El eclipse de la democracia
La democracia española no está muerta. Está eclipsada. Y los eclipses terminan cuando la voluntad de quienes aún creen en la luz se impone a la de quienes prefieren la oscuridad porque en ella se mueve mejor su poder
Hay eclipses que la ciencia anuncia con precisión y que el ciudadano contempla con gafas especiales. Y hay otros, más peligrosos, que no se miden en minutos de oscuridad, sino en años de erosión deliberada. España vive uno de estos últimos.
La democracia, esa estrella que durante décadas iluminó –imperfecta pero real– el camino de una nación que salía de la penumbra, está siendo cubierta. No por un cuerpo celeste inocente, sino por la yema de unos dedos inquisidores que se alzan, uno tras otro, para cegar los pocos rayos de Sol que aún quedan. Dedos que señalan, que censuran, que etiquetan, que decretan qué es verdad y qué es «desinformación», qué es legítimo y qué es «extrema derecha».
Políticamente, económicamente y socialmente, el eclipse es casi total.
Usted contempla un gobierno que no gobierna por mandato, sino por compra: trozos de soberanía a cambio de escaños de quienes niegan la propia existencia de España. Las instituciones que debían frenarle se han convertido en sus apéndices. La Justicia es asediada, la Fiscalía actúa como brazo político y la igualdad ante la ley se diluye a golpe de amnistías, indultos y decretos-ley. No son errores: es el método deliberado de un poder que ha comprobado que puede descoser la democracia sin que casi nadie se atreva a detenerle.
Más de 1,7 billones de deuda pública y más de 34.000 euros sobre cada uno de ustedes. Mientras celebran cifras maquilladas, usted hace malabarismos con la cesta de la compra, la luz y la gasolina. La fiscalidad le estrangula, la vivienda se interviene y la okupación se protege. El ciclo es impecable: primero le empobrecen, después le subvencionan y, al final, le exigen gratitud electoral. Le convierten en dependiente y luego le llaman «ciudadano».
Usted vive en una polarización fabricada para anularle, no para debatir. Medios colonizados o comprados con su dinero convierten el relato oficial en dogma. La inmigración descontrolada se usa como arma demográfica: cada regularización masiva diluye su voto y multiplica el ejército de súbditos cautivos. La unidad nacional se negocia como mercancía barata. Y los valores que usted creía firmes –esfuerzo, responsabilidad, pertenencia– son sustituidos por un clientelismo sofisticado que no busca ciudadanos libres, sino siervos agradecidos.
Y aquí entra el detalle más siniestro del eclipse: no basta con que la Luna se interponga. Hace falta que alguien, con la yema del dedo inquisidor, se empeñe en tapar incluso los últimos rayos. Cualquiera que mire de frente –que señale la corrupción que salpica al entorno más próximo del poder, que denuncie la erosión institucional, que reclame igualdad real de votos o que se atreva a decir que no todos los proyectos políticos son compatibles con la supervivencia de España– es inmediatamente señalado. La etiqueta sustituye al argumento. El silenciamiento se disfraza de virtud democrática. El dedo inquisidor no necesita hogueras; le basta con la cancelación, con el linchamiento mediático, con la amenaza velada de que «esto no se puede decir».
Si usted es capaz de mirar un rato a este fenómeno sin las gafas del relato oficial, la ceguera o la locura amenazan con apoderarse de usted. La ceguera de quien, para no sufrir, prefiere no ver. O la locura de quien, al contemplar la magnitud del deterioro, siente que ya no queda nada por lo que luchar.
Pero no es inevitable.
Un eclipse, por total que parezca, es temporal. La luz no desaparece; queda oculta. Y la sociedad civil española –esa que rescató, que se organizó, que resistió cuando las instituciones fallaron– todavía conserva la capacidad de no apartar la mirada. No con gritos estériles ni con resignación cínica, sino con la disciplina de quien sabe que la democracia no se defiende votando cada cuatro años y luego entregando un cheque en blanco. Se defiende cada día, con lucidez, con responsabilidad y con la negativa a convertirse en siervo agradecido.
La democracia española no está muerta. Está eclipsada. Y los eclipses terminan cuando la voluntad de quienes aún creen en la luz se impone a la de quienes prefieren la oscuridad porque en ella se mueve mejor su poder.
Que no le quede a usted la costumbre de mirar al cielo con los ojos cerrados. Que no le quede la locura de creer que la sombra es ya el nuevo Sol.
España merece volver a ver. Y usted, a mirar sin miedo.
- Ignacio Trillo Arespacochaga es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared y de la Fundación Foro Libertad y Alternativa