No me resigno
Afortunadamente, esta no es la España que yo quiero. Esta no es la España que ninguno queremos. Todos deseamos el cambio y para ello, nada mejor que mantener la esperanza y votar cuando corresponda, con el juicio sereno, sin aspavientos, pero con toda seriedad, valorando la importancia de nuestro acto
Sí, no me resigno a que esto no tenga solución. Ayer comía con unos amigos y me decían «esto no tiene remedio. Lo que sale en el juicio no va a servir de nada. No hay nada que hacer». Pues no, no me resigno.
Ese comentario, esa sensación, está en el sentir de una gran parte de los españoles, pero yo no me resigno. El país ha perdido el norte; las personas han perdido la moral y la ética, y no hay nada que hacer, pero yo no me resigno. Las bolsas de dinero van y vienen bidireccionalmente de Ferraz a socialistas y de estos a Ferraz, pero yo no me resigno. Las coimas son la base de las relaciones humanas, pero yo no me resigno. Nadie en el partido levanta la voz, una palabra limpia y cristalina que se desentienda de esta situación, de este ambiente contaminado. Llegará un día en que todo cambiará y yo no me resigno.
Hay jueces, hay funcionarios, hay personas que aún mantienen la integridad moral y la justicia. Por eso, por esos cuantos, aunque se cuenten con los dedos de una mano, vale la pena luchar y yo no me resigno. Albergo esperanza. Sé que muchos de los que me leerán pensarán que soy un soñador y en efecto, alojo este sueño: que vengan días en los que la esperanza, la justicia y la bondad imperen sobre las coimas y que, en un nuevo amanecer, desaparezcan las sinecuras y prebendas, prevaleciendo la meritocracia, el trabajo, la responsabilidad y la satisfacción del trabajo bien hecho. Si nos dejamos abatir por la desesperanza, por el desánimo, no nos quedaría nada en qué y en quién confiar. La impotencia no puede ser la respuesta; la desesperación no es la solución. Nada de estas actitudes ayudará a solucionar la situación. Sé que nuestro entorno es muy complicado, que creer que esto puede cambiar es imposible, que pensar que hay solución es absurdo, pero yo no me resigno. Prefiero que se me tilde de iluso, de quimérico más que de realista, pero yo no me resigno.
Esto tiene solución y no es otra que los que estamos en contra, los que vemos esta película de terror, unamos nuestras conciencias, nuestra integridad moral, en un punto en que enjuiciemos este ambiente, saliendo de la órbita del desaliento y tomemos la bandera de una forma de vida diferente, pensando que esto tiene solución. Es un pasado negro, pero yo no me resigno. No podemos estar ofuscados, en el miedo, en la desgana, en la indiferencia. Hay que mirar el entorno con otro enfoque. Tenemos que entender que hay muchos que no están de acuerdo, que ven que esto no puede continuar así, que todo puede cambiar, pero lo primero que tenemos que hacer es transformar nuestros pensamientos; la reconquista comienza en nosotros, debemos cambiar la mirada contemplativa sobre estos atracadores, sobre estos delitos que deben ser comprendidos en toda su dimensión y cerrar la puerta a la justificación, al todo vale, al relativismo moral. Ese es el pecado que nos enferma. Estamos acuciados por una indolencia permisiva. Y todo no vale.
En el juicio ante el Tribunal Supremo, que estamos viviendo estos días, se presentan en toda su dimensión los dos grandes momentos de la literatura española, La Celestina, en la transición de la Edad Media al Renacimiento, y el Lazarillo de Tormes, ya en el Renacimiento, que patentizan todo lo que está sucediendo en la Sala. Estas dos grandes obras sintetizan lo más granado del cutrerío, zafio y burdo, de una parte, de la sociedad. Por este escenario transcurren las diferentes escenas de estas dos grandes obras. Se levanta el telón y aparecen, unos tras otros, el ciego, el clérigo, el escudero y el alguacil, en una continua procesión de jetas, desaprensivos y gorrones en el lazarillo y de prostitutas, meretrices, busconas, rameras, cortesanas o sobrinas, como las llaman en el argot de los enchufes, en La Celestina. Se cierra el telón y quedan los rescoldos en el proscenio. Todo un espectáculo. La España toma cuerpo de naturaleza, estos días, en el Supremo. Permanezcan atentos a la pantalla. Pareciera que Fernando de Rojas y ese autor anónimo, al que nunca podemos agradecer tanta sabiduría, se adelantaron varios siglos a esta representación cutre de la vida española que empaña tantas gestas conseguidas, allende los mares, y tantos laureles artísticos del Siglo de Oro y años venideros. Afortunadamente, esta no es la España que yo quiero. Esta no es la España que ninguno queremos. Todos deseamos el cambio y para ello, nada mejor que mantener la esperanza y votar cuando corresponda, con el juicio sereno, sin aspavientos, pero con toda seriedad, valorando la importancia de nuestro acto.
Esto tiene remedio y yo no me resigno.
- Antonio Bascones es presidente de la Academia de Ciencias Odontológicas de España