El amor en tiempos de máscaras
Quizá el desafío de nuestro tiempo sea aprender a amar sin caretas, a sostener la fragilidad como terreno fértil, a escuchar la pregunta que no tiene fácil respuesta, a reírnos de verdad sin payasos que nos distraigan, por derroche de amor
El miedo no es un buen aliado, mucho menos en el amor. Sin darnos cuenta, genera violencia. No siempre es visible, a veces habita silenciosa en los gestos, en los silencios, en la manera de huir de cualquier cosa que duele o nos cuestiona. Hoy, muchos caminan por el mundo con máscaras que brillan bajo luces prestadas, pero la coraza es la domesticación del miedo. Inventarse un personaje se ha vuelto un arte muy moderno. Nos vestimos un disfraz que oculta nuestro vacío, con una armadura que nos protege del riesgo de ser tocados de verdad. Un disparo al corazón es demasiado arriesgado.
Construirse desde lo que somos, sin embargo, es un trabajo a fuego lento, como se fragua el metal hasta que encuentra su forma. Requiere años, hábito y paciencia. Una golondrina solitaria no anuncia el verano y la identidad no se forja en un instante, sino por la repetición constante de las estaciones. Tampoco las certezas aparecen de forma repentina, sino a base de ejercitarnos constantemente en su búsqueda. Quien hace acopio de «verdades» que no dejan huella en el carácter o tiene un montón de «criterios claros» sin haberse hecho antes las preguntas necesarias, se convierte en telonero de su propia vida: sale al escenario, pero nunca ocupa el centro; calienta el ambiente, hace ruido, se mueve… pero no participa de la función. Vive en un prólogo eterno. No se expone, tan solo relumbra por instantes –y así puede estar toda la vida–, para retornar después a la caverna de su «mismidad» convertido en sombra de sí mismo. Yo lo llamo «el síndrome del sobrado»: el que va de sobrado por la vida no admite matices ni tonalidades, tan solo se parapeta en un túnel subterráneo de luces artificiales, por triste, sentido y real que parezca, pero túnel, al fin y al cabo. Para vivir hay que salir a la superficie, y eso no es posible para el «sobrado», porque la luz natural del exterior le cegaría tanto que no podría soportarla. Es así como el telonero transforma sus anteojos en epidermis, lo que hace difícil su desnudez ante los demás. No mira: se esconde. Vive de prestado, pero es un caparazón vacío.
Ovidio, en su Ars Amatoria, retrata con ironía a este ser que va de aventajado, que liba miel sin comprometerse, haciendo del amor un juego de poder. Hoy abundan los herederos del arte de seducir: expertos en conquistar, virtuosos del casi-amor o poli-amor, pero no del amor. Van dejando estelas dulces, pero huecas, porque no han aprendido a sostener lo frágil ni lo eterno. Desean, pero no aman; paladean, pero no cuidan; buscan el amor, pero huyen cuando atisban la raíz, esa odiosa y tediosa carga que es la vida, concreta, finita, limitada y sufriente cuando se ama. Quien ama carece de artificio; pero quien solo desea, domina el «arte amatorio» a la perfección.
A este tipo de personajes, Dante los habría reconocido enseguida. Los manipuladores y falsarios, que «usaron la astucia para dañar a otros y engañar con palabras o apariencias», llevan en su Infierno «pesadas capas de oro por fuera»; pero «por dentro están llenos de plomo y de dolor». El amor, «que mueve el sol y las demás estrellas», requiere asumir la caída para elevarse y sostener el universo entero: «¿Te he dicho que esa tristeza es tu destino?», le dice Beatrice a Dante.
También Shakespeare pone en boca de Yago las insinuaciones con las que intentará destruir a Othello: «Oh, cuidado, mi señor, con los celos; es el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne de la que se alimenta». El impostor emocional dibuja con palabras la ternura, el bien, incluso el sufrimiento que no siente ni consiente. Hoy muchos viven así: narcisistas que sobreviven de migajas, vampiros afectivos que toman sin dar, que engañan robando almas, –usadas como objetos para alimentar su farsa–, al tiempo que ellos permanecen intactos, sin que el tenue susurro del otro les roce.
¿Por qué cada vez hay más narcisismo en una sociedad que no hace cuentas con el pasado y se robustece del brillo que ella misma fabrica? El narcisista no estrena papeles, sino que los recicla, siempre hambriento de sí, siempre miedoso y temeroso, siempre necesitado de un espejo cóncavo. Vive de la auto admiración, tan vieja como el mundo, pero que precisa miles de superficies donde reflejarse.
El ego sobrevuela nuestras ciudades y nuestras casas, que degeneran en prostíbulos donde cada uno se ama a sí mismo. Transmutado el amor en autoerotismo, el otro es solo un paisaje para un cuerpo cuya autocomplacencia ya no requiere de otro cuerpo real. Hemos olvidado que los otros importan, que la presencia es un gesto sagrado, que amar implica arriesgar una piel en la que exuda la verdad.
Cuando el ser humano es su propio juez o dios, nada se le pone por montera, salvo su propia muerte –anunciada hace demasiado tiempo– y la risa de los demás; porque hoy la risa la produce el narciso que solo hace reír porque hace el payaso: es la expresión de su caricatura lo que da risa y eso es patrimonio de todos. Mientras, el bufón sigue creyendo saborear las mieles de una vida que hace mucho dejó de serlo. Así somos, así amamos en tiempos de máscaras.
Quizá el desafío de nuestro tiempo sea aprender a amar sin caretas, a sostener la fragilidad como terreno fértil, a escuchar la pregunta que no tiene fácil respuesta, a reírnos de verdad sin payasos que nos distraigan, por derroche de Amor: el que no germina en la superficie de las flores, sino en la raíz, en el silencio que las protege, en la luz natural que las hace crecer y en el alimento y el agua que no se agotan. Porque quien bebe de esa agua no vuelve a tener sed y quien come de ese pan vive de verdad y para siempre (Jn 4, 14/ Jn 6, 51).
- Feliciana Merino es profesora adjunta del Departamento de Humanidades UCH-CEU Elche