Fundado en 1910
TribunaJosé Rivela Rivela

El Quijote en la nueva batalla. Capítulo II apócrifo

Aquella noche, don Quijote creyó llegar a un castillo. Era, como siempre, una venta: redes sociales, tertulias, boletines oficiales. Sonaba un silbato que a él le parecía trompeta de enano anunciando su llegada, pero no era más que el eco digital de una notificación

Hechas ya las prevenciones y afinadas las plumas como si fueran lanzas, no quisieron aguardar más los nuevos andantes a poner en efecto su pensamiento, apretándoles a ello la sospecha de que en el mundo sobraban agravios y faltaban cronistas.

Y así, una mañana antes del día —que en nuestro siglo ya no lo anuncia Apolo, sino el primer titular digital—, salió don Quijote por la puerta falsa del corral de la opinión pública. Mas no iba solo.

Cervantes, invisible como siempre, murmuró:

—En mi tiempo eran espadas; en el vuestro son documentos.

I

Alejandro Entrambasaguas cabalgaba con carpeta en ristre.

—Señor don Quijote —dijo—, hay castillos que parecen fortalezas del orden, pero dentro esconden sombras.

—¿Sombras en los alcázares? —preguntó el hidalgo.

—Sombras en despachos, silencios que pesan más que armaduras, avisos que se conocen y no se recuerdan.

Y relató cómo un alto mando fue advertido en verano, cómo la preocupación se expresó en privado, cómo el deseo de «un verano tranquilo» valió más que la verdad temprana.

Don Quijote frunció el ceño.

—¿Y no se deshacen tales agravios con la espada?

—Hoy se deshacen con pruebas —respondió Alejandro—, aunque las pruebas molesten más que las lanzas.

Cervantes añadió:

—Yo conocí cárceles por escribir lo que vi. El sistema siempre protege primero su apariencia.

II

No lejos, Bieito Rubio hablaba con voz grave.

—Han soltado a quienes no han pedido perdón.

—¿Gigantes? —preguntó el manchego.

—No gigantes, sino asesinos ya juzgados. Y no es castigo lo que pido, sino protección del derecho de quien sufrió.

Don Quijote clavó la lanza en el suelo polvoriento.

—En mi libro combatía fantasmas; vos combatís olvidos.

—Olvidos interesados —replicó Bieito—. Y cuando el verdugo pasea y la víctima tiembla, algo se ha torcido.

Cervantes, que sabía de derrotas y derrotados, susurró:

—Las repúblicas se miden por cómo tratan a sus muertos.

III

Juan Carlos Girauta cabalgaba con ironía encendida.

—Caballero —dijo—, en el Congreso se aplaude la abyección con entusiasmo de teatro.

—¿Aplauden a los villanos?

—Aplauden a los propios, hagan lo que hagan.

Don Quijote meditó.

—En mis tiempos se confundía locura con valentía; en los vuestros, fidelidad con virtud.

Girauta sonrió con cansancio.

—No sé si merecen más reproche quienes ejecutan o quienes aplauden.

Cervantes levantó la vista.

—Siempre hubo quien gritó «¡Vivan las cadenas!» creyendo que eran brazaletes de oro.

IV

Jaume Vives no traía espada ni documento. Traía una lágrima.

—Señor don Quijote —dijo suavemente—, no toda batalla es pública. Algunas se libran en el asiento trasero de un coche.

Y habló del hijo que no encaja en ninguna escuela, del movimiento que no es poco ni mucho sino distinto, de una lágrima inesperada que sostuvo a toda la familia.

Don Quijote bajó la cabeza.

—Decís que hay heroísmo sin ruido.

—El mayor —respondió Jaume—. El que no sale en los anales.

Cervantes, que había conocido hambre verdadera, murmuró:

—Los verdaderos gigantes suelen estar en el interior del corazón.

V

Y apareció Alfonso Ussía, acompañado de Cervantes, espada verbal en alto.

—Señor hidalgo, hay un avión de un solo ala que transporta más sospechas que equipaje.

—¿Es dragón? —preguntó don Quijote.

—Es aerolínea. O así la llaman.

Relató rescates millonarios, maletas de nublado contenido, ruedas pinchadas y estuches de parches olvidados.

Don Quijote rio por primera vez.

—En mi tiempo creí ver castillos en ventas. ¿Y no será que algunos ven transparencia donde sólo hay cortina?

—Eso intento averiguar —respondió Ussía—. Aunque a veces gobiernan como quien monta bicicleta sin bomba ni parches.

Cervantes intervino:

—La sátira es hija del desencanto. Pero cuidado: la risa también puede nublar el juicio.

VI

Aquella noche, don Quijote creyó llegar a un castillo. Era, como siempre, una venta: redes sociales, tertulias, boletines oficiales. Sonaba un silbato que a él le parecía trompeta de enano anunciando su llegada, pero no era más que el eco digital de una notificación.

—He de ser armado caballero —dijo—. No puedo combatir sin legitimidad.

—Hoy —respondió Cervantes— la investidura no la da un ventero, sino la conciencia.

Don Quijote miró a los periodistas.

—¿Y vos, cronista? —me dijo—. ¿Escribiréis esta salida?

Yo, José Rivela, cronista apartado, respondí:

—La escribiré sabiendo que Cervantes fue esclavo de su tiempo, y que nosotros lo somos del nuestro. Pero si no salimos al campo, aunque sea con celada de cartón y documentos bajo el brazo, la servidumbre será completa.

Cervantes cerró el capítulo con su ironía habitual:

—No temáis a la locura de salir. Temed la cordura de quedaros.

Y así comenzó la segunda salida.

Ilustración de José Rivela, apoyado en Gustavo Doré

Ilustración de José Rivela, apoyado en Gustavo DoréEl Debate

  • José Rivela Rivela es profesor de artes en el IES de Celanova (Orense)
comentarios
tracking

Compartir

Herramientas