Lo que la democracia le debe a Sánchez
De verdad. Ha hecho pedagogía de hierro: nos ha obligado a ver que nuestra democracia es más frágil de lo que creíamos, que las instituciones no se protegen solas y que el mayor peligro para un sistema no siempre viene de fuera, sino de quien lo ocupa sin ningún respeto por él
Gracias, señor Sánchez. De verdad.
En un país donde todavía abundan los que sostienen que España es una democracia consolidada y ejemplar, usted ha realizado una contribución involuntaria pero extraordinaria: ha desnudado, como pocos, las debilidades estructurales de nuestro sistema. Con maestría y sin complejos, ha puesto en evidencia hasta qué punto nuestra democracia está llena de costuras flojas, lagunas constitucionales y mecanismos que otorgan al presidente del Gobierno un poder casi imperial y una impunidad difícilmente imaginable en otros países europeos.
Lo que usted ha hecho estos años no sería posible en una democracia robusta y bien diseñada. Solo es posible en una democracia imperfecta como la española. Y por eso, irónicamente, la democracia le debe a Sánchez haberle arrancado la máscara.
La ley electoral, concebida en su día para favorecer el bipartidismo, permite hoy que un candidato gobierne con apenas el 31% de los votos. Un sistema que sobrerrepresenta a los nacionalismos periféricos y castiga a las grandes circunscripciones convierte a siete escaños de Bildu o Junts en más valiosos que cientos de miles de votos en Madrid. Usted no inventó esta regla, pero la ha elevado a obra de arte: la gobernabilidad se compra al mejor postor separatista.
Nuestra Constitución, ese texto lleno de buenos propósitos y pocas murallas reales, también ha mostrado sus límites. El artículo 155 se activa o se desactiva según convenga. La «indisoluble unidad de la Nación española» es sagrada sobre el papel, pero negociable en la práctica. La amnistía, inexistente en el texto, surge por arte de interpretación creativa, y el indulto, pensado para casos excepcionales, se ha convertido en herramienta política de primer orden.
Peor aún ha sido el asalto a la independencia judicial. La negativa sistemática a renovar el Consejo General del Poder Judicial (salvo cuando convenía), los ataques públicos a jueces y fiscales incómodos, la politización de la Fiscalía y la intención de controlar el Tribunal Constitucional han revelado que, para usted, el Poder Judicial no es un contrapeso, sino un obstáculo a neutralizar. En una democracia sana, los jueces limitan al Gobierno. En la suya, el Gobierno intenta limitar a los jueces.
La división de poderes, pilar teórico del Estado de derecho, brilla por su debilidad. Usted ha gobernado durante largos periodos sin presupuestos aprobados, prorrogando indefinidamente los anteriores. Ha batido récords históricos al aprobar más de 168 reales decretos-ley, legislando por urgencia sobre materias de enorme trascendencia —desde la amnistía hasta la ley del «solo sí es sí»— y convirtiendo al Congreso en poco más que un notario de sus decisiones.
Para financiar a sus socios de gobierno –a los que con ironía cabría llamar «sus enanos en el circo»–, usted ha recurrido a una voracidad fiscal sin precedentes: más de 100 subidas de impuestos y cotizaciones en apenas unos años. Al mismo tiempo, se ha impulsado un ataque sistemático contra la propiedad privada a través de leyes de vivienda que limitan precios y derechos, tolerancia con la okupación y un intervencionismo creciente que trata la propiedad como un bien sujeto al capricho gubernamental.
Tampoco ha faltado el control del relato. La colonización de RTVE, las subvenciones millonarias a medios afines, la ley de «desinformación» y la estigmatización sistemática del discrepante como «extrema derecha» o «fascista» completan el panorama. En su esquema, la libertad de expresión existe… siempre que no moleste al poder.
Además, los escándalos de corrupción que han salpicado a su entorno más cercano –desde registros en sedes del partido hasta imputaciones a antiguos colaboradores de máxima confianza– han revelado que el sistema de controles internos es más formal que efectivo. Un Gobierno que se presenta como adalid de la regeneración democrática ha terminado dependiendo de la lentitud de la Justicia y de la propia polarización para sobrevivir. En una democracia consolidada, estos episodios habrían provocado una crisis terminal; aquí, se gestionan como ruido de fondo.
Usted ha demostrado que un presidente puede pactar con quienes quieren romper España, indultar a condenados, amnistiar a fugados, gobernar sin presupuestos, legislar masivamente por decreto, subir impuestos más de cien veces, intervenir la justicia y mantener a su alrededor a una corte de investigados sin que el sistema sea capaz de impedirlo.
Todo esto es posible porque nuestra democracia es frágil por diseño. Es una democracia de papel: hermosa en la teoría, vulnerable en la práctica. Fue escrita con el optimismo de la Transición, pero sin la suficiente malicia para protegerse de quienes pretenden utilizarla para desmontarla.
Quizá algún día, cuando pase el tiempo y se pueda mirar con perspectiva, tengamos que reconocerle a Sánchez un mérito involuntario: habernos obligado a mirar de frente las grietas profundas que siempre estuvieron ahí. Grietas que ahora ya no pueden ocultarse.
La democracia española no es un fraude. Es algo más sutil y peligroso: es una democracia inacabada, con instituciones débiles y reglas que dependen excesivamente de la decencia de quien las ocupa. Cuando esa decencia falta, el sistema queda desnudo.
Gracias, señor Sánchez. De verdad. Ha hecho pedagogía de hierro: nos ha obligado a ver que nuestra democracia es más frágil de lo que creíamos, que las instituciones no se protegen solas y que el mayor peligro para un sistema no siempre viene de fuera, sino de quien lo ocupa sin ningún respeto por él.
Llegó el momento de que recoja sus cosas, apague las luces y se marche. Ya ha hecho suficiente daño. Las grietas que deja abiertas son demasiado profundas como para seguir confiando en que nadie más las aproveche.
- Ignacio Trillo Arespacochaga es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared y de la Fundación Foro Libertad y Alternativa