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TribunaÁlvaro de Diego

Ha muerto el pequeño Bruno

Ha muerto Enzo Staiola (1939-2025). Gracias a una relumbrante estela digital le hemos puesto rostro al nombre del niño de Ladrón de bicicletas (1948), obra maestra del neorrealismo italiano

«Los nombres son para ponerlos en las lápidas». Con esta frase, seca como el fogonazo de un Colt, interrumpía el personaje de Eli Wallach a quien se disponía a darle explicaciones en El Bueno, el Feo y el Malo. Algunos nombres no nos dicen nada hasta que los encontramos en una necrológica. Ha muerto Enzo Staiola (1939-2025). Gracias a una relumbrante estela digital le hemos puesto rostro al nombre del niño de Ladrón de bicicletas (1948), obra maestra del neorrealismo italiano.

Todo había surgido del pequeño gran hallazgo del guionista habitual de Vittorio De Sica. Siempre atento a cualquier motivo de inspiración, Cesare Zavatinni descubrió un librito del pintor Luigi Bartolini, esprínter de los cien primeros metros lisos del fascismo que acabó marchando sobre (la cárcel de) Ancona. Ladri di biciclette constituía una narración autobiográfica de quien se empeñaba en recuperar su vehículo a pedales, hurtado por unos rateros de poca monta, atravesando las más engolfadas callejuelas de Roma. El adaptador propuso a De Sica tomar «apenas el título y el punto de partida» y Bartolini cedió los derechos a quienes definían su colaboración como la del café con la leche.

Sin embargo, la cosa se complicó casi de inmediato. Bartolini había ambientado la acción en 1944, en plena guerra civil derivada de la aparatosamente bufa caída del fascismo. Deseaba sacudirse el sambenito de antiguo escuadrista sacudiendo a los abuelitos del antifascismo sobrevenido. Umberto Eco escribiría mucho después que, de haberlo necesitado, un primo de su madre, socialista y disidente, habría escrito una respetuosa carta a las autoridades —mussolinianas, por supuesto— para agilizar los trámites de una pensión. A Bartolini aquello le soliviantaba: «Si bien no todos comieron de los fascistas durante la tiranía, lo cierto es que muchos durmieron profundamente».

Sin embargo, De Sica no deseaba filmar un panfleto y, de acuerdo con Gibbon en que «el que escribe para todos los hombres no debe tomar sino de las fuentes comunes a todos los hombres», trasladó el relato a la posguerra. Buscaba el corazón y rehuía la milicia. El generoso canalla estiró la mano y mantuvo a Bartolini en los créditos de la película, lo mismo que a una ristra de guionistas amigos que no habían escrito una línea. Los últimos pasaban hambre. La extensión de un cheque adicional acortó la indisposición del primero. Como por ensalmo.

Rufián y caballero, sólo De Sica podría encarnar más adelante al falso general Della Rovere; lacónicamente digno ante el pelotón de fusilamiento aun teniendo más miedo, todo el del mundo, que vergüenza, pues no conocía ninguna. Por lo pronto, supo esquivar al todopoderoso David O. Selznick, dispuesto a producir la película si la interpretaba Cary Grant. «¿Y por qué no Henry Fonda?», telegrafió el cineasta dando una larga cambiada. La cinta apenas costaría unos modestos sesenta millones de liras. Y no irían precisamente a costear el caché de sus protagonistas.

«Actores hay sólo unos pocos, pero el mundo está lleno de personajes». Con esa divisa De Sica se lanzó a las calles de Roma. Sólo un obrero de manos encallecidas y la penuria dibujada en unas mejillas hundidas podía interpretar a un proletario de los arrabales. Lo encontró en Lamberto Maggiorani. Una desconocida periodista, Lianella Carell, asumiría el papel de la esposa tras acudir a entrevistar a De Sica. Y, finalmente, apareció el niño. Enzo Staiola era hijo de un compañero de trabajo de Maggiorani. «¡Es él, es Bruno!», exclamó De Sica al divisar al párvulo espectador de un casting para enmendar la plana a Pirandello.

Aquellos intérpretes de ocasión no harán carrera en el cine. Maggiorani abrirá una zapatería en la capital que financiará su mentor. Staiola, aunque hará alguna incursión posterior en la gran pantalla, se licenciará como matemático y trabajará para el registro de la propiedad. Los actores de la calle únicamente sirven para los papeles por los que fueron escogidos.

Y, por encima de todos, sobresale un director capaz de dirigir a aficionados como si fueran veteranos actores del método. De Sica interpreta todos los papeles, de la esposa al niño, para que los neófitos figurantes tengan referencias. El rodaje impresiona: nunca se filma más de dos o tres veces una escena. Un casi imberbe Sergio Leone, director más tarde de El Bueno, el Feo y el Malo, contempla como asistente, atónito, ese despliegue de genio.

La historia es tan sencilla como conmovedora. Antonio Ricci, obrero desempleado, empeña las sábanas de la dote de su esposa para adquirir la bicicleta indispensable para el empleo de empapelador de carteles que acaba de conseguir. En un descuido, mientras fija uno de los anuncios, le roban su medio de locomoción. A partir de ahí emprende un descorazonador periplo en compañía de su hijo Bruno para recuperar la bici.

El resultado es de una autenticidad apabullante. Escribió Ortega que el peor defecto de un novelista consiste en tratar de definir a sus personajes. Estos han de definirse poco menos que por sí mismos, por sus acciones: «Son don Quijote y Sancho los que nos divierten, no lo que les pasa». Del mismo modo, en Ladrón de bicicletas las relaciones personales, en especial la de padre e hijo, no se aluden. Se presentan en toda su realidad humana y de forma bien patente. Donde las cosas están, huelga contadas.

Parece en este relato cinematográfico que, como escribió Marotta, «el casto cielo no es hermano de nadie». Y, sin embargo, el rostro de Bruno nos demuestra que el mundo comienza en cada niño y la inocencia le sobrevive a todo. Por más que el desolado cierre desatienda el consejo de Juvenal: «Que tu hijo pequeño te impida cometer torpezas».

A mi amigo Antonio Miguel

Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo

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