Preocupan las rupturas familiares
No debemos reprimir todas esas emociones, porque si hay algo común en las rupturas de lazos familiares es «no querer pensar en ello». Sin embargo, ese vacío está lleno de incomodidades, nudos sin desenredar, palabras dichas y no dichas… Son dimensiones que es necesario abordar
La vida de familia es, probablemente, la experiencia más plena y vivificante en el día a día de los españoles. Incluso aquellos que no han disfrutado de un hogar feliz reconocen el enorme impacto que su familia ha tenido en el desarrollo de su vida. Y no es una mera percepción subjetiva. Las estadísticas lo avalan. Un estudio de la Fundación La Caixa apuntaba que el 90 % de los jóvenes de entre 19 y 32 años consideran que su familia es el factor más importante en su día a día, y el 80 % reconocía que su hogar paterno es, o será, referente a la hora de formar su propia familia.
Las rupturas familiares, que incluyen separaciones, divorcios y distanciamientos entre miembros, suelen tener un impacto significativo en la vida de las personas, especialmente en los niños. Estas rupturas a menudo generan dolor, cambios en la vida familiar y pueden afectar el bienestar psicológico de todos los involucrados.
Las razones que desembocan en la ruptura de un vínculo con un ser querido son múltiples y altamente complejas. A veces, el origen está en los desacuerdos. Padres que no aceptan a las parejas de sus hijos. Hijos que escapan de sus padres tras una serie de vivencias traumáticas. Están los conflictos económicos y, por supuesto, las fricciones originadas por una enfermedad mental. La precariedad económica, crisis habitacional, sobrecarga laboral...
Vemos con malos ojos al hijo que no se habla con sus padres. Criticamos a los hermanos que hace diez años no quieren saber los unos de los otros. Ante estas situaciones, debemos entender que es un fenómeno común y altamente extendido.
Uno siente dolor por esa situación, pero también desconcierto e incluso vergüenza. Vergüenza social, por ejemplo, por tener un hijo que no nos habla. Por tener hermanos con los que no tenemos relación.
El virus que ataca a los miembros de un hogar y especialmente a los matrimonios que lo forman es el individualismo. Es un virus tremendo que está muy metido en todos nosotros y que nos lleva a la búsqueda de la felicidad personal como lo prioritario. Si uno está buscando su propia satisfacción, su propio bienestar como objetivo principal, es complicado que viva en familia, porque la familia supone pensar en los demás.
Buena parte de la dificultad de llevar un duelo por distanciamiento familiar está en los problemas de comunicación. Trabajos como los realizados en la Universidad Estatal de Utah insisten en algo primordial. En este tipo de situaciones es clave saber comunicarse de manera asertiva, clara y respetuosa.
Una parte amplia del duelo por distanciamiento familiar se debe a las fricciones vividas con un familiar que sufre problemas de salud mental. Una persona con un trastorno psicológico determinado o con algún tipo de adicción puede dificultar por completo la convivencia.
El duelo por distanciamiento familiar puede suscitar emociones ambivalentes que van desde la tristeza hasta la rabia. Necesitamos mejores profesionales especializados para ayudar a las personas en estas vivencias. Muchos desean reconciliarse y carecen de estrategias válidas para hacerlo.
Cada persona vivirá esta situación de una manera única y toda realidad es respetable.
Si tenemos un hijo, hermano, padre, madre que no desea vernos, aceptemos su decisión. Focalicémonos en quienes tenemos cerca, amando y cuidando de esos vínculos que sí son gratificantes y correspondidos, tanto si son familia como si no. Echar de menos es permisible, añorar situaciones positivas del pasado también.
Por otro lado, si somos nosotros quienes hemos decidido poner distancia, recordemos las razones que nos han llevado a ello. Hay decisiones tajantes que deben tomarse por nuestro bienestar. Sentir cierta tristeza por lo que no pudo ser también es lógico y respetable.
Para concluir. En la actualidad, son cada vez más quienes llevan a la espalda el peso de una mochila llena de desencuentros y malestares a causa del distanciamiento familiar. Necesitamos abordar esta realidad de manera especializada para reconducir a quien sufre por ese lazo roto hacia un espacio de mayor tranquilidad y aceptación.
El duelo por distanciamiento familiar nos obliga a reflexionar sobre nuestros vínculos y dar forma a una nueva etapa. Es frecuente que muchas de esas personas que están separadas de un miembro de la familia vivan esa realidad con tristeza y anhelo de reconexión. Desearían volver atrás y resolver ciertas cosas. Sin embargo, esto no siempre es posible. El duelo nos obliga a sanar el pasado y centrarnos en el presente.
A pesar de la enorme importancia que los españoles dan a su familia, las administraciones públicas y los «portavoces mediáticos» parecen empeñados –por incapacidad o por convencimiento– en debilitarla hasta extremos realmente llamativos. Y, con los datos en la mano, parece que lo están consiguiendo. La familia española del siglo XXI enfrenta numerosas dificultades: Además de los típicos problemas estructurales, se suman otros, como una creciente sensación de soledad dentro del propio hogar o la ruptura del núcleo familiar. La baja natalidad, el aumento de la pobreza infantil, las dificultades para conciliar, la escasa nupcialidad y la falta de políticas efectivas amenazan la sostenibilidad del pilar fundamental de la sociedad.
Además, el número de nacimientos de madres de 40 años o más, lo que en términos médicos se conoce como «maternidad geriátrica», ha crecido un 8,5 % en los últimos diez años, reflejando un retraso en la edad de maternidad. Una praxis que conlleva aparejados riesgos tanto para la vida de la madre como para la del hijo. Se trata de un fenómeno demográfico que plantea enormes desafíos en la planificación de la vida familiar y en la conciliación laboral, pero para el que las administraciones públicas tampoco parecen prever una respuesta.
¿Se puede frenar el divorcio? Si los matrimonios se plantean la ruptura y el divorcio es porque se han desconectado; entonces, lo que yo creo que una pareja debe trabajar es la profunda conexión entre los dos, a través de los pilares fundamentales de la relación de pareja: la comunicación plena, densa, profunda, abierta. El vínculo que surge del compromiso entre los dos tiene que estar vivo, es decir, tiene que haber una voluntad de querer trabajar la relación; eso es fundamental, además de priorizar al otro por encima de todo lo demás. Es algo que también nos colocaría muy lejos de la ruptura, junto con la admiración, el respeto y cultivar el trato entre los dos que lleve a mantener vivas la admiración.
La permanencia en los vínculos, la estabilidad en los afectos y en el estado emocional de las personas.
Lo primordial es poner en valor los vínculos familiares y la estabilidad familiar. El problema es que hay índices de ruptura disparatados; el volumen de divorcios que hay son números de pandemia total y ante eso no es que no se haga nada, es que al revés, hasta se considera como «bueno». Creo que para frenarlo hay que valorar y que dejen de vendernos con toda la propaganda que se hace tantas cosas que son absolutamente contrarias a la estabilidad familiar.
Si al Estado le interesara de verdad potenciar la estabilidad de la familia, debería aplicar políticas familiares que de verdad ayuden a aliviar la carga de las familias, a facilitar la conciliación, a establecer modos de mediación. Lo que me sorprende, es que no haya una reacción a las miles y miles de familias que se rompen semanal y casi diariamente en España.
En España, sin embargo, solo los núcleos familiares de rentas más bajas o en situaciones especiales (hogares monoparentales, familias numerosas, víctimas de violencia, etc.) tienen algún tipo de contraprestación, beca o subsidio. La mayoría de los hogares, compuestos por un matrimonio y uno o dos hijos, con dos salarios, quedan excluidos de cualquier tipo de incentivo o reconocimiento social.
Rupturas, divorcio y soledad.
Si la célula básica de la sociedad es la familia, el núcleo de esa célula es el matrimonio. Sin embargo, el modelo familiar natural también sufre un fuerte desgaste.
Según el INE, en 2022 se produjeron 81.302 divorcios en España, y casi el 50 % de los matrimonios terminan en divorcio. De esos, la mitad de las parejas que se rompen tienen hijos menores de edad.
Además, el 42 % de los hogares monoparentales están encabezados por mujeres solas con hijos, uno de los grupos con mayor riesgo de exclusión social. En total, casi cinco millones y medio de hogares son unipersonales, es decir, casi 3 de cada 10. En otras palabras, el «modelo familiar» que más crece en nuestro país... es el de las personas solas, sin convivencia familiar.
Tanto si hay necesidad de reconciliarse como de suspender el trato de manera definitiva, es necesario expresarlo y dar argumentos. Solo así facilitamos el posible acercamiento o el poder manejar el duelo por ruptura de vínculo. Muchas veces, padres, hermanos o hijos se encuentran con la ausencia inesperada de ese ser querido y esto es algo traumático.
Lo más decisivo es dejar siempre las cosas claras. Vivir con una incertidumbre constante sobre el estado de la relación puede ser devastador y generar situaciones muy volcánicas.
No debemos reprimir todas esas emociones, porque si hay algo común en las rupturas de lazos familiares es «no querer pensar en ello». Sin embargo, ese vacío está lleno de incomodidades, nudos sin desenredar, palabras dichas y no dichas… Son dimensiones que es necesario abordar.
- Manuel Sánchez Monge es obispo emérito de Santander