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TribunaPedro Manuel Hernández López

Estrecho de Ormuz: el verdadero 'misil' de Irán

Occidente haría bien en dejar de mirar exclusivamente a los misiles iraníes y empezar a prestar atención a esta palanca geoestratégica mucho más eficaz. Porque, en última instancia, el poder no siempre se mide en capacidad de destrucción directa, sino en la capacidad de alterar el equilibrio del sistema global

En el tablero geopolítico de Oriente Medio –donde los misiles balísticos, los drones y las «milicias proxy» acaparan grandes titulares– si existe un arma mucho más silenciosa, pero infinitamente más eficaz y más peligrosa que cualquier misil de largo alcance, esta es el estrecho de Ormuz. No hace ruido, no deja cráteres, pero tiene la capacidad de poner en jaque a la economía mundial en cuestión de días. Irán lo sabe y lo explota como una amenaza latente en la sombra y que no necesita materializarse para ser terriblemente devastadora.

El estrecho de Ormuz es una angosta vía marítima –de apenas 33 kilómetros en su punto más estrecho– que conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el océano Índico. Por sus aguas transita aproximadamente un largo 20% de todo el petróleo que se consume en el mundo. No es un dato más: es la arteria principal del sistema energético global. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak… todos dependen de ese embudo para exportar su crudo. Y en la orilla norte de ese embudo está Irán.

Desde hace décadas, la Guardia Revolucionaria Islámica ha desarrollado una doctrina clara: si el Gobierno de los Ayatolás no puede competir con Estados Unidos o Israel en tecnología militar punta y convencional, puede, en cambio, estrangular el flujo energético global. No necesita ganar una guerra; le basta con hacerla demasiado costosa para el resto del mundo.

Irán ha invertido en capacidades diseñadas específicamente para el entorno del estrecho: misiles antibuque, minas navales, enjambres de lanchas rápidas, drones de ataque y submarinos de pequeño tamaño. No es casualidad. El estrecho de Ormuz es un escenario ideal para la guerra asimétrica. Su estrechez reduce la escasa maniobrabilidad de los grandes petroleros y de las flotas militares, convirtiéndolos en blancos muy vulnerables.

Pero la verdadera fuerza de esta 'arma' no reside tanto en su uso como en su mera existencia. Cada vez que Teherán amenaza con cerrar el estrecho, los mercados reaccionan. El precio del petróleo se dispara, las bolsas tiemblan, y las cancillerías occidentales se apresuran a pedir contención. Es un «chantaje geoestratégico» de manual, ejecutado con alta precisión quirúrgica.

Estados Unidos, por supuesto, mantiene una presencia naval constante en la zona, con la V Flota de Estados Unidos como único garante de la libertad de navegación. Sin embargo, incluso la mayor potencia militar del mundo sabe que asegurar completamente el estrecho en caso de conflicto no sería ni fácil ni rápido. Bastarían unos pocos días de interrupción para provocar un gravísimo shock energético global.

Europa, mientras tanto, observa con una mezcla de dependencia y ceguera estratégica. Su transición energética no ha eliminado su vulnerabilidad: simplemente la ha diversificado. Y en ese contexto, el estrecho de Ormuz sigue siendo un punto crítico cuya máxima estabilidad depende –en última instancia– de un régimen como el de la «República Islámica» de Irán, que no duda en instrumentalizar la tensión para reforzar su posición interna y externa.

El precedente histórico refuerza esta amenaza. Durante la guerra Irán-Irak –en los años 80– la llamada «guerra de los petroleros», demostró hasta qué punto el tráfico marítimo en el Golfo puede convertirse en objetivo militar. Desde entonces, los incidentes –ataques a los buques-cisterna, incautaciones y sabotajes– han sido siempre constantes recordatorios de que la estabilidad en la zona es, en el mejor de los casos, precaria.

Lo inquietante es que este 'arma' no requiere una declaración formal de guerra. Basta con una esporádica escalada controlada o una serie de incidentes ambiguos, para generar un efecto dominó. Irán puede negar su implicación directa mientras el mercado reacciona como si el cierre fuera inminente. Es la guerra híbrida aplicada a la energía.

En este contexto, la pregunta no es si Irán puede cerrar o no el estrecho de Ormuz, sino durante cuánto tiempo podría hacerlo y a qué coste para el resto del mundo. Y la respuesta es incómoda: el tiempo suficiente como para causar un daño significativo irreparable y cuyo coste sería global.

Occidente haría bien en dejar de mirar exclusivamente a los misiles iraníes y empezar a prestar atención a esta palanca geoestratégica mucho más eficaz. Porque, en última instancia, el poder no siempre se mide en capacidad de destrucción directa, sino en la capacidad de alterar todo el equilibrio del sistema global.

Y en ese terreno, Irán juega con ventaja. No necesita disparar para ganar. Le basta con cerrar –o amenazar con cerrar– la llave del petróleo mundial. Ese es su mejor y más destructivo misil: el estrecho de Ormuz.

  • Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado, lcdo. en Periodismo, ex diputado regional y ex senador autonómico del PP por Murcia
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