque a los socialistas españoles, que hace no demasiado rechazaron en el Congreso de los Diputados una medida de Vox en el mismo sentido. Cosas de gobernar en Cataluña y no hacerlo en Andalucía.

Pero no vamos a hablar aquí de política. Lo mollar en esta cuestión es abordar el fondo: si las mujeres que llevan el burka o el niqab lo hacen voluntariamente o si son obligadas a ello. ¿Tiene sentido que haya personas que estén obligadas a ir por la calle completamente tapadas? Realmente ese es el debate que un Estado avanzado como España debería plantearse.

En países de nuestro entorno como Bélgica, Francia, Dinamarca, Portugal, Bulgaria, Suiza o Austria esta medida ya se ha tomado de una u otra manera. La justificación en la mayoría de los casos responde a razones de seguridad nacional y de integridad de las propias mujeres afectadas. Incluso países árabes como Marruecos, Túnez, Argelia o Camerún tienen establecidas restricciones en el uso de estas prendas.

En teoría, si partimos de postulados de democracia occidental consolidada todo el mundo es libre de ir por la calle como le plazca siempre y cuando no atente contra el buen gusto y la moral. En este caso, sin embargo, nos hallamos en una situación diferente. El uso del burka o el niqab no es sólo una decisión de la mujer. Es más, podríamos decir que no es una decisión de la mujer. Nos hallamos ante una mezcla de interpretación religiosa, tradición cultural e imposición estatal. Se basa en un concepto que lleva a cubrir el awrah (partes íntimas) frente a hombres que no son familiares directos, buscando protección espiritual y para evitar la sexualización. En papel se supone que esto podría tener un pase. En la realidad, si uno mira a los países donde se obliga a llevar esta prenda, encabezados por los talibanes de Afganistán, esta decisión tiene muy poco de voluntario. De hecho, las mujeres que se niegan a vestir de esta manera apenas pueden dar dos pasos por la calle antes de ser detenidas, apaleadas y/o encarceladas. No hay más que mirar al Irán de los últimos meses para ver lo que les pasa a las jóvenes que se han quitado el hiyab de la cabeza.

En algunos ámbitos de nuestra sociedad se ha suscitado el debate sobre si esta decisión es un ataque a los derechos humanos y a la libertad religiosa. Quienes esto se plantean suelen ser quienes otean la vida desde un mullido sofá marca demagogia. Personalmente, creo que cualquier ideología, religión o posicionamiento teórico que obliga a vestir de una determinada manera atenta contra la principal libertad del ser humano, que no es otra que la de ser uno mismo. Pero voy más allá, ya que tengo claro que en el caso del burka y el niqab lo que se persigue es la anulación absoluta de la mujer, su enclaustramiento en casa y la imposibilidad de que desarrolle cualquier tipo de contacto y/o relación social más allá de lo estipulado por su familia o su marido.

Supongo que habrá quien voluntariamente se tape, que en este mundo hay gente para todo. Lo que no dudo es que hay centenares de miles de mujeres en esos países que estarían encantadas de poder llevar el pelo suelto, mostrar su cara o, vaya locura, enseñar sus manos sin temor a ser lapidadas, fustigadas o perseguidas. En este debate sobra la demagogia y falta respeto real por los derechos humanos. De las mujeres, por si alguien no lo sabía.

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