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tribunaMiguel Aranguren

Yo, mi perfecto desconocido

En mi caso —seguramente en el suyo también, estimado lector—, esa inteligencia superlativa y ese candor entrañable brillan por su ausencia, así que no nos queda otra que rectificar las veces que sean precisas, lo que también tiene su aquel, pues el combate interior nos empuja a seguir vivos

Uno pasa la vida entera intentando conocerse. No quiero decir que seamos como los periquitos, que cada vez que se topan con su imagen proyectada en un espejo creen haber encontrado un nuevo amigo, ni como uno de mis tíos políticos, que en un restaurante pidió gambas para cenar, sin sospechar que le iban a provocar una alergia. El hombre abrió los ojos a medianoche con una sensación extraña, se levantó y, de camino al cuarto de baño, al encarar el pasillo, se dio de bruces con su reflejo en un espejo de media luna. El grito lo escucharon sus vecinos del segundo, y eso que vive en un quinto. Cuando mi tía, alarmada, acudió para ver qué había ocurrido, se encontró a su marido sentado en el suelo preso de una taquicardia. «Un tío muy raro se ha metido en casa», le dijo sin quitarse la mano del pecho. «Es feo como un demonio», resumió la descripción. «Para feos, tú», le soltó su esposa con los ojos fijos en la malformación de su cara. «Se te han hinchado la nariz, las orejas y el cuello». El tío se palpó sobrecogido aquellos colgajos. «Ya te dije que esas gambas me daban mala espina… Voy a llamar a una ambulancia».

Cada cual tiene un dibujo incompleto de sí mismo. En el aspecto físico, porque solo podemos mirarnos en un azogue bien pulido, y de frente, de modo que cuando hay un juego de espejos, nuestro perfil y la espalda nos resultan novedosos. Qué decir entonces de lo psicológico, tan subjetivo. Me refiero al universo interior por el que navegamos, a esa fábrica ininterrumpida de pensamientos, imaginaciones, recuerdos… Es aconsejable que tengamos en cuenta que para dibujar el retrato de nuestro mapa mental no contamos con imágenes, así que las percepciones estarán condicionadas por la incapacidad de nuestros sentidos.

Tenemos un concepto de nosotros no pocas veces errado. Consideremos que el entorno nos juzga, y no de una forma condescendiente, cuando lo probable es que las personas que forman ese entorno también se crean juzgadas –quizás por nosotros– y, a la vez, cuenten con pocas razones, poco tiempo o pocas ganas para destinar su esfuerzo intelectual a emitir una sentencia desfavorable respecto a nuestra persona. Por tanto, aceptemos que esas creencias no siempre responden a la realidad, que exageramos los puntos flacos que nos configuran, y que a muchos nos falta capacidad para aceptarnos y querernos tal como somos, renunciando a alcanzar grados de perfección que no nos corresponden.

En mi caso –me quito la camisa ante mis lectores–, tiendo a un pesimismo vital compensado con cierta alegría crónica, mezcla explosiva que me hace parecer lo que no soy y ser lo que no quisiera parecer. ¡Menuda dicotomía! Por expresarlo de otro modo, el atardecer es a mis ojos el comienzo de la noche más que el final del día, y el amanecer el final de la noche más que el comienzo de una nueva jornada, expresado con bellas palabras que disfrazan cierta capitulación vital. En resumen, un lío narrado, sin embargo, con una sonrisa.

Pero no quiero seguir hablando de mí, sino colocar esta tendencia –tan extendida y tan patria– al desaliento en su justo lugar. Todos tenemos un saco de razones para mirar al futuro con desesperanza: en él se juntan nuestros muertos, nuestros fracasos, nuestros abandonos, nuestros complejos, el daño que causamos y recibimos voluntaria o involuntariamente, y las heridas que venimos acumulando desde el día que fuimos concebidos. Todos esos desperdicios emocionales –no son otra cosa que basurillas que cargamos a la espalda– forman un prisma que descompone la luz del presente para hacerla rebotar en un mañana imaginado, para pintarlo de un gris propio de la capitulación. También en la pechera lucimos las medallas que nos dejaron tantas personas buenas y queridas, algunos éxitos, el modo con el que acogemos a los demás, tantos logros, lo bueno que hicimos y hacemos, nos hacen y nos hicieron de manera consciente y, también, sin darnos cuenta, así como las cicatrices de heridas superadas. Esta colección de tesoros –más objetivos que emocionales– también se descompone a través de un prisma que da luz a este momento concreto (el que ahora marcan sus relojes) y al siguiente, y al siguiente… sin solución de continuidad.

Vivir en presente es la esencia del arte de vivir, algo así como mantener la candidez propia de la primera infancia, que no espera nada del mañana porque se conforma con el instante, que es lo único que el niño logra comprender. Y aunque parezca un contrasentido, este perfecto conocimiento de uno mismo (lo que soy mientras escribo estas palabras, mientras usted las lee) solo está al alcance de las personas dotadas de una inteligencia prístina y de aquellas otras que sustituyen dicha inteligencia por el candor, quizás provocado por una involución natural o adquirida. En ellas no cabe el pesimismo, pero tampoco el optimismo, que no deja de ser otra proyección del deseo. En mi caso —seguramente en el suyo también, estimado lector—, esa inteligencia superlativa y ese candor entrañable brillan por su ausencia, así que no nos queda otra que rectificar las veces que sean precisas, lo que también tiene su aquel, pues el combate interior nos empuja a seguir vivos.

  • Miguel Aranguren es escritor
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