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tribunaJesús Martínez Gandía

La sombra que nos reúne

Somos capaces de calcular una órbita y, al mismo tiempo, emocionarnos cuando aquello que habíamos calculado sucede ante nuestros ojos. Podemos describir matemáticamente la propagación de la luz y seguir necesitando metáforas para hablar de ella

Hay fenómenos que la ciencia consigue explicar con una precisión extraordinaria y que, sin embargo, se resisten a quedar reducidos a su explicación.

Conocemos la mecánica y dinámica que produjo la efímera oscuridad del pasado miércoles doce. Podemos anticipar su trayectoria, calcular el instante exacto en que comenzará, determinar cuánto durará y predecir desde qué lugares de la Tierra podrá contemplarse. No queda misterio en el movimiento de los astros involucrados y, aun así, cuando la luz comienza a desaparecer, levantamos la cabeza.

Quizá ahí empiece lo verdaderamente interesante.

La esfera celeste sobre nuestras cabezas ha sido, a lo largo de la historia humana, calendario, brújula, amenaza, divinidad, relato y pregunta. Las primeras comunidades aprendieron a reconocerse también mirando hacia arriba. Sobre el movimiento de la Luna, el regreso de las estaciones o la aparición de un cometa fueron construyendo explicaciones del mundo que habitaban y, al mismo tiempo, sobre sí mismas. Antes de que existieran observatorios, universidades o ecuaciones, ya existía esa necesidad profundamente nuestra de insertar lo que sucede en una historia capaz de dotarlo de sentido.

La modernidad nos enseñó a predecir el eclipse con márgenes de error despreciables, pero afortunadamente no consiguió arrebatarnos el deseo de contemplarlo.

Durante demasiado tiempo hemos confundido conocer con desencantar. Como si comprender la naturaleza de un fenómeno obligara necesariamente a despojarlo de su belleza; como si detrás de una explicación científica rigurosa solo pudiera quedar lugar para una realidad fría y mecánica. Sin embargo, ocurre justamente lo contrario. Saber que aquella pequeña media Luna luminosa que aparece sobre el horizonte es el resultado de una extraordinaria coincidencia geométrica entre cuerpos separados por distancias inmensas no empobrece la experiencia; afortunadamente para mí, creo que la engrandece.

Sin embargo, esa forma de mirar no es únicamente una cuestión individualista. También determina cómo observamos y habitamos la realidad junto a los demás. Durante minutos, el eclipse provoca algo cada vez menos frecuente: muchas miradas interrumpen simultáneamente aquello que estaban haciendo y dirigen su atención hacia un mismo lugar.

Rodeados de estímulos algorítmicamente individualizados, habitamos físicamente espacios comunes mientras nuestras miradas transcurren por universos cada vez más privados. Y entonces sucede algo tan antiguo como el movimiento de la Luna y el Sol y, por unos instantes, desconocidos que probablemente piensan, viven y entienden el mundo de manera distinta miran exactamente en la misma dirección.

Hay algo casi ritual en ese gesto. Desde una perspectiva antropológica, los rituales han cumplido muchas veces precisamente esa función: recordarnos que pertenecemos a algo que nos precede y nos supera. Bajo ese prisma parte de su fuerza reside también en su fugacidad. Porque el eclipse pasa. Y precisamente por ser, de suyo, efímero, importa.

El eclipse no necesita de nosotros para suceder. Pero necesita de una mirada humana para convertirse en experiencia, en pregunta, en conocimiento y, finalmente, en memoria compartida.

Enseñar debería servir también para eso: hacer el mundo más inteligible sin hacerlo menos admirable. La experiencia del eclipse desemboca así en una pregunta educativa: cómo aprender a mirar de tal manera que el mundo revele algo más de lo que veíamos en él. Educar no consiste únicamente en proporcionar respuestas, transmitir información o acumular conocimientos, sino también en educar la atención: aprender a detenerse ante aquello que merece ser observado, descubrir preguntas donde antes solo veíamos acontecimientos y, sobre todo, comprendiendo que aquello que sabemos puede transformar también la manera en que miramos.

Y acaso sea en esa mirada donde la educación revele una de sus formas más profundas: no en llenar de respuestas aquello que todavía puede interrogarnos, sino en enseñar a mirar el mundo junto a otros. A descubrir que hay experiencias cuyo sentido solo se completa cuando son compartidas; que ninguna mirada agota por sí sola la realidad; y que educar es también tender de nuevo los vínculos allí donde el aislamiento, la desigualdad o la indiferencia han ido desdibujándolos.

Porque aprender a mirar mejor implica también aprender a reconocer aquello que normalmente permanece fuera de nuestra mirada. El eclipse funciona entonces como un espejo de nuestra exhausta sociedad. Hay sombras que, en lugar de ocultar, revelan: dibujan la soledad donde faltan vínculos, la desigualdad donde algunos quedan fuera y la exclusión allí donde alguien deja de encontrar su lugar. A veces es la penumbra la que mejor define los contornos.

Quizá mi labor como profesor consista muchas veces en aprender a mirar precisamente esos contornos. Particularmente esos que obligan también a recuperar nuestra propia medida. Y pocas cosas lo hacen con tanta claridad como levantar la vista al cielo, somos extraordinariamente pequeños.

Y, sin embargo, somos esa pequeña parte del universo capaz de preguntarse por el universo.

Somos capaces de calcular una órbita y, al mismo tiempo, emocionarnos cuando aquello que habíamos calculado sucede ante nuestros ojos. Podemos describir matemáticamente la propagación de la luz y seguir necesitando metáforas para hablar de ella. Podemos conocer exactamente la causa de un eclipse y continuar reuniéndonos frente al mar para contemplarlo.

Entre la ecuación y el asombro habita buena parte de lo humano.

Durante unos minutos, la Luna se interpone y la luz parece retirarse.

El mar se oscurece. Las montañas se convierten en siluetas. El horizonte adquiere esa extraña tonalidad que tiene lo familiar cuando, de repente, deja de comportarse como esperábamos.

Y entonces esperamos.

Sabemos que la luz volverá. Precisamente porque conocemos el fenómeno, sabemos que la sombra es pasajera.

Quizá la cuestión verdaderamente humana nunca haya sido si vuelve la luz.

Quizá la cuestión sea qué hacemos nosotros mientras dura la sombra y qué hemos aprendido cuando finalmente vuelve a iluminarse el horizonte.

  • Jesús Martínez Gandía es físico y profesor del Departamento de Física, Matemáticas y Ciencias Tecnológicas de la Universidad CEU Cardenal Herrera
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