Trump y Europa
Europa tendría que erigirse de nuevo en ese faro civilizador. Para ello, debe sacudirse la ceguera ideológica que la paraliza, prescindir de una tecnocracia inconexa con la realidad y trabar un liderazgo resuelto, quizá por mediación de sus grandes naciones históricas
Pour qui? Pour quoi?... ¿Por quién y por qué? Estos fueron los interrogantes que recorrieron Francia poco antes de que estallara la guerra con Alemania en 1940. Las preguntas revelaban el hastío de la población hacia sus políticos y la causa que pretendían representar. No había motivación para la lucha. Todo concluyó con el desmoronamiento de la nación en apenas un mes.
En su memorable discurso ante la Cámara de los Comunes del 18 de junio de 1940 Winston Churchill sentenció que de la victoria de las armas aliadas dependía la supervivencia de la civilización cristiana. Aquella que, según sus palabras, daba forma al modo de vida británico y a la continuidad de sus instituciones. En definitiva, apelaba a los principios que históricamente habían fraguado la personalidad europea y que más tarde se exportaron a América.
En el actual contexto de la segunda Guerra Fría, la apetencia del Gobierno de Trump sobre Groenlandia socava la Alianza Atlántica sellada en 1949 para defender dicha civilización frente al comunismo. El pretexto norteamericano de blindar su flanco noroccidental frente a Rusia indica, por un lado, la renovación de antiguas tensiones; pero también la desconfianza de Washington hacia sus aliados. No parece que la propuesta alemana de ampliación de las bases de la OTAN en la isla danesa para reforzar la seguridad del bloque aliado haya satisfecho a Estados Unidos. Quizá sus intereses estratégicos incluyan también el control de los recursos naturales, como se ha comprobado recientemente en Venezuela. Por eso estorba la soberanía danesa. En más de una ocasión Trump ha demostrado su autosuficiencia y desprecio hacia una Europa que considera carente de liderazgo. Los rudos modales del presidente con Dukanovic, Zelenski o sus burlas hacia Macron son muestras de este comportamiento. Curiosamente, esta agresividad se desvanece con otros homólogos como Xi Jinping o Putin, capaces de medir sus fuerzas con Estados Unidos; pero también con otros dirigentes europeos cuyos proyectos políticos se asemejan al de Trump, como en el caso de Viktor Orbán o Giorgia Meloni. Ambos han sido invitados por la Casa Blanca a unirse al Consejo de Paz para Gaza. De modo que, para Trump, el problema no es Europa como tal, sino el modelo progresista (burocracia y socialismo) que representa. El presidente achaca el retroceso de la hegemonía norteamericana a esas políticas, abanderadas en Estados Unidos por el Partido Demócrata y asumidas –según él– por una parte, de los Republicanos.
La dependencia militar europea con respecto a Washington se ha evidenciado en la crisis de Ucrania. Pese al envío de efectivos militares a Groenlandia por parte de varios países europeos no parece bastante como para disuadir a Trump de una intervención directa. Probablemente, nadie conciba blandir las armas contra Estados Unidos. Sin embargo, se duda menos en sentido contrario. Se trata de una cuestión de capacidad y de voluntad. Poca gente está dispuesta a luchar en Europa. Algunas encuestas reflejan que sólo el 11 % de los jóvenes se enrolarían en el Ejército en caso de guerra. El estudio del politólogo británico Bill Durodié apunta a que la principal causa es la sustitución de la colectividad por el interés individual. Sólo importa el yo. La lealtad a la propia nación se ha diluido. Lejos de una estrategia coherente de los estados europeos por revertir esta tendencia, se ha fomentado premeditadamente. Tal como apunta el Eurobarómetro de 2025, aumenta el porcentaje de quienes desean un incremento de la inversión en defensa, pero no el de los ciudadanos decididos a materializar ese servicio. Pour qui? Pour quoi? Son los interrogantes que resuenan otra vez ante el desafío actual. En el fondo, únicamente se quiere resarcir la propia comodidad, sin renunciar a nada. Parece ya muy distante aquella cita de J.F Kennedy: no pienses qué puede hacer tu país por ti. Piensa qué puedes hacer tú por tu país.
Para el presidente francés Charles De Gaulle, Europa era la aportación de cada una de sus patrias al conjunto del continente. Es lógico, por tanto, que si las patrias suscitan cada vez menos fervor, la Unión Europea se resienta y flaquee. Para Ortega y Gasset las naciones se construyen o deconstruyen. Todo depende de la existencia de un proyecto sugestivo de vida en común, arraigado –cabría añadir– en los principios certeros que lo conformaron. La percepción real de la naturaleza humana por parte del pensamiento clásico grecolatino y su perfeccionamiento, operado por el mensaje cristiano, fueron los pilares articuladores de Europa. Así lo interpretaron los promotores de la idea genuina de la unidad europea después de la Segunda Guerra Mundial. La experiencia traumática del totalitarismo confirmó a los nuevos dirigentes de Italia y Alemania en la defensa del orden moral natural como fuente del derecho. Sólo así podía asegurarse el respeto a la dignidad de toda persona y al ejercicio responsable de su libertad, conforme lo aseveró Alcide de Gasperi o lo recogió el título primero de la Constitución de la República Federal de Alemania de 1949.
Sin embargo, Europa ya no es eso. Se ha ido pertrechando un discurso victimista que ha criminalizado la tradición cristiana, forjadora del humanismo europeo. Para ello se han sobredimensionado aquellos episodios de la historia que pudieran presentarse como censurables, produciendo un sentimiento de culpa que ha terminado por generar un amplio complejo de inferioridad. Desde entonces, Europa carece de la sustancia vital que le dio forma y durabilidad en la historia. Es claro que la coordinación de 27 estados, con sus peculiaridades e intereses, no resulta fácil. Pero su necesidad se enreda sobremanera cuando se marcha a contrapelo de la identidad común. La misma que dio contenido al derecho de gentes, precursor del actual derecho internacional, que amparaba la naturaleza propia de la persona, vinculada a lo que es en sí mismo justo. En buena medida, la Constitución de los Estados Unidos de América (1787) es una muestra de esta imprescindible herencia cultural. Europa tendría que erigirse de nuevo en ese faro civilizador. Para ello, debe sacudirse la ceguera ideológica que la paraliza, prescindir de una tecnocracia inconexa con la realidad y trabar un liderazgo resuelto, quizá por mediación de sus grandes naciones históricas. Sólo así Europa podrá hacer valer su voz y reconducir la alianza con Estados Unidos, que es el hecho permanente; más allá de presidencias coyunturales.
- Antonio Cañellas Mas es doctor en Historia y presidente del Cidesoc