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tribunaArsenio Alonso

Bendecir sin aprobar: la buena noticia que muchos no esperaban

Existen bendiciones litúrgicas, vinculadas a la vida sacramental de la Iglesia, y bendiciones pastorales, espontáneas, breves, no ritualizadas. Estas últimas no requieren las mismas condiciones. Aquí se encuentran estas parejas. Ellas también, a su modo, son bendecidas

Fiducia supplicans, la Declaración sobre el sentido pastoral de las bendiciones, (Dicasterio para la Doctrina de la fe, 2024) suscitó en su día, en uno de sus apartados, interpretaciones contrapuestas. Es, en concreto, el apartado III: «Las bendiciones de parejas en situaciones irregulares y de parejas del mismo sexo». Para algunos, supone una ruptura; para otros, un gesto insuficiente. Sin embargo, una lectura atenta –libre de prejuicios y atenta a la precisión teológica– permite descubrir algo distinto: no un cambio de doctrina, sino la irrupción de una novedad real, discreta y, en el fondo, profundamente esperanzadora. «Nuestra fe no es antigua: es eterna, y siempre nueva.» (Henri de Lubac).

Imagina que en medio de una gran peregrinación una pareja de divorciados en nueva unión le dice al sacerdote: «por favor, denos su bendición, que Dios nos ayude». Llega el Obispo a una parroquia, y en privado, en la sacristía, una pareja del mismo sexo le suplica que los bendiga. En ambos casos, la pareja recibe entonces la bendición con una sencilla oración semejante a esta: «Señor mira a estos hijos tuyos, concédeles salud, trabajo, paz, ayuda mutua. Libéralos de todo lo que contradice tu Evangelio y concédeles vivir según tu voluntad. Amén». Luego finaliza con el signo de la cruz sobre cada uno de los dos. Son «bendiciones ofrecidas sin condiciones». ¿Alguien puede dibujar la alegría de esas parejas? «Hoy Dios ha visitado nuestra casa, nos miró a los ojos y nos dijo que nos amaba». ¿Quién puede pesar y medir los frutos de este encuentro de gracia?

La Declaración dice a los ministros: «Esta petición debe ser, en todos los sentidos, valorada, acompañada y recibida con gratitud. […] Muestran con esta petición su sincera apertura a la trascendencia, la confianza de su corazón que no se fía sólo de sus propias fuerzas, su necesidad de Dios» […].

Ciertamente la Iglesia no bendice uniones irregulares ni introduce formas litúrgicas nuevas equiparables al matrimonio. La distinción es reiterada: no se trata de bendiciones ritualizadas, ni comporta aprobación de situaciones objetivas contrarias al Evangelio, ni implica legitimación de dichas uniones. Pero precisamente sobre ese marco estable e intacto emerge la verdadera novedad. El documento introduce una distinción que, sin romper la tradición, amplía su comprensión: existen bendiciones litúrgicas, vinculadas a la vida sacramental de la Iglesia, y bendiciones pastorales, espontáneas, breves, no ritualizadas. Estas últimas no requieren las mismas condiciones. Aquí se encuentran estas parejas. Ellas también, a su modo, son bendecidas.

Y sin embargo, la Declaración se ha recibido en tono defensivo y temeroso, eclipsando en gran medida la alegre noticia de la «verdadera novedad del Documento»; obviando, no pocas veces, que cuando habla el Magisterio de la Iglesia, lo hace en nombre de Cristo, y que su recepción pide una actitud de confianza razonable en la continuidad y en la luz del Evangelio que custodia.

–Es inoportuna y redundante, dicen unos. Basta con bendecir a todos, individualmente, o en grupo, como ya se viene haciendo, pero no a estas parejas en situación irregular o del mismo sexo.

–Este tipo de declaraciones sólo confunden y llevan al escándalo.

Quizá la poesía ayude a expresar lo que a veces el debate no alcanza a decir. Canta la gran poetisa uruguaya, Juana de Ibarbourou, en su poema «A una higuera»: Porque es áspera y fea, / porque todas sus ramas son grises, / yo le tengo piedad a la higuera. / Y la pobre parece tan triste, / con sus gajos torcidos, que nunca / de apretados capullos se viste. / Por eso, / cada vez que yo paso a su lado, / digo, procurando hacer dulce y alegre mi acento, / que es la higuera el más bello / de los árboles todos del huerto. / Si ella escucha, / si comprende el halago, / cuántas hojas dulces y nuevas / brotarán en sus gajos.

El foco de la bendición a estas parejas no recae sobre la naturaleza de la unión, sino en la realidad concreta de las personas que se presentan juntas. Una pareja no es la suma de dos individuos, sino una unidad relacional real: dos personas implicadas mutuamente. Pero reconocer el hecho de esa unidad, no equivale a legitimar su naturaleza. La bendición alcanza a las personas en esa relación concreta, sin convertir esa relación en objeto de aprobación.

Aquí hay una especie de desarrollo uniforme del dogma; «una contribución específica e innovadora», «una ampliación y enriquecimiento en la comprensión clásica de las bendiciones». La teología y la filosofía cristianas deben ponerse a trabajar, pues, esta «reflexión teológica, basada en la visión pastoral del papa Francisco, implica un verdadero desarrollo de lo que se ha dicho sobre las bendiciones en el Magisterio y en los textos oficiales de la Iglesia».

Lo grandioso y decisivo es esto: «Que la confianza suplicante de estas parejas, miembros del Pueblo fiel de Dios, reciban el don de la bendición, que brota del corazón de Cristo a través de la Iglesia». Esta ingente cantidad de parejas constituye uno de los sectores más olvidados y anónimos de la Iglesia. Es la higuera áspera y fea de ramas grises.

Francisco, el papa de las periferias, fue a buscarlas, llegó y sintió compasión por ellas. Entonces, pronunció con el mismo poder que Cristo otorgó a Pedro, la Declaración de bendición, en los términos y forma que acabamos de escuchar. Anunció aquella buena noticia que muchos no esperaban.

  • Arsenio Alonso Rodríguez es doctor, profesor estable en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Oviedo- Universidad Pontificia de Salamanca
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