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tribunaCarlos Leáñez Aristimuño

Dios y patria en el duelo de Valencia

Procede tener la valentía cívica y espiritual de volver a nombrar sin complejos pilares ineludibles: Dios es el anclaje en la trascendencia, no una superstición privada que se oculta; la patria es la raíz común, no una idea abstracta que se gestiona

Un año después de la tragedia de la dana, la ciudad de Valencia honró a sus víctimas. Realzado solo por la presencia de los Reyes, desplegó un acto solemne, calculado al milímetro, sobrio en extremo. Fue su marco el Museo de Ciencias, edificio futurista, frío, nórdico… ¡un templo de la razón humana para enmarcar el duelo colectivo! Ello, sumado a la presencia apocada de la bandera y los símbolos patrios, pone de manifiesto un profundo déficit simbólico-afectivo.

Cuando un pueblo se enfrenta a la muerte en una catástrofe que golpea el corazón de todos, el duelo tiene una dimensión individual y colectiva. El acto de Valencia falló en la segunda. No tuvieron su lugar a plenitud dos grandes asideros que permiten a las naciones dar sentido a la tragedia y reafirmar su unidad: la invocación a Dios y la noción de patria.

Trascendencia suprimida

En el momento más crudo, ante el dolor inexplicable de la pérdida colectiva, una sociedad no puede ofrecer como única respuesta el combustible meramente humano, científico, político o administrativo. El Museo de Ciencias simboliza una fría racionalidad. Pero la muerte exige una respuesta más honda. Cuando un acto nacional solemne ignora a Dios —que no fue mencionado una sola vez— no está siendo neutral, no está buscando no ofender al no creyente: está tomando partido por el vacío. La neutralidad aconfesional del Estado no puede confundirse con una amnesia cultural o una esterilización espiritual. España no es una página en blanco. Su cohesión y su lenguaje para entender la vida y la muerte están indisolublemente ligados a una fe fundante y mayoritaria: el catolicismo. Es poniendo en el centro este hecho como se deben buscar los acomodos para que todos se sientan adentro, no al revés.

Tratar la matriz cultural católica como una creencia u opinión más entre otras —todas equivalentes y, por tanto, todas prescindibles en el espacio público para no ofender a nadie, lo cual sería el máximo bien— es un error. No se trata de imponer un rito, sino de reconocer que la sociedad española posee un lenguaje profundo, compartido por creyentes y no creyentes como parte de su cultura, para dar sentido al sufrimiento. Al silenciar la trascendencia, el Estado, allí donde las personas necesitan un rito que dé consuelo profundo y sentido cabal, ofrece un protocolo frío, una coreografía casi geométrica. Se sustituye la esperanza de un sentido último por la gestión técnica del duelo.

La patria diluida

Aparte del digno rol de los Reyes, el asidero patriótico se mostró débil. En la tragedia, el individuo necesita sentir que su dolor no es solo suyo, sino que es acogido por una familia más grande: la patria. Es la nación la que llora y transforma a las víctimas particulares en nuestros caídos. Para que esto ocurra, los símbolos deben ser potentes, inequívocos. Lo que se observó en Valencia fue una bandera española anegada, entre otras enseñas, un himno de rutina y la mención de España como patria solo dos veces.

Cuando los símbolos de la nación se diluyen, el mensaje es devastador: se diría que no hay un nosotros lo suficientemente fuerte para acoger este golpe. El duelo, entonces, se fragmenta. Deja de ser un acto de cohesión nacional para convertirse en un evento gestionado por administraciones (locales, autonómicas, estatales, culturales) que no logran componer la imagen de una patria unida en el dolor.

La alarma centrífuga

Un homenaje que minimiza a la patria e ignora a Dios no ofrece ni consuelo, ni pertenencia colectiva ni sentido trascendente.

Lo ocurrido en Valencia, más que un protocolo fallido, es otra voz de alarma. Una nación que no es capaz de encontrarse a plenitud en la tragedia, que no se atreve a invocar sus raíces espirituales ni a enarbolar con orgullo sus símbolos de unidad, es un andamiaje muy precario: cuando fallan los asideros fundamentales, por más que se intente suplir con ciencia, psicología y buena gestión, la cohesión social queda en riesgo.

El acto de Valencia dio lo máximo que puede dar un evento prácticamente desconectado de la savia de la nación: poco. Sin la presencia activa y empática de los Reyes, único signo rotundo de la continuidad de la comunidad histórica que es España, el acto habría estado completamente en el aire, sin raíces, sin densidad: dolor individual, sin consuelo colectivo.

Una asepsia administrativo-racionalista no puede suplir el alma de una nación: no cabe inventar protocolos sin raíces. Procede tener la valentía cívica y espiritual de volver a nombrar sin complejos pilares ineludibles: Dios es el anclaje en la trascendencia, no una superstición privada que se oculta; la patria es la raíz común, no una idea abstracta que se gestiona.

Carlos Leáñez Aristimuño es hispanista

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