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TribunaJosé Rivela Rivela

El colegio y la lápida

Los veinte años de cierre, la reapertura con los Reyes y Mitterrand, los directores, la placa con cuatro nombres –Arrabal, Ochoa, Picasso, Zubiri– como si fuesen los santos de una liturgia laica

El óleo está ahí, delante de mí, como un aldabonazo. Un cartel pintado a mano contra el olvido. Un Colegio de España escrito en naranja vivo –casi eléctrico– sobre un fondo turbulento que parece una tormenta de tiznes, brochas, nieblas, charcos de memoria y viejos gritos repintados.

Hay cuadros que narran; este, en cambio, interroga.

Me dice:

—¿Cuántas veces puede borrarse un nombre antes de que vuelva a arder?

No había mejor compañía para las palabras de Arrabal.

Porque cuando Fernando me envía su relato –esa larga carta incendiaria de París–, el cuadro ya estaba aquí, respirando en mi despacho, como si supiera que le iba a tocar servir de frontispicio a una historia donde la pintura, la política y la poesía se confunden como colores sin lavar.

El fondo grisáceo, casi lunar, recuerda los veinte años en que el colegio estuvo cerrado: del 68 al 87, ese paréntesis triste donde España guardó su silencio administrativo mientras los estudiantes llamaban a una puerta muda.

Las pinceladas negras –rudas, irregulares– son las de los brochazos de 2018, cuando la placa de la liberación se arrancó como si la memoria fuera un póster de taberna.

Y el naranja… el naranja es Arrabal.

Ese golpe de color que no pide permiso, que entra como un ángel con botas y declara:

–Aquí hubo una liberación poética, maravillosa y pacífica.

Aquí Picasso fue presidente imaginario. Aquí Copi y Topor rieron el caos. Aquí la patafísica fue Constitución por una noche.

Yo escucho la voz de Camba, asomándose desde los bordes del cuadro:

«Las instituciones se pintan con brocha fina; la memoria, no.»

Y Quevedo añade, desde el ángulo inferior:

«Donde hubo placa, no borrones; que el tiempo no perdona la cal viva.»

Y así, con el cuadro delante, la historia continúa:

Los veinte años de cierre, la reapertura con los Reyes y Mitterrand, los directores, la placa con cuatro nombres –Arrabal, Ochoa, Picasso, Zubiri– como si fuesen los santos de una liturgia laica.

El óleo observa todo eso sin pestañear.

Y cuando Arrabal me cuenta lo de la gala de 2025 –su nombre retirado por «presiones hispánicas» el mismo día en que la Cité Universitaire iba a homenajearle–, una de las manchas verdes del cuadro parece estremecerse.

Puede ser sugestión mía.

O puede ser que los cuadros, cuando conocen la injusticia, respiran más fuerte.

Lo que sí sé es que este óleo no decora: acusa.

Lo pintó –o lo soñó, o lo sufrió– quien sabe que las instituciones tienen la tentación de repintar la historia cuando el color les incomoda.

Pero el naranja vuelve.

La memoria siempre vuelve.

Como vuelve Arrabal cuando me escribe:

«…una vez más encuentro la perla en la faltriquera de mi blue jean

Y aquí, frente al cuadro, yo mismo debo hacer mi propio trazo, mi propio gesto, mi propia pincelada:

El día que se restablezca la lápida al frente del colegio, como rindiéndole homenaje de su liberación, ofreceré a los estudiantes de ayer y de hoy –como me aconsejan Marta García, Raúl Herrero, Pollux Hernuñez y el que escribe, José Rivela Rivela, alias el cronista apartado– mi cuadro al óleo, para que pueda presidir la entrada del colegio.

Porque este cuadro –este grito naranja sobre fondo convulso– no es sólo pintura:

es una restitución,

una pequeña reparación,

una vela encendida en una capilla laica.

Y cuando la lápida vuelva a su sitio, cuando el Colegio de España recupere su verdadera memoria, me gustaría que el óleo estuviera allí, en su entrada, diciendo lo que las paredes aún no se atreven a decir:

Cuadro de Fernando Arrabal

Cuadro de Fernando ArrabalEl Debate

Aquí hubo libertad.

Aquí hubo poesía.

Aquí hubo Arrabal.

Y aquí vuelve.

  • José Rivela es maestro de artes en el IES de Celanova
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