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Hamnet y la reivindicación de Anne Hathaway

Hamnet narra una muerte conocida de antemano por el público. Hay dolor ante la pérdida de un hijo; ante lo irremediable; ante lo que pudo ser y ya nunca será, y su impacto en cada miembro de la familia y cómo el genio transforma un duelo tan íntimo, inmortalizando a su hijo en Hamlet

En mayo de 2023 se estrenó en Stratford-upon-Avon la adaptación teatral de Hamnet a cargo de la 'Royal Shakespeare Company', fundada en 1879 para preservar el legado del dramaturgo más famoso del mundo, lo que supuso un espaldarazo a la novela homónima de Maggie O’Farrell. La versión cinematográfica, dirigida por Chloé Zhao, y en cuyo guion participó la propia O’Farrell, supone una enmienda a la totalidad a la oscarizada película de John Madden, Shakespeare in Love.

La novela no la protagoniza Hamnet, el hijo de Shakespeare fallecido a los once años que da título a la obra, sino su madre, Anne Hathaway, a quien O’Farrell llama Agnes, nombre con el que figuraba en el testamento de su padre. Sin pontificar, con una prosa limpia y sobria, O’Farrell se suma al movimiento que reivindica a la esposa de Shakespeare, poco favorecida por los biógrafos del bardo.

Los datos corroborados de la vida de Shakespeare son mínimos, obtenidos principalmente de registros. Cualquier biografía se basa en hipótesis, conjeturas o mera ficción y algunos sonetos han contribuido a teorías sobre una supuesta doble vida. En cuanto a su mujer, cada biógrafo ha creado una Anne Hathaway según su conveniencia. Hasta el reputado académico Stephen Greenblatt, considerado la máxima autoridad en Shakespeare y en literatura renacentista inglesa, cae en la especulación afirmando que tres años después de su obligada boda por el embarazo de Anne, Shakespeare se las habría ingeniado para escapar a Londres porque, pese al precedente de Enrique VIII, el divorcio no estaba generalizado.

El primer teatro londinense se construyó en 1576, durante el reinado de Isabel I, al que siguieron otros; todos ellos en las afueras de la ciudad, lejos de la autoridad puritana de la alcaldía de Londres que los veía como promotores de algaradas y vida licenciosa. Las mujeres no podían acudir solas como espectadoras, ni actuar, y sus papeles solían ser representados por niños. El ambiente poco adecuado y la ausencia de parientes cercanos podrían justificar que la familia no acompañara a Shakespeare en la capital. Sus visitas y su retiro a la casa familiar que compró en Stratford-upon-Avon parecen desmentir que se hubiera desentendido de los suyos.

Ese ambiente poco recomendable para mujeres lo trae Virginia Woolf en su ensayo Una habitación propia. Woolf ilustra la falta de oportunidades para las mujeres imaginando, precisamente, a una hermana de Shakespeare llamada Judith, con el mismo talento que William, que huye a Londres para trabajar en el teatro. Woolf especula sobre cómo la aventura imaginaria de Judith en aquella farándula masculina habría acabado en tragedia.

Anne Hathaway ocupa un espacio misterioso entre la vida y la obra de Shakespeare del que ha salido ignorada o, peor aún, vilipendiada, por una visión misógina que presenta al escritor atrapado en un matrimonio sin amor. Entre los trabajos que han aparecido en los últimos años para reivindicar su figura destaca la biografía-ficción La esposa de Shakespeare, de Germaine Greer, que O’Farrell cita en los agradecimientos de su novela. En esa línea, Hamnet es también un acto de reparación.

Tanto la novela como la película la presentan como una mujer singular: amorosa y sensible, dedicada a su familia y que ejerce como curandera con los suyos. Su marido, el genio de las letras, ni siquiera es mencionado por su nombre, convirtiéndose en un actor secundario a la sombra de la protagonista, como lo ha sido ella a lo largo de la Historia.

Hamnet narra una muerte conocida de antemano por el público. Hay dolor ante la pérdida de un hijo; ante lo irremediable; ante lo que pudo ser y ya nunca será, y su impacto en cada miembro de la familia y cómo el genio transforma un duelo tan íntimo, inmortalizando a su hijo en Hamlet, la tragedia más famosa de las letras inglesas, basada en una leyenda danesa con el mismo nombre del siglo XII y una versión posterior –Ur Hamlet– atribuida a Thomas Kydd. Tanto en papel como en la pantalla, la historia cautiva y emociona, no solo porque un dolor tan profundo nos conmueve, sino por la delicadeza y el exquisito tratamiento de algo tan contranatura como es enterrar a un hijo.

Se non è vero è ben trovato. Bienvenidas sean todas las ficciones, relecturas, reinterpretaciones y reescrituras de los clásicos porque eso es, precisamente, lo que los hace inmortales y siempre vigentes.

  • María José López de Arenosa es filóloga y miembro de la Junta Directiva de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles
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