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En primera líneaJosé Antonio García-Albi

La hora de la monarquía

Ante el ataque que está sufriendo nuestra democracia y nuestro régimen constitucional por parte del frente populista, etarras incluidos, lo mejor que podemos hacer los ciudadanos libres que formamos la nación española es apoyar nuestra monarquía parlamentaria

Uno de los hitos que pretenden alcanzar con la agenda que sufrimos, diseñada para España por socialistas y nacionalistas, y que tuvo su pistoletazo de partida el 11 de marzo de 2004, es acabar con la monarquía parlamentaria que disfrutamos. Para ello se sirven de argucias legales ilícitas, como la ley de memoria democrática, y de argumentos falsos y demagógicos que hay que desmontar. Una de las artimañas que utilizan es la tontería de insinuar que nuestra monarquía es una herencia del franquismo y, por lo tanto, tendría un vicio de origen en cuanto a su legalidad democrática; los que eso dicen harían bien en buscar herencias franquistas entre sus filas en lugar de decir sandeces. Nuestra monarquía cuenta con todas las legitimidades existentes y posibles.

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El Debate (asistido por IA)

La primera de ellas podría ser la legitimidad legal. Y ello por dos motivos. El primero es que cuando en 1931 el Rey Alfonso XIII salió de España para no «lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil» por su causa, no suspendió el ejercicio del poder, ni hizo renuncia o abdicación alguna de sus derechos y de los de la corona. Esto tiene unos efectos legales concretos, porque su monarquía se fundamentaba legalmente en la Constitución de 1876 en vigor cuando salió al exilio y de la nunca hizo renuncia. Lo que sí que fue ilícito fue la declaración de la II República el 14 de abril de 1931, tomando como base unas elecciones para elegir concejales y no para fundamentar un régimen político. A esto hay que añadir que el proceso de enterrar los principios y leyes fundamentales del franquismo y el de restaurar una monarquía parlamentaria, se llevó a cabo con un escrupuloso respeto a la legalidad mediante aquel camino «de la ley a la ley, a través de la ley» diseñado por Torcuato Fernández Miranda y ejecutado por D. Juan Carlos y Suárez; no hay absolutamente nada que permita decir que quedó algo de herencia del franquismo; sus leyes y principios fundamentales fueron enterrados con la Ley para la Reforma Política aprobada en referéndum. Legitimidad legal.

Con la abdicación de Don Juan III, Conde de Barcelona, en 1977 antes de las primeras elecciones democráticas, Don Juan Carlos accedió a la legitimidad dinástica e histórica. Derechos históricos y dinásticos a los que Alfonso XIII nunca había renunciado y que cedió a su hijo Don Juan en 1941. Tras ello, con el referéndum del 6 de diciembre de 1978 por el que se aprueba la Constitución Española, la corona adquiere también legitimidad democrática. Todos esos atributos de legitimidad legal, histórica, dinástica y democrática se los entregó Don Juan Carlos I a su hijo Felipe VI con su abdicación en el 2014.

Otra de las falsedades con las que se suele atacar a la monarquía es su supuesto carácter no democrático debido a su inherente principio hereditario. Nada tiene que ver una cosa con la otra. Limitar la democracia a un sistema de elección es devaluar la misma. La democracia es un modelo de gobierno destinado a garantizar unos bienes de mayor valor e importancia que ella misma; las libertades y los derechos individuales, y esto no tiene relación alguna con el carácter hereditario de la Corona, de hecho, esa circunstancia protege la independencia y neutralidad de la jefatura del Estado y es la mejor garantía para una democracia. El Rey y sus sucesores, al serlo de todos los españoles, pueden arbitrar, moderar y representar a la nación, ajenos a las influencias partidistas.

Al fin y a la postre, los candidatos a presidente de una república se eligen entre un pequeño grupo de personas seleccionadas por los comités, órganos o grupos de militantes de los partidos, no por el pueblo. El estar supeditado, en su caso, a intereses partidistas no aporta independencia, por lo que ninguna calidad democrática tiene que envidiar la monarquía a esos otros sistemas políticos. En el caso de España, se me ponen los pelos como escarpias de imaginar a unos personajes como Rodríguez Zapatero ejerciendo de presidente de la república, con Pedro Sánchez de jefe de gobierno; uno se despierta súbito de la pesadilla. Pero también me ocurre lo mismo al pensar en el candidato de algún partido, negociando con nacionalistas vascos y catalanes el apoyo de su electorado a su candidatura presidencial; pensemos que zonas pobladas como Vascongadas y Cataluña no presentarían candidatos a presidir una no deseada república, pero podrían pedir a su electorado el voto para algún candidato concreto en función de negociaciones basadas sólo en sus intereses regionales. Vamos sería la antítesis de la democracia, pero eso es lo que están buscando socialistas y nacionalistas con su agenda; expulsar a más de la mitad de los españoles.

Ante el ataque que está sufriendo nuestra democracia y nuestro régimen constitucional por parte del frente populismo, etarras incluidos, lo mejor que podemos hacer los ciudadanos libres que formamos la nación española es apoyar nuestra monarquía parlamentaria como el mejor sistema de gobierno y a su titular actual S.M. El Rey Felipe VI que lo es de todos los españoles, además de ser «Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones». Esto de ser símbolo de su unidad y permanencia no es algo baladí, lo voy a explicar con el ejemplo de otra monarquía como es la británica. El Reino Unido no tiene una constitución escrita y su corona, entre otras muchas cosas valiosas, se caracteriza por ofrecer grandeza, boato, o por usar el título de la música con la que el monarca apertura el parlamento, 'Pompa y Circunstancia'. Eso es así porque esa simbología, esos símbolos, encierran significados importantes como la función de servicio, protección y amparo por parte de la Corona a su pueblo. Aquí, con la solemne ceremonia de coronación del Rey, este jura respetar la Constitución así como guardar y hacer guardar sus preceptos. Y esto lo hace con la mejor preparación posible, realizada durante su formación como Príncipe y ajeno a la los intereses de partidos, teniendo presente tan solo a los españoles por ser el Rey de todos ellos. En estos momentos de ataques a la institución y a nuestra democracia, sería muy necesario para todos, Don Felipe incluido, contar también con la presencia, ayuda y el recuerdo histórico que genera Don Juan Carlos I.

Ahora bien, si el Rey tiene todas esas cualidades, atributos y forma de desempeñar sus reales funciones, también debiera tenerlas el Jefe de su Casa. Creo que en Zarzuela debieran hacerse mirar la actuación del Jefe de La Casa Real. El actual titular de esa jefatura debiera limitarse a hacer los experimentos con gaseosa y no poner en escena numeritos más propios de un Josep Borrel cualquiera, por ejemplo.

Majestad, con el gran respeto que tengo a usted y a la corona, antes de gritar viva el Rey, estando a sus órdenes y dada la gravedad de las situación actual, me permito suplicarle que tome cartas en el asunto del Jefe de su Casa. ¡Viva el Rey!

  • José Antonio García-Albi Gil de Biedma es empresario
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