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TRIBUNAGONZALO MARTÍNEZ CAMINO

La luz y las tinieblas

Su estrategia es presentarse, encuentro tras encuentro, como un «buen pastor» de la grey católica. Él «se humilla» para que sean los demás los que «le ensalcen», los que le inviten a sus casas, los que le confiesen sus secretos, los que le pidan consejo. Así es como consigue poder, ganándose la confianza de sus vecinos mostrándose como no es

«En el principio existía el verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió» (San Juan 1-5).

En estos versículos se repite la palabra «verbo». El término original griego es «logos». Este nos remite a tres conceptos distintos: «razón», «palabra» y «consciencia». Esta polisemia nos muestra los vínculos entre cuatro aspectos esenciales de la naturaleza humana. Dado que somos una especie 1) social, nos resulta necesario desarrollar una forma de comunicación eficaz y sutil, 2) el lenguaje verbal, y 3) un agudo entendimiento tanto de nuestro entorno como de nuestro dintorno; nuestra inteligencia, nuestra comunicación verbal, nuestra vida social forman el humus evolutivo del que brotó 4) nuestra consciencia de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Ahora comprendemos mejor la relación entre Luz y verbo.

¿Cómo ha entendido la Modernidad Occidental esta «luz»? A partir de la publicación de los Principia de Newton, el rigor y la verificación se consideraron la postura por defecto ante el conocimiento de la realidad. Pronto se entendió que la evidencia empírica y la inferencia lógica a partir de la misma eran el fundamento de todo conocimiento genuino: las explicaciones deben basarse en manifestaciones positivas alejadas de esclarecimientos teológicos o metafísicos fundados en verdades eternamente validadas de origen divino.

Dios pasa a ser, primero, una hipótesis innecesaria y, pronto, un obstáculo. En consecuencia, si lográramos ubicar a la teología natural, dentro de la gran biblioteca, como diría Borges, en la sección de la literatura fantástica, en breve todos los seres humanos serían capaces de acercarse a la experiencia de la realidad con una mente abierta, racionalista, empirista y matematizante. El siguiente paso sería afrontar los asuntos morales y políticos con la misma predisposición. En conclusión, «la luz de los hombres» no podía ser una razón humana enraizada en Dios.

Sin embargo, este optimismo positivista pronto deja paso al pesimismo de un Nietzsche o de un Dostoievski: una cosa es responder a la pregunta de qué es el mundo y otra acertar a encontrar el sentido de la vida y a saber cómo vivir en el mundo. Así las cosas, Nietzsche nos enfrenta a la necesidad de convertirnos en superhombres que respondan estas preguntas sin ser iluminados por una luz divina.

No obstante, la historia del S. XX nos confirma nuestro fracaso: el Somme, Verdún, el Ebro, Stalingrado, Auschwitz-Birkenau, Vorkutá, Treblinka, Kolymá, Pol Pot, etc. nos dicen que desterrar a Dios de nuestras vidas no nos ha hecho ni más sabios ni más libres ni más verdaderos, sino los mayores carniceros de la historia de la humanidad.

Sin embargo, el resultado de esta «verificación» no ha llevado a Occidente a desconfiar de una cosmovisión pro-atea y materialista, sino a desconfiar de la razón. Por otro lado, tal como postulan Derrida o Foucault, tampoco debemos fiarnos del lenguaje verbal: al intentar comunicar nuestra experiencia de la realidad, la pensamos a través de sus estructuras; ahora bien, éstas no son dispositivos neutros, sino algo que emerge de la historia humana. Esta es un diálogo constante entre sujetos, pero es un diálogo pervertido por la voluntad de poder de los mismos. En tal caso, la comunicación verbal nos impide el acceso a la verdad porque articula nuestra experiencia mediante una estructura creada de acuerdo con un ansia de engaño y de dominio. Por lo tanto, el verbo humano se muestra como una herramienta para la persuasión del otro y la perpetuación de estructuras de poder. Así, ingresamos en la época de la posverdad: se trata de vivir como si la verdad no importara.

Veamos un ejemplo. En La regenta, Clarín crea el personaje de Don Fermín de Pas, el magistral de la catedral de Vetusta. Este se mueve como pez en el agua en los cenáculos aristocráticos de esta ciudad. Su estrategia es presentarse, encuentro tras encuentro, como un «buen pastor» de la grey católica. Él «se humilla» para que sean los demás los que «le ensalcen», los que le inviten a sus casas, los que le confiesen sus secretos, los que le pidan consejo. Así es como consigue poder, ganándose la confianza de sus vecinos mostrándose como no es. Es esta falsedad su principal fuente de sufrimiento espiritual, sufrimiento que derrama sobre los demás.

La Regenta puede ser leída como una deslumbrante indagación sobre la relación entre el espíritu y la falsedad. La buena sociedad vetustense se desvive por dejarse engañar por las escenificaciones de don Fermín. Podrían haber optado por el buen corazón del obispo, un auténtico pobre de espíritu, pero esa «pobreza» les desagrada. Como señala Baudrillard, nadie es seducido, si primero no anhela serlo.

Por lo tanto, cuando oímos el eco postmoderno de la pregunta de Pilatos «¿qué es la verdad?», podemos contestar que la Verdad es lo que nos libera del sufrimiento en el que viven Fermín de Pas y sus seguidores, es la luz entre las tinieblas. Sin embargo, si el origen de las tinieblas está en nuestra naturaleza imperfecta, ¿cómo, al mismo tiempo, vamos a encontrar en nuestro entendimiento y en nuestras palabras la luz? Si ni siquiera nos conocemos bien a nosotros mismos, ¿cómo vamos a conocer la Verdad que nos libere?

No obstante, ¿cómo podemos saber que vivimos en las tinieblas? Porque «más allá» captamos la luz, el único «agua» que sacia nuestra sed espiritual. Si no supiéramos que esta existe, tampoco sabríamos que vivimos rodeados de aquellas. Esta luz se eleva sobre el abismo de la historia humana y, por lo tanto, sólo puede brotar insuflada desde «algo» que transciende nuestra existencia, pero que sopla sobre la misma inspirándola, orientándola, dándole un sentido, el logos. Nuestra raciocinio y nuestra lenguaje verbal vienen de Dios y a él quieren volver. No sólo la fe nos muestra el camino; también, pero no sólo.

Es comprensible que la brutal historia de la Humanidad pueda aparecer como un sindiós. Pero hay algo más. Cuando san Maximiliano María Kolbe les dice a sus captores nazis que lo ejecuten a él en lugar de a una víctima con hijos de los que cuidar, aquellos acceden y Maximiliano María sufre el martirio. He ahí una conducta guiada por la voluntad de poder, la de los verdugos, pero he ahí también la otra, la guiada por la luz, la de los santos. Al fin y al cabo, el poder es la capacidad para conseguir que los otros hagan lo que tú quieres que hagan. Sin embargo, ¿cómo vas a manipular a personas como Francisco de Asís o Ignacio de Loyola? Estos individuos también forman parte de la historia humana y son manifestación de la misericordia divina ante nuestros errores.

Hemos querido matar a Dios para liberar nuestra razón y con esto sólo hemos conseguido caer en la sinrazón de nuestra falsedad y nuestra sed de dominio. A partir de ahí, hemos decidido culpar a la razón y al verbo humanos. No, la culpa es de nuestro orgullo. La prueba viviente son las conductas de San Maximiliano, San Francisco, San Ignacio… una legión para la que el logos divino es la luz que ilumina su entendimiento y su conciencia.

Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos.

Gonzalo Martínez Camino es Profesor Contratado y Doctor en Lengua Española del Dpto. de Filología de la Universidad de Cantabria

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