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tribunaArsenio Alonso

Ay de aquellos que callan sobre Ti

No se trata de un silencio material, sino de un silencio estructural: se habla de lo humano de tal modo que Dios queda fuera del horizonte de inteligibilidad como algo extrínseco y prescindible, o a lo más, como algo enriquecedor

La Campaña en favor de la asignatura de Religión, en el contexto actual de la escolarización, vuelve a ocupar un espacio visible en el discurso público en todas las Diócesis. Conviene interrogar con mayor rigor por su contenido y su orientación. Porque lo decisivo no es tanto que la asignatura sea defendida, cuanto el modo en que es justificada.

La asignatura de Religión es presentada, no pocas veces, como un instrumento pedagógico orientado a la mera transmisión de valores, al crecimiento personal o a la formación ética del alumnado. Estas formulaciones, aun siendo parcialmente verdaderas, revelan una insuficiencia de fondo grave: desplazan el centro desde Dios hacia el hombre, desde la verdad, a la utilidad. Se trata, en rigor, de una reducción antropológica de la teología, que termina por vaciar aquello que pretende defender. Y, oh, asombro, fortalece, al mismo tiempo, al laicismo deicida. Le da la razón al que pretende lo imposible, matar la idea de Dios de la mente y del corazón del hombre.

Este desplazamiento no se realiza mediante una negación explícita de Dios, sino a través de su irrelevancia. Dios no es rechazado; simplemente deja de ser necesario. La prueba de que es una tentación perenne lo constata la advertencia de san Agustín: «Ay de aquellos que callan sobre Ti, porque aun cuando hablen de otras muchas cosas, en realidad son mudos». No se trata de un silencio material, sino de un silencio estructural: se habla de lo humano de tal modo que Dios queda fuera del horizonte de inteligibilidad como algo extrínseco y prescindible, o a lo más, como algo enriquecedor.

Desde un punto de vista filosófico, esta operación implica una transformación del estatuto cognoscitivo de la cuestión de Dios. Ya no se trata de una cuestión de verdad —susceptible de ser pensada, argumentada y enseñada—, sino de una opción privada, irrelevante para el conocimiento público. El ojo clínico de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, ya lo había visto: «la gran tarea hoy, […] es conseguir que nuestra noción de Dios no quede al margen de la disputa sobre el hombre».

Ahora bien, si la pregunta por Dios es constitutiva de la intelección de lo real —como ha mostrado con particular rigor la tradición filosófica clásica y, en el ámbito contemporáneo español, autores como Zubiri—, su exclusión del espacio educativo, no empobrece únicamente la dimensión religiosa del sujeto, sino su propia racionalidad. La cuestión de Dios no debiera ser entonces, un añadido extrínseco, sino un momento interno de la problematicidad de la existencia, de la pregunta por el hombre y su mundo, por su sentido y destino últimos. En suma, por la salvación. Quiérase o no, sépase o no, el hombre es aquel ser necesitado de salvación.

El filósofo y poeta místico Fernando Rielo, lo expresa con hondura y belleza: «Ser divino a lo humano nunca intentes;/ serías más humano a lo divino,/ Si por Dios deificarte, te dejarás». Y en otro lugar: «Nuestra existencia es, más que vivir, esperar…». Los versos encierran una exigencia decisiva: lo divino no puede ser reducido a categoría humana sin perder su consistencia. Cuando Dios es reinterpretado exclusivamente en función de las necesidades del hombre, deja de ser Dios, y se convierte en proyección, cayendo, con razón, bajo la inteligente crítica atea de un Feuerbach.

En el trasfondo de muchas Campañas actuales subyace, precisamente, esta tentación: hacer de la Religión algo aceptable al precio de su debilitamiento ontológico y teológico. Se busca su legitimación por sus efectos —convivencia, cohesión, desarrollo personal— en lugar de por su verdad. Pero una Religión que necesita justificarse por su utilidad, ha renunciado ya a su pretensión de verdad y se vuelve prescindible, como es notorio, para el mundo académico.

La cuestión decisiva no es si la asignatura de Religión aporta beneficios educativos —que sin duda los aporta—, sino si se reconoce en ella un ámbito legítimo de conocimiento en el que se plantea, de manera racionalmente articulable, la cuestión de Dios y su revelación salvífica en Cristo. Sólo en ese caso puede ocupar un lugar propio en el sistema educativo, no como concesión política, (cambiante siempre en el tiempo) sino como exigencia de la inteligencia de lo real.

En el contexto cultural actual, marcado por la tendencia a relegar a Dios al ámbito de lo subjetivo, la verdadera tarea no consiste en suavizar el discurso, sino en restituir su densidad filosófica y teológica. Porque cuando el nombre de Dios desaparece del horizonte educativo, no queda una escuela neutral, sino una escuela que ha decidido —implícitamente— que la pregunta por el fundamento último de la realidad y del hombre y su destino, no existe, no forma parte de la verdad, del ser de lo humano. Y excluir la esperanza ( con mayúscula, no como una mera expectativa temporal), nos precipita «al único problema filosófico verdaderamente serio, el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de ser vivida» (Albert Camus). El clamor de este silenciamiento nos conduciría a la verdadera represión antropológica; a aquello que no tiene nombre.

  • Arsenio Alonso Rodríguez es profesor de Teología, Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Oviedo – Universidad Pontificia de Salamanca
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