Fundado en 1910
TribunaIgnacio Trillo

El mundo juega al ajedrez; Europa, al escondite

Del Sahel al corazón del Congo se está produciendo un nuevo reparto colonial sin banderas ni tratados de Berlín. Uranio, coltán, cobalto, diamantes y tierras raras que alimentan baterías, móviles y la supuesta «transición verde» del primer mundo

En el gran tablero de ajedrez global no hay sitio para aficionados ni para sentimentales. Estados Unidos, Rusia, China y Japón mueven sus piezas con la frialdad implacable de los grandes maestros: capturan, enrocan, sacrifican peones sin pestañear y calculan fríamente. El resto del planeta —sus recursos, sus rutas comerciales, sus territorios— no es más que mero botín de guerra económica y estratégica. Mientras tanto, Europa, esa vieja dama que antaño impuso su ley sobre los cinco continentes, se entretiene construyendo casitas de muñecas en Bruselas, aprobando resoluciones pomposas y derrochando en políticas que parecen diseñadas por adolescentes ideologizados con demasiado tiempo libre. Los demás, sonríen y se frotan las manos con discreta satisfacción.

Ucrania no es solo un conflicto territorial o una cuestión de soberanía sentimental. Es un almacén ingente de tierras negras fértiles que podrían alimentar a medio mundo, de litio, tierras raras y minerales estratégicos esenciales para la tecnología del futuro. Washington sostiene el flanco con dólares y armas para debilitar y negociar con su rival histórico; Moscú avanza con la brutalidad de quien juega al todo o nada; Pekín observa en silencio, financia bajo mano y espera el momento oportuno para recoger el premio o las migajas.

En el Indo-Pacífico la tensión se vuelve eléctrica. Taiwán, esa pequeña isla que fabrica más del 90 por ciento de los chips avanzados del planeta, se ha convertido en el trofeo supremo del siglo XXI. Quien controle esos semiconductores controlará literalmente la economía y la seguridad global. China la ambiciona con hambre de dragón, mientras Estados Unidos y Japón la defienden con uñas y dientes, conscientes de que perder Taiwán sería un jaque mate estratégico. India, el gigante demográfico en plena ebullición, juega su propia partida maestra: compra petróleo barato y armas a Rusia, hace negocios lucrativos con China, pero se acerca cada vez más a Washington y Tokio a través del Quad para no quedarse fuera del festín. Vietnam, el tigre discreto pero feroz del sudeste asiático, atrae inversiones a espuertas de todos los bandos: americanos y japoneses que huyen de la dependencia china, chinos que buscan mano de obra barata y rutas alternativas, y rusos que aún colocan su material militar. El sudeste asiático ya no es patio trasero de nadie: es el nuevo y decisivo campo de batalla económico y militar del siglo.

Bajemos a África. Del Sahel al corazón del Congo se está produciendo un nuevo reparto colonial sin banderas ni tratados de Berlín. Uranio, coltán, cobalto, diamantes y tierras raras que alimentan baterías, móviles y la supuesta «transición verde» del primer mundo. China ya tiene bases, puertos y contratos blindados a cincuenta años; Rusia envía mercenarios y asesores; Estados Unidos y Japón intentan llegar tarde pero con talonario en mano. Mientras Europa firma cheques de ayuda humanitaria, se rasga las vestiduras por el cambio climático y organiza conferencias sobre derechos humanos, los grandes extraen, sobornan y firman acuerdos que durarán generaciones. África no es una víctima romántica: es una presa jugosa. Y los depredadores serios no piden permiso.

Venezuela y Centroamérica continúan siendo el patio trasero disputado de siempre, pero con reglas actualizadas. El petróleo pesado del Orinoco es explotado sin pudor por empresas pantalla rusas y chinas. Las rutas migratorias, los puertos y el control del istmo centroamericano son codiciados por todos.

En Oriente Próximo, el gran premio del petróleo y las rutas marítimas tiene nombre propio: Irán. Cuarto mayor reservorio de petróleo y segundo de gas del planeta, controla el Estrecho de Ormuz por donde transita casi el 20 por ciento del crudo mundial. Israel y Arabia Saudí actúan como piezas avanzadas de Washington; Irán, en cambio, hace de caballo negro que Rusia y China montan con placer para, cuando les conviene, amenazar con cerrar el grifo del petróleo global. Japón asegura su suministro como puede. Y Europa… Europa sigue comprando gas ruso a través de intermediarios, pagando precios de escándalo y presumiendo de su gloriosa transición verde.

Esa es la gran paradoja del momento. Mientras las cuatro potencias mueven alfiles y torres con precisión letal y sin escrúpulos, Europa se pierde en un festival de subvenciones a ONGs, leyes y regulaciones verdes que estrangulan su propia industria y fronteras abiertas como si el mundo entero fuera un parvulario multicolor y sin consecuencias.

Pero sigan ustedes solicitando subvenciones públicas para comprar ese coche eléctrico que «contamina menos», aunque su batería se fabrique con coltán africano extraído por niños y se cargue con carbón chino. Sigan devorando libros de historia que relatan la gloriosa Europa como tierra de sacrificio, ilustración y progreso universal. Porque al final, en eso quedará Europa: convertida en historia.

No es conspiración. Es ajedrez puro y duro. Los grandes jugadores no pierden el tiempo en debates de salón sobre si el adversario es galgo o podenco: capturan, enrocan y rematan. España, como parte de esta Europa distraída y autocomplaciente, tiene la obligación urgente de despertar.

Es hora de dejar las casitas de muñecas y volver al tablero con seriedad. Porque mientras nosotros jugamos a ser buenos, el mundo ya está repartido. Y quien no juega… pierde.

  • Ignacio Trillo Arespacochaga es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared y de la Fundación Foro Libertad y Alternativa
comentarios

Más de Tribuna

tracking

Compartir

Herramientas