Fundado en 1910
TRIBUNAPatxi Bronchalo

La religión del aborto

No estamos ante una ley, sino ante una nueva religión. Basta ver el ímpetu con que hablan del aborto, la bravuconería con que lo defienden, para darse cuenta de que estamos ante el sacramento central de esta nueva religión civil. Una religión sin Dios, pero llena de dogmas intocables que no puedes cuestionar

Nos dicen ahora los gobernantes españoles que van a blindar el aborto en la Constitución. La muerte exigida como derecho. Lo dicen con esa solemnidad burocrática con la que nuestro tiempo acostumbra a envolver sus peores obscenidades, como si estuvieran protegiendo vidas en lugar de elevar a principio de Estado la eliminación de los más indefensos.

No estamos ante una ley, sino ante una nueva religión. Basta ver el ímpetu con que hablan del aborto, la bravuconería con que lo defienden, para darse cuenta de que estamos ante el sacramento central de esta nueva religión civil. Una religión sin Dios, pero llena de dogmas intocables que no puedes cuestionar; sin verdad, pero con una machacante lista de mandamientos partidosectarios que cumplir; sin trascendencia, pero llena de rúbricas ideológicas a las que tienes que mostrar una total adhesión.

Hay un mandamiento principal: «Escucha, ciudadano: el Sistema nuestro es solamente uno; amarás nuestro Relato, tu dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Estas palabras que hoy te mando gobernarán y manipularán tu conciencia; se las repetirás a tus hijos, que son los hijos del Estado; hablarás de ellas yendo desde tu casa a la sede del partido, cuando censures en redes sociales y cuando vayas a votarnos».

Su liturgia es el insoportable eufemismo. No se mata: se «interrumpe». No se elimina a un hijo: se «garantiza un derecho». No se acaba una vida: se «protege una libertad». En el catecismo del perfecto déspota posmoderno se enseña que quien quiera corromper las ideas tiene que trabajar por corromper el lenguaje; así, este ya no servirá para nombrar la realidad, sino para hacer de colchón ideológico.

Su catequesis se imparte en aulas, en medios de comunicación, en ministerios y en campañas institucionales. La primera oración que hacen aprender a los pobres adeptos es el nuevo credo: hay que llamar progreso a todo lo que sea degradante, decir que es compasión todo lo que suprime las vidas de los inocentes y libertad lo que exige la muerte de otro.

Sus sacerdotes no visten sotana, aunque sí comparecen en los medios con gravedad pontifical. Son ministros, juristas, tertulianos y activistas con tono de homilía soflamática civil. No hablan de pecados, pero los renombran: dicen que son «delitos de odio», y la lista es interminable; no tendrás vida suficiente para poder hacer un examen de conciencia de todos ellos. Por supuesto, si cometes cualquiera de ellos, no esperes misericordia ni redención: no te darán la absolución, te aplicarán la consigna de sus evangelios civiles de que quien tenga más delitos que tú será el primero en señalarte y el que te tirará la primera piedra.

Aunque el pecado que con más dureza se castiga es el de decir la verdad. Todo ha cambiado. Los herejes de nuestro tiempo son aquellos que se atreven a decir que son vidas humanas lo que hay en los vientres de las madres que van a los santuarios de las clínicas abortistas. Sin duda, este artículo no obtendrá el nihil obstat del Sistema.

Pero que no se engañen estos gobernantes de la nueva religión. Serán juzgados quienes legislan la muerte con sonrisa terapéutica y cartera llena. La última palabra no la tendrán quienes sacrifican al débil en los altares de la ideología y de los jugosos contratos con las clínicas. Porque al final todo se decide así: el Dios verdadero, que da la vida, vence a los falsos ídolos que devoran a los hijos. Ellos podrán blindar leyes, consagrar la muerte en las constituciones civiles y levantar altares de mentira y manipulación, pero hay una frontera que jamás podrán cruzar: la tumba vacía. Solo el Dios cristiano entra en la muerte y sale de ella vencedor. Solo Cristo pisa el sepulcro y lo deja atrás. Solo Él vence la muerte que ellos siembran. No se olviden. Es inevitable su triunfo. Por eso, no olvidemos nosotros tener esperanza a pesar de tanta maldad.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas