Fundado en 1910
TribunaAntonio Cañellas Mas

El PP ante la ideología LGTBI

El amor auténtico se dirige siempre a la búsqueda desinteresada del bien del otro, conforme al orden moral inherente a la conciencia humana

Por estas fechas pasadas muchos edificios oficiales enarbolaron la bandera LGTBI. Entre nosotros se ha instalado la costumbre de conmemorar causas, aficiones o asuntos que actúan, las más de las veces, como sustitutivos de las celebraciones propias del calendario gregoriano. El cambio está vinculado a la mudanza de usos y mentalidades de la sociedad actual, que se presentan como un progreso liberador.

El PP ha querido enfatizar su compromiso contra la LGTBI-fobia en un manifiesto suscrito el pasado 28 de junio, porque «todo el mundo tiene que ser libre y amar a quien quiera», según apuntaron algunos de sus dirigentes. Este tipo de declaraciones revelan una inculturación en las tesis ideológicas de la izquierda. Conviene recordar que el movimiento LGTBI se apoya básicamente en tres grandes premisas de pensamiento. Primera: la teoría del psicoanálisis de Sigmund Freud, que sitúa el instinto sexual como la fuerza vital primaria, debiendo hallar su cauce de desarrollo para evitar la neurosis o la infelicidad. El gran obstáculo reside en la superestructura de la cultura burguesa. He aquí su relación con la segunda premisa: las tesis de Karl Marx, coautor del Manifiesto Comunista. Desde su perspectiva materialista y dialéctica, son los factores económicos los que condicionan esa superestructura cultural y, por tanto, el modo de entender las relaciones humanas, el derecho, la educación, etc. Según esta tesis, una vez eliminada la propiedad privada desparecerán las diferencias sociales. Entonces habrá de redefinirse la cultura desde patrones igualitarios. Aplicado al caso de las identidades sexuales, se llega a la conclusión de que todas están al mismo nivel, con independencia de criterios biológicos o antropológicos. La heterosexualidad, signo de la llamada cultura patriarcal, dejaría de prevalecer para ser relegada incluso a un segundo plano. Dicha interpretación se ha ido gestando desde los años sesenta del siglo pasado a partir de la síntesis freudiana y marxista planteada por Herbert Marcuse. Esta es la tercera premisa. Para el autor de 'El hombre unidimensional' la libertad humana radica en la pulsión del instinto sexual que la sociedad burguesa ha orientado hacia la producción capitalista. La felicidad consistiría, pues, en deshacer esa subordinación superando cualquier género de convencionalismos que asfixiaran la libre expresión del placer sexual. No caben, por consiguiente, principios ligados a una moral burguesa que se califica como caduca y narcotizada por la influencia cristiana. Se resuelve que ésta debe ser batida. En primer lugar, incentivando premeditadamente el relativismo (todo es discutible) para, una vez debilitada la posición contraria, acusarla de intransigente e imponer su pensamiento único. Ya no cabe entonces ni la pluralidad ni la discusión.

Al asumir estos presupuestos, bien sea por cálculo político, por convicción o ambas, el PP ha hecho las delicias de Antonio Gramsci. Otro pensador comunista que incidió en la necesidad de abordar la cultura mediante un proceso progresivo de infiltración hasta alcanzar la hegemonía y operar el cambio de las mentalidades. Para conseguirlo se ha ido manipulando el lenguaje hasta desvirtuar su significado original. Tal es el caso del término amor. Desde la revolución sexual de 1968 se ha erotizado absolutamente su contenido, presentándolo como un arrebato pasional cuyas apetencias irrefrenables deben satisfacerse sin limitaciones. En cambio, José Ortega y Gasset observó que en el amor se distingue la complacencia inicial o pura actividad sentimental hacia una persona o cosa –de la que se suceden los correspondientes deseos–, de su causa y efectos. Cuanto más se afirma ese movimiento emotivo, más se aleja de las funciones del intelecto o del recto juicio. Por eso, es preciso que aquello que es objeto del amor sea propiamente su causa, identificada con el bien. Según el análisis de Ortega, aquél consiste en la cálida afirmación del otro ser. Dicho con otras palabras: el amor auténtico se dirige siempre a la búsqueda desinteresada del bien del otro, conforme al orden moral inherente a la conciencia humana. Por tanto, cuando se alega la libertad de amar debe acotarse necesariamente al origen y finalidad que le da sentido. De lo contrario, se cae en el absurdo de una pretendida autodeterminación personal que, en realidad, niega y destruye esa libertad. Se trata de una tergiversación, alentada por la demagogia imperante, que impone una revisión al PP si no quiere convertirse definitivamente en la comparsa ideológica de la izquierda.

Antonio Cañellas Mas es doctor en Historia

comentarios

Más de Antonio Cañellas Mas

Más de Tribuna

tracking

Compartir

Herramientas