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tribunaMiguel Aranguren

Mi problema

La estrategia se basa en un servicio ininterrumpido de pienso modificado. También en que al pato no se le brinda otra actividad distinta a deglutir y deglutir como si no hubiera un mañana, a engordar y engordar hasta que pechugas y muslos queden incrustados en los barrotes

El problema se venía alimentando desde hacía mucho, mucho tiempo. Por tanto, no me atrevo a echarle toda la culpa a la Navidad ni al conjunto de sus días felices, aunque la felicidad navideña esté ligada a la cascada de delicias gastronómicas. El problema, lo confieso, se ha formado poco a poco a través de recetarios de lenta cocción, ciencia original del país en el que nació la cocina elaborada, la gastronomía de laboratorio que combina ingredientes dulces, salados, amargos, ácidos y aquellos que ahora se denominan umami, palabro que parece inventado por Rosalía. El problema, insisto, surgió en la Francia de los gorros blancos de chef, en la Francia de las cebolletas glaseadas, los piñones, pasas y castañas, en la Francia de la mantequilla y las salsas gordas repletas de eso que los cursis llaman «matices», en la Francia del desayuno, aperitivo, comida, merienda y cena, en la Francia del entrante, plato principal, postre y dulces con el café.

Los culpables del problema –de mi problema– son los franceses, los mismos que aplican a sus patos una tortura calculada con el fin de reventarles el hígado mediante un proceso de cirrosis artificial, aprobada y regulada por las autoridades alimenticias. El prospecto indica los siguientes pasos: el huevo eclosiona en la incubadora y el pollo pía con dulzura (los patos graznan y parpean una vez son adultos); veinte horas después, la bola de plumón pasa a una habitación en la que se une a cientos, miles, de anadones, unos de plumaje intensamente amarillo, otros ambarinos, otros tirando al limón maduro, otros negros… todos nacidos el mismo día. A las dos semanas, en cuanto nuestro protagonista comienza a transformar su suave cobertura en una pluma blanca, alguien abre una portilla por la que el inocente llega a una cinta mecánica por la que se desliza, como en un tobogán, hasta unas manos enguantadas que lo depositan en una jaula singular, diseñada para que su cuerpo quede aprisionado, salvo su largo cuello y su graciosa cabeza. Una vez preso, el patito recibe con honores un código de barras que registra en un ordenador todo su arco vital. A ambos lados le acompaña la fila casi infinita de sus congéneres. Arriba y abajo, más de lo mismo.

Los hierros impiden al ánade cualquier movimiento: no puede batir las pequeñas alas de las que le ha dotado la naturaleza, ni blandir el gracioso penacho de su cola, ni balancearse con el paso torpón de los de su especie. Por si fuera poco, en la nave repleta de jaulas no hay noche ni día; las aves viven bajo la presión de unos potentes focos que nunca atenúan su potencia ni, mucho menos, se apagan. Es el Guantánamo de las palmípedas, donde la luz no permite conciliar el sueño para que la vigilia acelere la producción.

La estrategia se basa en un servicio ininterrumpido de pienso modificado. También en que al pato no se le brinda otra actividad distinta a deglutir y deglutir como si no hubiera un mañana (ni una vuelta por los alrededores, ni unas zambullidas, ni un salir a picotear gusanos o para ligar con una pata), a engordar y engordar hasta que pechugas y muslos queden incrustados en los barrotes, a enfermar y enfermar para que el hígado sufra un crecimiento desmedido, malsano, enloquecido, y ¡pum! reviente.

Dicho pato ha sido una parte de mi problema, aunque no me atrevo a echarle toda la culpa, ni siquiera a su hígado, ni al productor del foie, ni a mi suegra, por supuesto, que lo colocó en la mesa de Navidad muy cerca de mi cuchillo untador. El problema en su globalidad se venía alimentando desde hacía mucho, mucho tiempo, desde la mañana que certifiqué la dificultad para atarme el botón del pantalón del traje que visto de boda en boda. Fue entonces, hace unos años, cuando el drama comenzó a desparramarse. Acababa de cruzar el Rubicón que separa al hombre delgado del que pasa a engrosar el de los sobrealimentados. Eso sí, hice lo que estuvo en mi mano por engañarme: que si el metabolismo cambia a medida que nos hacemos mayores, que si la caja torácica se ensancha, que si báscula tiene que adaptarse a esta vida en constante mutación…

Insisto, mi problema no surgió la pasada Navidad, y no se resuelve con esas noches en las que me excuso a la hora de la cena, porque quiero que los míos me vean responsabilizado con mi salud, es decir, que para ellos sea un marido y un padre alejado de los excesos. Lo malo llega cuando todos se van a dormir, pues me acerco de puntillas a la cocina, saco un paquete de galletas de la despensa, la barra de mantequilla y el bote de miel para entregarme, dichoso, a un banquete de calorías.

Estamos en enero y ha llegado el momento de atajar dicho problema, de demostrarme y demostrar a los míos que soy un hombre responsable que cumple su palabra, un héroe que no va a sucumbir por un bombón ni por un plato rebosante de pasta y nata, un tipo que no depende de los placeres culinarios de los días de fiesta ni de las estratagemas de su suegra para hacerle feliz. Pero, me temo, también un hombre que asalta la nevera cuando no hay moros en la costa para –como uno de esos patos gabachos– comer y comer sin tregua.

  • Miguel Aranguren es escritor
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