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Desde la retaguardiaMiquel Segura

'Es Fàs' en Sa Pobla: una algarabía perdida en la Semana Santa mallorquina

La leyenda de 'Pixedis' y los orígenes de esta desaparecida manifestación popular marcaba el Miércoles y Jueves Santo que ya no tiene cabida en la Mallorca de hoy

En Mallorca hay tradiciones de Semana Santa desaparecidas. Unas felizmente, ya que rememoraban los oscuros tiempos de la Inquisición, cuando descendientes de judíos conversos, moriscos y supuestas brujas daban con sus huesos en la hoguera.

Sa Pobla -entre otras localidades mallorquinas- organizaba una ruidosa manifestación popular, en la que la protagonista era la chiquillería, conocida como es Fàs. La marcha salía a primeras horas de la tarde del Miércoles y Jueves Santos y en los tiempos más lejanos la organizó un personaje mítico: el atleta Pere Crespí, Pixedis, cuya marca como corredor superó a la de Zatopeck y que ganó muchas apuestas al salir corriendo tras el tren dándole unos minutos de ventaja y alcanzándolo antes de llegar a la estación de Muro.

Pero Pixedis -que tuvo como emulo a su hijo del mismo nombre- sufrió un accidente laboral: una máquina agrícola le cercenó una pierna a la altura del muslo, acabando así con su carrera de deportista. Pero siempre, hasta sus últimos días, organizó el Fàs, que era un acto a medio camino entre una celebración religiosa y una manifestación callejera en la que, tras el bullicio infantil y el estruendo, latía un ancestro de violencia De hecho, en el diccionario enciclopédico Alcover Moll se puede leer al respecto que los participantes en El Fàs se echaban a la calle «en la creencia de que así mataban a los judíos».

Pere Crespí dirigía la marcha de chicos y chicas, en cuyo centro destacaba el rumbo gros, que era una especie de carro semejante al que, en los Autos de Fe, conducían a los condenados hasta el lugar del suplicio. En aquel rudimentario vehículo se colocaba a los infantes menudos, incapaces todavía de soportar la larga marcha. Los mayores -algunos mucho más que adolescentes- llevaban gruesas ramas de palmera, mientras que los chicos arrastraban los rumbos petits, unos artilugios con ruedas que al avanzar emitían un sordo ronquido, profundamente desagradable. Para las niñas quedaban las roncadores, que se llevaban en la mano y que al girar sobre sí mismas, contribuían al estruendo general.

Los participantes en El Fàs se echaban a la calle en la creencia de que así mataban a los judíos

La marcha derivaba fácilmente en actitudes que hoy denominaríamos incívicas. Los grandullones golpeaban violentamente el suelo con las ramas secas. Si había llovido las salpicaduras de agua sucia y fango llegaban a varios metros a la redonda -dejando a los chicos y chicas pringados, para su gran regocijo- ensuciando incluso a los transeúntes y las fachadas de las casas. Si no era el caso, una nube de polvo -las calles no estaban entonces asfaltadas- cubría buena parte del pueblo. Los más gamberros golpeaban también los rumbos, dejándolos destrozados, para disgusto de sus propietarios. Todo contribuía a que la procesión -si es que podía llamarse así- provocara una gran algarabía.

Es Fàs acababa en el recinto conocido antes como es Sagrat, que es en realidad la plazuela que da acceso al templo parroquial. Allí los recibía el cura ecónomo -la gente recuerda especialmente al rector Palou, -otro personaje muy peculiar- que soltaba un sermoncito a la derrengada tropa, les obsequiaba con una cucharadita de confites de distintos colores y les entregaba una piadosa estampa. Los dulces se repartían en una cucharilla, de manera que la higiene, de la que entonces andábamos tan faltos, debía ser totalmente inexistente.

El estruendoso evento se celebró hasta finales de los años 50 o principios de los 60. Posteriormente, en la década de los 80, Pere Pixedis (hijo) convenció al alcalde Antoni Torrens para recuperar la tradición. Se logró durante un año pero las protestas del vecindarios unidas a algún consejo -pienso que proveniente de Alexandre Ballester- acerca de los oscuros orígenes del Fàs convencieron al primer edil de la inconveniencia del mismo. Actualmente, sólo los más viejos del lugar recordamos una tradición que no honraba precisamente a sus organizadores. A los críos de entonces no se les puede dar la culpa de nada, qué iban a saber ellos.

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