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tribunaMiguel Aranguren

Zapatos asentados

Mi amigo hace constantes referencias al cansancio, porque sabe que provoca en nosotros un sinfín de problemas menores que, a su vez, nos minan y nos empujan a hacer aquello que no deberíamos o no hubiéramos querido, debilidades menores la más de las veces, pequeñas derrotas y claudicaciones

Tengo un amigo al que le caracteriza la afabilidad. Estoy convencido de que ese rasgo es el que atrae hacia él a tanta gente, pues llena sus días con innumerables encuentros, la mayoría de las veces de tú a tú, ya que mi amigo es sacerdote, y un cura suele acoger de uno en uno: las confidencias que se le hacen son alérgicas a los oídos extraños. Pero mi amigo tiene también facilidad para cautivar a las personas de dos en dos, de seis en seis… siempre en números pares; en su haber se cuenta la organización incansable de lo que decidió titular 'Cursos para novios', una maestría extendida a lo largo del año, gracias a la cual un sinfín de jóvenes han aprendido en qué consiste este lío monumental al que llamamos amor, y que se factura en el altar con un «sí quiero», o se quiebra en una conversación íntima y serena entre los otrora enamorados, que ponen un responsable punto final a su relación, una vez han comprendido que sería una torpeza de incomodísimas consecuencias dejarse anillar por el otro ante madrina, padrino, testigos, invitados y wedding planner.

Mi amigo, alto, sonriente, elegante a pesar de que siempre va igual vestido (circunstancia que envidio en los sacerdotes que gastan clergyman), tiene un don especial para la comprensión y la indulgencia, quizás porque aviva diariamente en su conciencia que la huella indeleble recibida en el sacramento del Orden le brinda la capacidad de prestar su inteligencia, su voz y sus manos al mismo Dios, pero no la de convertirse en un sosia divino. Por eso da gusto confesarse cuando él es el ministro al otro lado de la rejilla: escucha, escucha, escucha… aconseja con exquisita prudencia y sitúa pecados y faltas bajo el foco de las circunstancias de la vida que, dicho sea de paso, casi nunca son fáciles.

Cuando imparte el sacramento del perdón, mi amigo ejerce la virtud de ponerse en los zapatos del penitente; bajar al barro es una estrategia imprescindible para enfocar las angustias e inquietudes ajenas. La ejerce conmigo, claro, porque no me he escondido en la garita del confesionario para comprobar si la utiliza con otros y, además, porque no tengo la antena puesta hacia una conversación entre susurros.

Acabo de referirme a los zapatos del penitente. Los suyos los tiene bien asentados en el suelo (no en vano, calza un 49 o un 50, según el tallaje homologado para las zapaterías de la vieja Europa), y desde ellos observa la vida con delectación y trata de entenderla. Le gusta el runrún de la ciudad, las novedades, el ir y venir, estar al tanto de las noticias y de las modas. En suma, el piélago sobre el que flotamos: trabajo y desempleo, éxito y fracaso, enriquecimiento, ir tirando y ruina, salud y enfermedad, hijos, suegros, yernos y nueras, jefe y vacación… Conoce bien que es en ese escenario inmenso –en el que se nos han colado la IA, el gimnasio, Rosalía, el estrecho de Ormuz, Instagram, la eutanasia, Bizum, la otra cara de la luna…– donde se juega la tragedia y la comedia del ser humano, que tiene como atrezo un cansancio habitual, el esperable en una sociedad que no se toma un respiro.

Mi amigo hace constantes referencias al cansancio, porque sabe que provoca en nosotros un sinfín de problemas menores que, a su vez, nos minan y nos empujan a hacer aquello que no deberíamos o no hubiéramos querido, debilidades menores la más de las veces, pequeñas derrotas y claudicaciones. Es cierto el papel de gota erosiva que desempeña el agotamiento, primo hermano de los pecados capitales. Saberlo produce paz, relaja el ánimo y recoloca el sentimiento de culpabilidad de quien, por no poder con su alma, certifica que es una mala sombra de lo que quisiera ser.

Ese cansancio va creciendo poco a poco (a veces se dispara fuera de fecha, qué le vamos a hacer), se va acumulando, aumenta de peso con el transcurso de las semanas, de los meses, del trimestre… y explota. Aquí quería llegar: al estreno de un nuevo trimestre según la vieja regla del curso escolar, que tiene como oasis las vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Puede que el largo puente concluido hace unos días no nos haya recompuesto de la batalla librada desde enero al mes de abril, que ni siquiera el lapso un poco más largo de la Navidad o de las semanas libres en verano tenga la capacidad terapéutica necesaria para poner nuestro marcador a cero. De hecho, la vida no conoce pausas: nos vamos desgastando de continuo, como el papel de lija que frota y frota un carpintero sobre el canto de una tabla, aunque parezca que sobre algunos no pasa el tiempo y que en otros el segundero actúa sin piedad.

Mi amigo es elocuente al señalar al desbordamiento físico y emocional como causa de muchas de nuestras pequeñas rendiciones. A medida que avanza el curso, la extenuación horada muchos de nuestros propósitos de ser un poco mejores, de forma que ese cansancio termina por hacernos ondear la bandera blanca, necesitados como estamos de tiempos muertos.

Llegado el inicio del tercero de los trimestres, lejana todavía la canícula, nos conviene tomar aire –con la fuerza que aportan torrijas, monas y huevos de chocolate– para encararlo con el brío de aquel estribillo de Leonard Cohen: «First you take Manhattan / then we take Berlin».

  • Miguel Aranguren es escritor
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