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La educación en la encrucijadaFrancisco López Rupérez

El esfuerzo compensa las desigualdades

Desde argumentos morales, y no sólo económicos, el desafío para nuestro sistema no reside, pues, en cómo evitar el esfuerzo de los alumnos en desventaja social, sino en cómo facilitarlo e incentivarlo, potenciando en ellos el entrenamiento y la motivación tanto extrínseca como intrínseca

La relación entre el esfuerzo y la igualdad de oportunidades define una problemática no menor que ha sido abordada desde la filosofía y la economía políticas. Pero merece la pena traer a colación la visión del reputado economista e investigador sociopolítico norteamericano John E. Roemer, debido a su importancia y a la incrustación que comporta de la idea de esfuerzo en el proceso de evolución histórica de la noción de igualdad de oportunidades.

Según Roemer, el concepto de igualdad de oportunidades se inscribe en un contexto en el que los individuos son, en parte, el resultado de circunstancias moralmente arbitrarias –de las que ellos no serían responsables– y, en parte, el resultado de otros factores vinculados a la responsabilidad individual que se incluyen en la categoría de ‘esfuerzo’. Circunstancias y esfuerzo poseerían, por lo tanto, distinto estatus moral: las diferencias individuales generadas por las ‘circunstancias’ serían éticamente inaceptables, mientras que las debidas a distintos ‘esfuerzos’ serían justificables.

Una de las matizaciones relevantes de la posición de Roemer y de sus seguidores consiste en reconocer que no siempre circunstancias y esfuerzo constituyen variables separables, sino que en ciertos contextos el propio esfuerzo puede estar influido, en alguna medida, por las circunstancias. Éste es el caso, por ejemplo, de la educación escolar en el que las circunstancias, tanto familiares como escolares, pueden influir sobre el esfuerzo, tal y como la evidencia empírica viene demostrando reiteradamente.

En una columna anterior abordamos la problemática de la vinculación existente entre el facilismo educativo y la trampa de la pobreza, y subrayamos la responsabilidad de las políticas educativas y escolares a la hora de operar sobre ese factor individual francamente relevante para explicar no sólo el rendimiento escolar de los alumnos, sino también su futuro laboral desde la perspectiva de la equidad.

La consideración de esta misma problemática en la presente columna se justifica por la reciente publicación de un trabajo que lo trata desde una perspectiva sociológica. Así, el sólido estudio de Radl et al. The Social Origins of Effort: How Incentives Reduce Socioeconomic Disparities Among Children, publicado en enero de 2026 en la prestigiosa revista American Sociological Review, aborda la cuestión de los orígenes sociales del esfuerzo desde diferentes aproximaciones metodológicas, y proporciona algunas pistas que son de utilidad para el mundo de la educación escolar.

En nuestra columna más arriba citada, destacábamos una muestra significativa de evidencias convergentes procedentes de los ámbitos de la Educación, de la Economía aplicada y de la Genética del comportamiento, que refuerzan la existencia de una interacción entre el nivel socioeconómico de las familias y la propensión al esfuerzo por parte de los alumnos. A esta aproximación pluridisciplinar se suma, ahora desde la Sociología, la reciente investigación de Radl et al.

Sobre la base de un extenso análisis teórico preliminar, seguido de un diseño experimental efectuado sobre una muestra formada por 1.360 niños de quinto curso de Educación Primaria de Madrid y de Berlín, los citados investigadores concluyen que aun cuando las diferencias entre niños de nivel socioeconómico alto y bajo, en la decisión de realizar o no una tarea simple pero exigente, son modestas, esas diferencias asociadas al origen socioeconómico, en cuanto a la cantidad de esfuerzo ejercido en la tarea –intensidad del esfuerzo–, se amplifican significativamente cuando no hay recompensas extrínsecas en juego.

La hipótesis de partida del estudio es que existiría una asociación positiva y sólida entre el nivel educativo de los padres y la intensidad del esfuerzo. Aun cuando la investigación revela que esta brecha inicial entre nivel socioeconómico y esfuerzo es de tamaño moderado, se reduce sustancialmente al introducir incentivos extrínsecos; incentivos a los que parecen ser más sensibles los alumnos de bajo nivel socioeconómico. Como concluyen los autores «(…) ni siquiera el esfuerzo individual parece inmune a la influencia de los orígenes socioeconómicos». Una idea similar emerge del trabajo de Brown et al. (2025) que ha puesto de manifiesto, mediante análisis causales, que la «resistencia cognitiva» –persistencia en el esfuerzo– es inferior en los alumnos socialmente desaventajados.

Una investigación amplia desarrollada al respecto en el marco de la Cátedra de Políticas Educativas de la Universidad Camilo José Cela, junto con los profesores Constante Amores y Moraleda Ruano, para alumnos españoles de 15 años y utilizando metodologías e instrumentos de análisis diferentes de los empleados por Radl et al., apunta en una dirección similar. Así, por ejemplo, en un estudio de «minería de datos» ya realizado y en trámite de publicación, hemos puesto de manifiesto empíricamente que la perseverancia en el esfuerzo se asocia con una ventaja apreciable en el rendimiento escolar. Pero, además, esa ventaja se hace especialmente relevante cuando se consideran únicamente los estudiantes de bajo nivel socioeconómico y cultural. Dentro de este grupo social, los alumnos que presentan una mayor perseverancia en el esfuerzo llegan a sobrepasar en tres cursos de ventaja académica en comprensión lectora a los de menor perseverancia. Pero, además, estos alumnos de bajo nivel socioeconómico y cultural pero perseverantes logran ponerse a la par, en cuanto a rendimiento, de los del nivel socioeconómico medio. Se revela, así, sobre una base empírica, el potencial claramente compensatorio que supondría operar en España sobre el factor perseverancia en el esfuerzo desde el medio escolar.

El corolario de todo lo anterior, formulado en modo interrogativo, es el siguiente: ¿Cuánta evidencia empírica más será necesaria para que las políticas educativas españolas sean sensibles a dicha evidencia? Y ¿cuánta ideología menos?

Desde argumentos morales, y no sólo económicos, el desafío para nuestro sistema no reside, pues, en cómo evitar el esfuerzo de los alumnos en desventaja social, sino en cómo facilitarlo e incentivarlo, potenciando en ellos el entrenamiento y la motivación tanto extrínseca como intrínseca. Ésta habría de ser una de las contribuciones básicas e ineludibles del sistema educativo a la igualdad de oportunidades, mediante la modificación, a través de la institución escolar y por mediación del esfuerzo, de esas circunstancias de las que, según Roemer, el sujeto no es moralmente responsable, pero que, de acuerdo con la evidencia, condicionan los resultados.

Sin ese puente necesario, que es la escuela, entre las circunstancias de partida de los alumnos vulnerables y esas actitudes –esfuerzo– empíricamente relevantes para su éxito escolar y laboral, estos alumnos dependerán sustancialmente de sus propios recursos para atravesar las aguas turbulentas del rio de la vida.

  • Francisco López Rupérez es director de la Cátedra de Políticas Educativas de la UCJC y expresidente del Consejo Escolar del Estado

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