Cuando la libertad se disfraza de soga: el gran engaño iraní
Irán ya no se conforma con disfrazar la represión de libertad con túnicas fundamentalistas: aspira a recrear el antiguo imperio persa y erigirse como la voz internacional de los chiíes. Para tal propósito se apoya en un «Eje de la Resistencia»
«La libertad es el derecho del pueblo. La independencia de un país es un derecho de todos. No deben encarcelar a una persona e impedirle que hable libremente». Con esta consigna, el ayatolá Jomeini insufló esperanza contra la monarquía absolutista tras 37 años de represión. Casi medio siglo después, el fruto de aquella libertad ha crecido con un tronco autoritario y ramas fundamentalistas, controlado por una policía de la moralidad cuya finalidad es vigilar, aplicando mano de hierro y latigazos, los pañuelos y las sonrisas de sus ciudadanos.
La Revolución Islámica estalló el 7 de enero de 1978 y, tras un período de intensas protestas que se prolongaron durante algo más de un año, derrocó al sha Pahlavi e instauró la República teocrática de Irán, liderada por el propio Jomeini. En su momento, los principales aliados del régimen fueron los clérigos chiíes, el Movimiento Revolucionario de Liberación de Irán, el Frente Nacional y otras organizaciones islamistas radicales de izquierda, como los Fedayines del Pueblo, cuya finalidad era revestir su discurso marxista de argumentos religiosos.
Sin embargo, en pleno siglo XXI, este régimen no solo ha cambiado de aliados, sino que refuerza su propia autoridad financiando las sogas y los barrotes a través del buenismo de Occidente y su dependencia energética. Irán ya no se conforma con disfrazar la represión de libertad con túnicas fundamentalistas: aspira a recrear el antiguo imperio persa y erigirse como la voz internacional de los chiíes. Para tal propósito se apoya en un «Eje de la Resistencia» compuesto por los siguientes socios:
• Hezbolá (Líbano): fundado en 1982, ha estado implicado en decenas de atentados y secuestros desde su creación. Fue el grupo detonante de la Segunda Guerra del Líbano y es actualmente la principal potencia militar en ese país.
• Hamás (franja de Gaza): con más de 100 atentados de gran escala y miles de ataques con cohetes, destaca su autoría en la masacre del 7 de octubre de 2023, con más de 1.200 muertos israelíes, en su mayoría civiles.
• Yihad Islámica Palestina: organización con decenas de atentados desde 1981, centrados en Israel. Fue autora del asesinato del presidente egipcio Anwar el-Sadat, símbolo de su voluntad de «expulsar» a Israel.
• Movimiento Hutí (Yemen) y Ejército del Mahdi (Irak): ambos han dirigido sus ataques en la región para desestabilizarla, en consonancia con los intereses de Teherán.
El apetito de estos socios de coalición no se sacia con terrorismo contra el mundo libre y la civilización. Desde 1985, Israel e Irán libran un pulso persistente sobre la expansión del programa nuclear iraní, que encabeza esta coalición. Irán se adhirió al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) en 1970, comprometiéndose a no desarrollar armas atómicas en su territorio. El mecanismo de control que permite verificar esta no proliferación se basa en inspecciones periódicas del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
Este organismo ha señalado y sigue denunciando la falta de cooperación de Irán y la opacidad con la que opera su programa nuclear. Según este organismo Irán almacena más de 400 kg de uranio enriquecido al 60% que, en caso de refinarse al 90%, proceso técnico que puede realizarse en una semana, sería una cantidad de uranio equivalente para desarrollar hasta una decena de ojivas nucleares.
El avance de esta república islámica es inversamente proporcional a los derechos y libertades de su propio pueblo. Y representa, además, una amenaza directa para Occidente. Nuestra seguridad colectiva está en jaque. Un régimen que exporta terror, una república fundamentalista que impulsa la proliferación nuclear a nuestras espaldas y cercena con soga y cuero cualquier chispa de disidencia, no puede coexistir con un orden internacional basado en los valores que históricamente defendemos: derechos humanos, democracia y justicia.
Romper con esta tiranía no debe ser un acto caprichoso ni interesado: es una obligación moral y estratégica para cualquier democracia libre. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que los autócratas fundamentalistas que alzaron su puño ensangrentado en nombre de la emancipación sigan caricaturizando la libertad con las cadenas de su propia intolerancia?
Contra el terrorismo solo existe una alternativa. El resto es rendirse.
Ignacio Trillo Arespacochaga es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared y de la Fundación Foro Libertad y Alternativa