Enjugará toda lágrima: lo que ha sido amado no muere
El amor está hecho para reparar lo que la vida rompe. Sin embargo, ningún amor humano llega a colmarse y hay algunos que no llegan a cumplirse en este mundo. Entonces aparece la tentación de creer que el amor fue un error, que hemos fallado y que lo que se ha roto ha quedado en entredicho
Desde Plutarco hasta la antropología contemporánea, el mito egipcio de Isis y Osiris ha sido leído como el gesto de reunir lo fragmentado. Pero ese gesto no es solo cósmico o simbólico. Es también una intuición profundamente humana. Amar es, en cierto modo, negarse a aceptar que lo roto sea definitivo. Osiris, rey de Egipto, es asesinado y despedazado por su hermano Seth, que usurpa el trono. Pero Isis no se resigna y recorre los caminos recogiendo los fragmentos para volverlos a unir. De ese gesto paciente y fiel nace incluso una vida nueva. El mito muestra que el mal divide, dispersa, destroza. El amor, en cambio, no queda intacto; es en la herida donde se revela con mayor claridad. No evita la fractura, pero tampoco la acepta como última palabra. Osiris no regresa a la vida anterior. Isis no restituye el pasado. No borra el mal ni lo destruye. Lo atraviesa. Su fidelidad es una fuerza que permanece allí donde todo se ha perdido, hasta abrir un sentido nuevo y pleno.
Esta experiencia humana ha surcado siglos, mitos y escrituras. El amor está hecho para reparar lo que la vida rompe. Sin embargo, ningún amor humano llega a colmarse y hay algunos que no llegan a cumplirse en este mundo. Entonces aparece la tentación de creer que el amor fue un error, que hemos fallado y que lo que se ha roto ha quedado en entredicho.
Hoy, esa tentación adopta expresiones aparentemente razonables que, bajo pretexto de salud, esconden una forma sutil de negación. Se repite con frecuencia: «supéralo ya», «pasa página», «borrón y cuenta nueva». Como si el tiempo, por sí solo, pudiera cancelar lo vivido. Como si bastara con ocupar el vacío para que lo anterior dejara de existir. De ahí que la prisa por dejar atrás se convierta, sin querer, en un modo de prolongar el dolor. Porque lo que no ha sido acogido en su verdad no puede ser realmente transformado.
En el mito de Psique y Eros, también Psique pasa por pruebas dolorosas. Sin embargo, todo culmina cuando se reencuentran y el amor deja de ser prueba individual. Es cierto que hoy muchas relaciones truncadas suponen un sufrimiento que se vive en silencio, pero el amor verdadero no es adaptarse al daño, sino acoger y reconstruir desde la pérdida. Nada queda detenido en el tiempo, aunque no lo comprendamos sub specie aeternitatis.
Más cercana es la figura de Penélope. Teje y desteje durante años, custodiando en soledad lo que otrora fue de dos. No puede suplir la ausencia. Solo puede habitarla. Guarda el vínculo en secreto. Su amor no le devuelve a Ulises ni acorta su espera, pero tampoco se extingue. Subsiste, aunque incompleto.
La escritura añade algo decisivo. En el Libro de Job, el mal aparece como mentira, como acusación. La pérdida de Job queda bajo sospecha. Sus amigos le dicen que su desgracia es culpa suya. La historia queda fijada por una interpretación que la falsea, convirtiendo el mal en destino. Sin embargo, Job se resiste a aceptarla: «Yo sé que mi redentor vive y que al final se alzará sobre el polvo» (Job 19,25). Su fidelidad consiste en no conceder espacio al maligno, que aparece también en el evangelio de Juan: «Él fue homicida desde el principio… Cuando dice mentira, habla de lo suyo, porque es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44). El acusador y mentiroso no crea nada, pero deforma lo que encuentra y lo pliega a su medida. Sin embargo, «la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,5).
En el Libro de Oseas, el amor traspasa incluso la traición. Es un relato durísimo donde el amor herido, no obstante, se convierte en símbolo del amor de Dios por su pueblo, como fidelidad que no se retira: «Por eso la voy a seducir, la llevaré al desierto y hablaré a su corazón» (Os 2,16). El desierto no es el final, sino el principio, el lugar que nos despoja de lo visible, sabiendo que lo visible no es toda la historia.
Tras la muerte del Hijo de Dios hay un momento decisivo en el que se desvela algo esencial. María Magdalena llora ante la tumba vacía. Parece una escena de amor imposible. Ha perdido a Jesús y su amor ha quedado sin respuesta. «Se han llevado a mi señor y no sé dónde lo han puesto» (Jn 20,13). Es una pérdida total, pues no solo ha muerto, sino que ni siquiera queda su cuerpo. No hay nada que sostener. Entonces una voz pronuncia su nombre. «¡María!». Y en ese instante, todo cambia. No hay vuelta atrás. Lo que ha sido no volverá y, con todo, el amor no ha sido una ilusión. No ha quedado desmentido por la muerte, aunque quede inconcluso.
Aquí somos apenas un conjunto de imágenes rotas, como en ese paisaje donde el árbol muerto no cobija, en palabras de T. S. Eliot. Corremos el riesgo de perdernos en lo que no alcanzamos a comprender, sin saber que el amor nos encontrará de nuevo: «Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara» (1 Cor 13,12). Quizás la dificultad esté en pensar que el amor fracasa. Puede que hayamos olvidado su primer y último significado. Buscamos, reemplazamos y seguimos adelante sin mirar atrás. Pero rara vez volvemos al principio. Al Amor primero. Las fatigas, el sacrificio, los problemas de la vida nos aplastan, «pero tengo contra ti que has abandonado tu primer amor» (Ap 2,4).
Por ello, celebremos que el Amor nunca muere. Porque incluso cuando creemos haberlo perdido, es Él quien sigue latiendo en todo lo que buscamos.
Algún día, en la Tierra prometida,
cuando la mentira no tenga voz
y la acusación no se pronuncie,
cuando el silencio y las lágrimas
te encuentren de rodillas,
el amor te salvará.
Y entrarás en una alegría sin fin,
libre ya de las ataduras
que te impidieron amar.
- Feliciana Merino Escalera es profesora adjunta del Departamento de Humanidades UCH-CEU Elche