«El primero en la aldea... el segundo en Roma»
La ambición puede ser motor de grandeza si se subordina a la institución, pero se vuelve destructiva cuando la institución se subordina a la ambición. Preferir ser el primero en la aldea no es pecado político. Lo es empequeñecer deliberadamente el espacio común para no dejar de serlo
Aunque la célebre frase atribuida a Julio César nos llega a través de Plutarco, fue Suetonio quien la dejó fijada para la posteridad. Según su relato, cuando César atravesaba una modesta aldea alpina –poco antes de cruzar el Rubicón y de enfrentarse a Pompeyo– alguien le comentó lo insignificante que debía de ser gobernar un lugar tan pequeño. César respondió que «prefería ser el primero allí antes que el segundo en Roma».
No era una ocurrencia. En esa frase se condensan tres ideas que atraviesan la historia del poder. «Ser el primero en una aldea» simboliza la jefatura indiscutida, la unión plena de auctoritas y potestas, el mando sin rival. «Ser el segundo en Roma» implica relevancia, sí, pero subordinada en el gran centro político, obligada a aceptar límites y competir por la influencia. Y la elección revela la preferencia por la autonomía absoluta frente al prestigio condicionado: mejor dominar un espacio menor que compartir la cúspide de uno mayor.
César acabó siendo también el primero en Roma. Pero la anécdota ha perdurado porque encarna el dilema permanente de la política: engrandecer la institución aunque eso suponga no monopolizarla, o reducirla al tamaño del propio ego para no dejar de ser el vértice. El poder no es solo territorio, es relación. Y la talla del gobernante no se mide por la extensión de lo que controla, sino por el respeto que inspira.
La vigencia de esa sentencia resulta inquietante en la España actual. En la trayectoria de Pedro Sánchez resuena con fuerza esa preferencia. Desde su reconquista interna del PSOE hasta su resistencia a abandonar La Moncloa –incluso en medio de una erosión institucional evidente– ha demostrado que no concibe la política como servicio limitado por contrapesos, sino como escenario donde ocupar siempre el primer lugar. Cuando fue apartado en 2016 no aceptó ser segundo. Regresó, venció a quienes lo desalojaron y aseguró su primacía interna antes de proyectarla al Gobierno.
El patrón se repite. En el Congreso ha preferido articular mayorías frágiles antes que asumir la oposición si los números no le eran favorables. En Europa, donde la influencia se construye con alianzas discretas, ha optado por la gestualidad individual. De nuevo aflora la lógica: mejor ser el primero –aunque el espacio se estreche– que aceptar un segundo puesto en un escenario más amplio.
Aquí emerge la diferencia entre poder y liderazgo. El poder se impone; el liderazgo se reconoce. El primero puede apoyarse en aritméticas parlamentarias y resortes institucionales; el segundo descansa en la credibilidad y en la capacidad de unir. César fue, ante todo, un hombre de poder. Y cuando cruzó el Rubicón selló el destino de la República romana: la concentración de mando trajo estabilidad momentánea, pero abrió el camino al fin de un sistema de equilibrios.
La historia ofrece ejemplos opuestos. Konrad Adenauer y Winston Churchill entendieron que la grandeza de una nación reside en la fortaleza de sus instituciones, no en el brillo personal de quien las ocupa. Su liderazgo no se medía por ser siempre los primeros, sino por cohesionar sociedades y reconstruir países.
Cuando un gobernante confunde liderazgo con hegemonía personal, el Estado se encoge, el Parlamento se convierte en prolongación del Ejecutivo, el Poder Judicial, en obstáculo incómodo y la opinión pública, en terreno de propaganda, toda la nación corre el riesgo de transformarse en esa aldea simbólica, donde el dirigente puede proclamarse «primero» sin competencia real, pero a costa de haber reducido la Roma democrática a una sombra.
La lección es clara. La ambición puede ser motor de grandeza si se subordina a la institución, pero se vuelve destructiva cuando la institución se subordina a la ambición. Preferir ser el primero en la aldea no es pecado político. Lo es empequeñecer deliberadamente el espacio común para no dejar de serlo. España necesita líderes que acepten que la grandeza de Roma —la fortaleza de sus leyes y contrapesos— vale más que la satisfacción de ocupar en solitario la cumbre. Porque cuando el objetivo deja de ser el bien común y pasa a ser la preservación del mando personal, el país termina ajustado a la medida del ego de su gobernante. El poder puede conquistarse, pero el liderazgo debe siempre merecerse.
- Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y exsenador autonómico del PP por Murcia