Desde la retaguardiaMiquel Segura

Mallorquines: extranjeros en nuestra propia casa

Para ellos, Mallorca es como un gran portaaviones anclado en el Mediterráneo occidental, en el que se puede vivir, trabajar y organizarse socialmente como si los nativos no existiésemos

No sé si en esta pecadora sesión les he comentado lo que yo llamo «el síndrome del portaaviones». Lo experimentan muchos peninsulares o extranjeros residentes en Mallorca. Llegan a la isla y en ella se quedan a vivir, ya sea por placer o por trabajo. Les encanta este lugar: preciosas playas, lindos panoramas y unas condiciones de vida excelentes, pese a todo lo que ahora se diga de la masificación. El problema -para la sociedad mallorquina, no para ellos- es que esos residentes se instalan en la «Roqueta» como si fuese un lugar que ellos hubiesen descubierto, sin historia anterior. Ni tradiciones propias, sin una idiosincrasia particular y un pasado de de miles de años. No hay mala fe en esta actitud, solo una lejanía e ignorancia hacia todo lo que estaba -y sigue estando- aquí antes de que ellos llegaran. Para ellos, Mallorca es como un gran portaaviones anclado en el mediterráneo occidental, en el que se puede vivir, trabajar y organizarse socialmente como si los nativos no existiésemos.

Me lo comentaba estos días un amigo muy querido a propósito de la experiencia que vivió en una entidad a la que pertenece, en cuyo nombre oficial figura la coletilla «de Baleares». Resulta que se convocaron elecciones a la junta directiva en un momento crucial de la institución. Se presentaron seis candidatos para cubrir una presidencia y cuatro vocalías. Los aspirantes, además de un catalán eran una colombiana que vive a caballo entre Mallorca y un país europeo; una venezolana; una norteamericana; un señor procedente de un país del Oriente Medio, y... un mallorquín.

Los primeros citados, con intereses y objetivos similares, se votaron entre ellos -era una candidatura abierta- y, naturalmente, hubo muy poca diferencia de votos entre unos y otros. El mallorquín apenas obtuvo papeletas a su favor. Quedó ahí, como un verso suelto, votado únicamente por sus escasos paisanos. Mi amigo me incidió en el hecho de que aquellas elecciones se desarrollaron de manera escrupulosamente democrática pero el resultado de las mismas fue como un grito que le golpeó la cara. Lo comentábamos en la mesa de un restaurante y un tercer contertulio quiso hacer su propio análisis, mucho más realista, por cierto.

Estoy hablando de la pérdida del alma mallorquina, de la cultura propia, del arrinconamiento de los valores y la tradición que nos definían

-Es lógico. Lo mismo me ocurre a mí en el autobús, a diario, cuando voy y vengo del trabajo, y en el trabajo mismo: que me siento extranjero en mi propia casa, que soy el raro del grupo, que hablo nuestra lengua y nadie me entiende. Ocurre en todas partes, incluso ya en la mitificada Part Forana: los mallorquines somos minoría. «Algunos -añadí yo- algo peor: minoría dentro de otra minoría, y me temo que eso ya no tiene remedio».

No se trata, naturalmente, del rechazo al que viene de fuera. Mucho menos del «no a la inmigración» que algunos proclaman. Es otra cosa, aunque pueda parecer la misma. Estoy hablando de la pérdida del alma mallorquina, de la cultura propia, del arrinconamiento de los valores y la tradición que nos definían. Y también de la indiferencia que despertamos en personas y grupos que nos contemplan como una rareza, unos señores que estaban aquí antes, que a veces -ya las menos- hablan «raro» y tienen unas costumbres muy peculiares. No hace falta decir que quienes así piensan y actúan se llenan la boca a cada momento de exclamaciones admirativas hacia esa «bendita isla», sus paisajes y su «tipismo entrañable». Solo que luego se reúnen en sus fiestas o se juntan en entidades y hacen como si no nos viesen. Quizá, incluso, la culpa de esta situación la tengamos los «mallorquines de siempre», tan amables, tan serviles y tan cerrados sobre nosotros mismos. De tanto dejar la llave en la puerta resulta que ahora los invitados somos nosotros.

Y no me digan que eso se llama «diversidad» porque ahí sí que me enfado.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas