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TribunaMarcelo Wio

Nada novedoso, apenas más moderno: manipulación del ambiente informativo

Quizás habría que volver a estimar la inteligencia. La humana. Pero no la colectiva –o no sólo esta–: la individual, la que requiere del masaje diario con los hechos, el discernimiento, el reconocimiento de la propia ignorancia

Dominic Packer, Jay Van Bavel, Daniel Thilo y Jonas Kunst resumían su trabajo How malicious AI swarms can threaten democracy, señalando que, el debate democrático depende de algo muy frágil: la independencia de voces. Esta «sabiduría de las masas», afirmaban, funciona solo si la muchedumbre, la masa, está compuesta de individuos distintos; porque cuando un actor puede hablar a través de miles de máscaras, creando la ilusión de un acuerdo de base, esa independencia colapsa en un consenso sintético. Es decir, la ilusión de una mayoría de opinión

Los autores se centraban en cómo trabaja y puede afectar al modelo democrático un «enjambre malicioso de IA»; esto es, «un conjunto de agentes controlados por IA que pueden mantener identidades y memoria persistentes, coordinarse para alcanzar objetivos comunes mientras varían el tono y el contenido, adaptarse en tiempo real a los comentarios, operar con una supervisión humana mínima y desplegarse en distintas plataformas».

Pero, más allá de la tecnología implicada, ya se han visto enjambres o sincronías mediáticas maliciosas, donde numerosos medios eran guiados por una misma «narrativa», un mismo núcleo de supuestos propagandísticos, de manera persistente y coordinada a través de diversas plataformas de comunicación. Después de todo, no es nuevo, como entre tantos otros antes, mencionaban estos autores: la gente actualiza sus creencias en parte a través de la ‘evidencia social’ –aquello que parece normal, común o que es ampliamente aceptado, respaldado. El consenso sintético explota este atajo cognitivo. Y tal ilusión no llegó, ni mucho menos, de la mano de la IA.

Pero no se trata sólo de lo que los medios, «todos a una» – pero no como los vecinos de Fuenteovejuna, sino más bien al servicio del comendador–, repiten, amplifican, inflan disciplinadamente; sino aquello que acallan en bochornosa coreografía. Hoy, por ejemplo, toca acallar todo lo posible la bestial represión del régimen de los ayatolás en Irán contra su pueblo: la cifra de asesinados en poco más de un par de días se podría ubicar, según funcionarios de sanidad citados por la revista Time, por encima de los 30.000. Y no, no es un conflicto armado. Es una dictadura teocrática, terrorista y mafiosa aferrándose al poder.

El happening virtual en redes sociales, hipervisibilizado en las cuentas de ONG, ONU, numerosísimos periodistas occidentales, medios de comunicación y personalidades varias, contra Israel fue acaso el ejemplo paradigmático de ese acompasamiento ideológico, de esa impostura promovida desde el prejuicio, el cálculo de seguidores y vaya a saber qué compromisos adquiridos. Lo hubo en otros casos, claro está, pero no parecía ser tan cerrada la obediencia. Acaso porque faltara el componente de vieja inquina compartida que precedía a la instrumentalización mediática, como en el caso del Estado judío. Quizás por tratarse de cuestiones más locales, donde las definiciones personales dependen de otros circuitos, y no tanto de los medios de comunicación.

Ahí está el caso español, donde un gobierno de mentiras, corrupción y turbiedades se mantiene a fuerza de acuerdos políticos indecentes y de una bochornosa comparsa pseudoinformativa que lo socorre rebajándose, pero no ruborizándose. Es llamativo que muchos de los medios que no se han doblegado a esa labor de relaciones públicas, de minimizar daños en cada crisis, sean los mismos que tampoco cedieron a ese chantaje global que hacía adoptar el «relato» del culto genocida Hamás como verdad indiscutible.

Quizás la fórmula para no rendirse a los cantos del islamismo guay y lujoso, a la estupenda minoritaria «mayoría», al fácil «periodismo activista» que prescinde del engorro de todas las prácticas de la profesión y que va escribiendo su deontología según sus necesidades. Quizás, se decía, la solución radique en aquello que ya se conoce, «lo viejo funciona», decía un personaje de la serie El Eternauta: el conocimiento, el mérito, el esfuerzo, los escrúpulos. Probablemente, el culto de la estupidez, de los fines a cualquier costo, de la apariencia, no sean el camino apropiado para lograr aquello que se denominaba «tener dos dedos de frente».

Quizás habría que volver a estimar la inteligencia. La humana. Pero no la colectiva –o no sólo esta–: la individual, la que requiere del masaje diario con los hechos, el discernimiento, el reconocimiento de la propia ignorancia. Quizás así, al menos esos medios precisen contratar periodistas de verdad, y no mediocres escribas del oportunismo y el recelo, lo que ya en sí, cuanto menos, diluiría en mucho la coreografía de turno.

Así, pues, no nos gana la IA. Es la estupidez elevada a puestos de gobierno, comunicación y académicos (fábrica de docilidades dogmáticas) la que está ganando por goleada.

  • Marcelo Wio es director asociado de CAMERA Español
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