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tribunaCarlos Leáñez Aristimuño

México debe pedir perdón a cada hispano en todo el mundo

Cuando las raíces principalísimas de México –la hispana y la de los muy diversos pueblos indígenas– fueron armonizadas en la estructura imperial durante siglos, los resultados fueron sencillamente asombrosos

Act. 01 feb. 2026 - 09:46

Destinado a ser una potencia global que podría haber sido la locomotora de la hispanidad toda, México es hoy un país hundido en el subdesarrollo, el narcotráfico y la subordinación. Pero, a comienzos del siglo XIX, era el hermano hispano mayor, uno que estaba siendo formado y fortalecido para hacer gravitar el mundo en torno al Virreinato de la Nueva España, uniendo Pacífico y Atlántico y confederando a la América toda: la perfecta cruz global.

El hermano mayor se fue de la casa grande, que a todos nos cobijaba, a comienzos del siglo XIX sin estar en absoluto listo para mantener su rango mundial: se retrajo descomunalmente a todos los niveles, se ensimismó, dejó de mirar el planeta, le dio la espalda a su familia y se inventó historias autoexculpatorias para mantener a una dirigencia incompetente y corrupta en el poder. Dirigencia que repite, una y otra vez, que no es ella, aunque hayan transcurrido doscientos años, la responsable del desastroso presente, no, el responsable es un pasado español previo e indeleble que todo lo degrada. Y es justo al revés: por ignorar la magnífica herencia hispana recibida, por no reconocerla como propia y constitutiva, México vive en el desconocimiento, el autoaborrecimiento, la autonegación y, por supuesto, no puede rendir frutos plenos. Cuando las raíces principalísimas de México –la hispana y la de los muy diversos pueblos indígenas– fueron armonizadas en la estructura imperial durante siglos, los resultados fueron sencillamente asombrosos.

El Virreinato de la Nueva España, que tenía al México actual latiendo en su centro de mando, abarcó durante su apogeo una unidad de alrededor de siete millones de kilómetros cuadrados de tierra firme. Anotemos: el Imperio mexica, el que conquista Cortés, alrededor de doscientos treinta mil; el México actual no llega a los dos millones. En 1821, desde lo que es hoy CDMX, se extendía la Nueva España por toda Centroamérica –Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Belice–, cruzaba el Pacífico hasta Filipinas, Guam y las Marianas, y al norte abarcaba porciones inmensas de territorio actualmente estadounidense: California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona y Texas. Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo no pertenecían al virreinato directamente, pero estaban vinculados: compartían flota, plata y sacerdotes, y en mapas de guerra figuraban como hermanos de armas.

El Virreinato de la Nueva España, sí, ese que tenía a México latiendo en su centro, constituía una de las regiones más prósperas del planeta y de mayor valor, tanto geoestratégico como cultural. Era motor de la economía global gracias a su abundante producción de plata, fundamental para China y para los nacientes EE.UU. Era el puente comercial entre Asia y Europa pasando por América. Era una fuente de riqueza intelectual y artística manifestada en la fundación de las primeras universidades, en el funcionamiento de imprentas, en un Barroco deslumbrante, en un sincretismo social único donde tradiciones indígenas, europeas y asiáticas se fundieron para crear una civilización sofisticada, urbana y cosmopolita que rivalizaba con las grandes capitales del Viejo Mundo e hizo surgir –nada más y nada menos– un pueblo nuevo mestizo global.

Todo este inmenso tesoro fue arrojado a la basura por México, que pasó, de estar inserto en el cuerpo de un magnífico león a convertirse en cabeza de un inofensivo ratón; de estar conectado a una fuente recia de poder orgánico a surtirse de ideas pequeñas, subordinantes, inadaptadas. Se volvió entonces México, al ser tan importante, no inspiración y locomotora, sino pesado lastre para toda la familia hispana: fuente inagotable de relatos inhabilitantes, victimistas, inconducentes, inexactos o falsos cuya vocera actual más prominente, insistente y cansina es Claudia Sheinbaum.

Me apresuro, juntando las manos, a pedir perdón por la devastadora obra de Bolívar, puntal intenso de la destrucción de esa empresa de elevación colectiva que era el imperio que nos unía… ¡soy venezolano! Pero Venezuela era una modesta capitanía general; México, la cima. Y como a quien más se le dio es el más responsable, ruego que pidan perdón a cada hispano del mundo: eran ustedes, era el hermano mayor el que tenía la capacidad instalada y la escala suficiente para dar a todo el conjunto referentes sólidos de plenitud y efectiva tracción geopolítica global. Tomen conciencia, hermanos mexicanos, de su raíz hispana. Busquen la manera de actualizar las coordenadas de grandeza. Cobren la herencia que les es propia y legítima. Es imperativo porque, cuando México despierte, comenzará una dinámica centrípeta ascendente que nos abarcará a todos los hispanos. De punta a punta. De este a oeste.

  • Carlos Leáñez Aristimuño es hispanista
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