Sin miedo a Trump
Es evidente que su educación no es la más refinada ni su trayectoria personal la más ejemplar. Lo llamativo es que errores y miserias que se perdonan sin dificultad a otros –casi siempre demócratas– en Trump resultan imperdonables. El caso Lewinsky de Bill Clinton es un ejemplo revelador
Donald Trump despierta un rechazo inmediato en buena parte de la opinión pública europea. En Estados Unidos también ocurre, pero allí existe al menos algún medio que contrarresta las campañas permanentes de desprestigio, tergiversación y ridiculización que sufre. En Europa, y muy especialmente en España, la distorsión es casi total. La mayoría de los medios no informan: caricaturizan, exageran, sacan de contexto y convierten cada gesto del presidente estadounidense en motivo de escándalo.
El caso de la BBC y su controvertida edición sobre el asalto al Capitolio, que acabó con dimisiones en su cúpula, no fue un hecho aislado. Basta con seguir las noticias diarias de cualquier medio nacional para comprobarlo. Esta deformación no solo es injusta con Trump y con Estados Unidos; lo es también con millones de ciudadanos privados de la información necesaria para formarse un juicio propio.
Decir hoy en España que a uno le gusta Trump es exponerse al rechazo social, incluso familiar. A mí, a estas alturas, ese rechazo ya no me intimida, y por eso diré libremente lo que me inspira su figura.
Sigo a Trump desde su primera campaña de 2016. Ya entonces fue revelador observar cómo un outsider derrotaba a Hillary Clinton contra todo pronóstico. Le odiaban los medios de izquierda por desafiar el discurso relativista y woke que llevaban años propagando, y también una parte de la derecha tradicional y del Partido Republicano por no pertenecer al establishment. Fue un intruso que recordó que el sufragio pasivo no es patrimonio exclusivo de los profesionales del poder.
Ese outsider se atrevió además a plantar cara al influyente y sectario mundo de las universidades y al de los «artistas», especialmente los del cine, ambos mayoritariamente alineados con la izquierda más activista.
Desde entonces he contrastado lo que se publica sobre él con sus declaraciones originales, completas y en contexto. Y la brecha entre la realidad y el relato es abismal. Por eso me interesa observarlo sin prejuicios: no para idealizarlo ni ignorar sus defectos, sino para comprenderle a él y a los setenta y siete millones de estadounidenses que, con su voto en 2024, le devolvieron a la Presidencia.
Es evidente que su educación no es la más refinada ni su trayectoria personal la más ejemplar. Lo llamativo es que errores y miserias que se perdonan sin dificultad a otros –casi siempre demócratas– en Trump resultan imperdonables. El caso Lewinsky de Bill Clinton es un ejemplo revelador.
Trump muestra una determinación y una coherencia poco habituales. Puede parecer caótico; no improvisa. Actúa con mentalidad empresarial: fija objetivos, diseña estrategias y las ejecuta. Habla sin filtro y yerra a menudo en las formas, pero es consciente de que solo se equivoca quien hace cosas. En una era dominada por la retórica vacía y el miedo al qué dirán, eso resulta casi subversivo.
También en política internacional su actuación merece ser analizada sin prejuicios. El caso de Venezuela es significativo. La extracción y detención de Maduro, la liberación progresiva de presos políticos y una transición tutelada están evitando un escenario de guerra civil que fácilmente se habría producido de haberse descabezado el Estado de golpe. Basta compararlo con las consecuencias de las intervenciones de Bush y Obama en Irak y Libia.
Su labor pacificadora, tanto en esta legislatura como en su anterior, es indiscutible, aunque apenas se le reconozca. Es cierto que la guerra de Ucrania no ha terminado aún, pero en Gaza, aunque todavía sin solución total al conflicto cronificado, en septiembre Trump logró poner fin a una guerra abierta y devastadora cuyas consecuencias habrían sido absolutamente desastrosas. Creo probables, además, nuevas intervenciones suyas, no tanto entre estados como dentro de países fracturados, en escenarios como Irán, Cuba o incluso Nigeria (por las persecuciones y matanzas a cristianos), con consecuencias efectivas. Tiempo al tiempo. Pensar que detrás de sus decisiones no hay una gran estrategia es, como mínimo, ingenuo.
Su ambición por Groenlandia debe entenderse también desde esa mentalidad estratégica que tiene. Decía él mismo en Davos que la historia está llena de anexiones e incorporaciones territoriales: Estados Unidos compró Alaska a Rusia en 1867 y las Islas Vírgenes precisamente a Dinamarca en 1917. Puede sonar a nacionalismo anexionista, pero no es un fenómeno extraño. Tampoco me sorprenden, en ese contexto, sus provocaciones retóricas sobre Canadá.
¿No ha ido la Unión Europea incorporando estados también para intentar ganar peso y competitividad? No es una anexión en sentido clásico, pero sí una ampliación estratégica de poder.
En un mundo nuevo y cambiante, con grandes potencias militares como China, Rusia o la India –que no se rigen por los valores de las democracias liberales– y con una Europa debilitada, prefiero que Estados Unidos siga siendo la primera potencia mundial y militar. La alternativa no es un mundo más justo, sino uno más inestable y peligroso.
A mí Donald Trump no me asusta. Más miedo me da un Occidente sin nadie capaz de revertir esta deriva.
- Miguel Boronat Roda es consultor y empresario